El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

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domingo, 21 de septiembre de 2014

¿DÓNDE ESTÁ LA FRONTERA DE MORÓN?


Aviso: Yo no soy un crítico de flamenco, sólo 
escribiré sobre lo que pude ver anoche.

                Para ser un espectáculo que hipotéticamente iba a estar dedicado al baile (por su título), nos ofreció algunas emociones fuera de programa y algún que otro detalle inesperado. Personalmente, cuando se asiste a un evento –me gusta la palabra- relacionado con lo que a uno le gusta, pero rodeado de buena gente como yo lo hice anoche, con dos amigos entendidos, cabales y de los que siempre se puede aprender, anota uno en su cartera algunas percepciones para las que uno por su cuenta no anda preparado. “Istinguí” puede ser el término adecuado; mi campo de visión y audición fue más amplio gracias a ellos.
                El elenco se había reforzado con Juan José Amador, un hombre forjado atrás y para quien la bienal, Señor Ortega, debería haber tenido –para él solito y si es con su familia, mejor- un espacio, aunque fuera pequeñito, Santa Clara mismo. De cualquier manera lo veremos allí el día 2 de Octubre embutido entre dos cantaores extremeños. Junto a Moi de Morón, David el Galli y Guillermo Manzano, dejaron para empezar, un buen sabor de boca por bulería.
                Diego de Morón nos trajo o nos quiso traer la invocación profunda del otro Diego, que anduvo sobrevolando en espíritu el hotel mientras que el hijo de Joselero andaba fallón y falto de inspiración, brillando puntualmente en algunas falsetas de su maestro, que el público jaleaba. Diego del Gastor gozaba tocando y hacía gozar a quienes le escuchaban. Este otro Diego pone a la audiencia a ras de suelo, porque los años no pasan en balde, los fantasmas del futuro se alimentan de talento, y andan a la espera para comérselo y dejarnos sin él.
                El Director de la Bienal estaba por allí, también, alternando con los aficionados y disfrutando del flamenco.
                Pepe Torres bajó a las cuevas del arcano, para recoger la gema de lo jondo y entregarla a un público que vibró entonces con sus movimientos, ramalazos de un tiempo ido e irrecuperable, momentos de pasión de otras anchuras y otros colores. Soleá, difícil ese palo.
                Antonio Ruiz el Carpintero es a quien yo iba a ver. Le conocí en la cava, en una noche de encanto, charla amistosa y duende en la que precisamente faltó el cante, ausencia corregida ayer en el Hotel Triana, donde pude apreciar sus virtudes. Antonio es un hombre que se pelea con su voz, en una bella expresión del poeta Agustín Pérez, que no hace concesiones a la galería y que emociona con sus maneras de entenderlo. El cante es su amigo. Yo también.
                Moronense, bailaora y esposa de otro gran cantaor, Rafael de Utrera, dejó notas de grandeza en el vuelo de sus brazos y en el compás de sus tacones. Los de atrás no le iban a la zaga. A esto debería referirse el título de la función. A Carmen Lozano.
                Dani de Morón cambió el esquema; de las puntadas sin hilo de Diego pasamos a una forma de toque moderna, impecable, por su técnica y su limpieza, que envolvía en un mágico ambiente a los asistentes. A lo mejor le habían dicho que Tomatito andaba entre el público, y aunque en arte no existen las divisiones y todo el mundo es de la LFP, estoy seguro de que esa presencia le hizo crecerse. Le acompañaron a la bulería final los dos artistas que más han trabajado esta Bienal –posiblemente no los que hayan cobrado más-, los Mellis, dos cajas de ritmo con forma humana, que hicieron ancho el camino al guitarrista.
                Bailó con entereza este joven, Jairo Barrull, nacido en la Macarena pero entroncado en el linaje de la familia de Diego del Gastor,  e hijo del bailaor Ramón Barrull. Creí verle flotando en el aire en las escobillas finales, tal era la quietud de su torso mientras que las piernas se convertían en un “sfumato” ágil y sin contornos. No soy muy experto en bailes, pero me sorprendió este muchacho sobre el escenario.
                Y llegada la fiesta final, donde todos pusieron su talento al servicio del compás, dejamos el Hotel después de felicitar al Galli, al que he podido escuchar en otras actuaciones en peñas y que cada vez me parece más afinado y seguro. Nos fuimos con buen sabor de boca convencidos de que la frontera de Morón, tomada en su acepción de límite, se adivina lejana cuando se asiste a una demostración de arte y compás como el que vivimos anoche.


José Luis Tirado Fernández

domingo, 23 de septiembre de 2012

JESÚS MÉNDEZ


         Me parece el convento de Santa Clara y su claustro un buen lugar para escuchar flamenco.  El público no me pareció demasiado flamenco; mucho guiri y demasiado intelectual. Incluso pude ver a Kiko Veneno, sentado con sus amigos. Pero aunque el lugar sea adecuado para el cante, el volumen estaba un poco alto. No es tan grande el patio como para usar los watios de esa forma tan exagerada. La guitarra, un poco metálica, las voces, bien, los graves escasos, el cajón y el bongó apenas sobresalían.

         Un elenco aceptable, Diego del Morao a la guitarra, Chícharo, Carlos Grilo y Manuel Salado a las palmas, un buen pianista, que sólo intervino dos veces a lo largo del recital, Miguel López “Lenon”, y Ané Carrasco a la percusión, con el que el guitarrista mantuvo una complicidad a lo largo de todo el recital que a veces rayaba en todo un alarde de simpatía y empatía entre ambos.

         Comenzó Jesús con una zambra, titulada Dando vueltas en la cama, original de A. Gallardo, acompañado del piano de “Lenon”, para continuar dedicando su actuación a Moraíto, cuyo recuerdo sobrevoló entonces los muros y dependencias del convento. Bulerías, sí, parece que en ese terreno Jesús se siente cómodo, y  cómo no, teniendo la base de compás de su ascendencia y de tan magnífico elenco. Siguió con unas malagueñas de Chacón correctas y nada más, para pasar a unas alegrías donde comenzó a engolar, lance al que acudía cuando los altos se le resistían y que, a mi modesto entender no caben en la forma de interpretar los cantes. La voz natural, y él la tiene, es mucho más adecuada en estos casos; también se puede bajar (subir en el mástil) la cejilla, que no pasa nada. Siempre, cuando escribo alguna de estas crónicas, repito que no soy un entendido en flamenco y que emito opiniones propias.

         En la siguiriya lució Jesús como un grande, marcó, puso el alma y la remató de manera magistral con las cabales de Silverio. Estas cabales, que para algunos provienen de Cádiz, ora de Sernita ora del Loco Mateo, dan para mucho, incluso para una futura entrada en este blog dedicada por entero al tema. Un dato significativo es que el Tenazas de Morón las cantó en el concurso de Granada de 1922 afirmando que se las había enseñado Franconetti.

Luchó con la soleá de Charamusco, en claro homenaje a Antonio Mairena, apoyado siempre en el maravilloso comodín de la guitarra de Diego.

         Emocionó con los fandangos, sobre todo con el del Gloria, para acabar cantando sin utilizar el micro, lo que afirma lo que digo al principio sobre el patio y el exceso de volumen, ya que se le escuchaba a la perfección.

         Hizo el taranto que Manuel Torre dejara impreso, proveniente de tierras de levante y que Chocolate bordara en los sesenta, con mucha enjundia, terminando por jaberas.

         En los tangos, acaracola el cante como lo hacía Paquera, alargando los tercios de la misma manera, hasta romper en una cascada cromática de singular belleza tonal.

         Como despedida, la fiesta final por bulería que a mí se me antojó demasiado corta con una pataíta de “Chícharo” que valió por todo el espectáculo.

         En fin, una gratísima velada, a las once la noche en un sitio donde además se pueden tomar copas en los veladores que el Ayuntamiento ha instalado en dicho patio. Buen elemento Jesús Méndez.