Ha sido una pura emoción conocer
a este hombre, que a los noventa y dos años, ha estado este domingo tarareando
algunas de las sevillanas que compuso, acompañado de mi humilde sonantilla;
este espíritu libre, humilde y
sonriente, que desgrana arte a cada frase, que inunda de bienestar el ánima de
quien le acompaña, verso empedernido en los labios, sal fina en la palabra, que
me ha imprimido su sello y ha sembrado marejadas en mi temple, que me apremia,
tras saber quién es y cómo se conduce, a festejar su existencia, a agradecerle
compartir su mesa, y decirle en estas línea lo que siento.
Que me arrepiento de no haberle
conocido antes, ya que pude, que guardo en el interior de los atrios del
corazón el recuerdo de este día, que me avergüenzo de no haberle admirado más,
de no haber profundizado más en su obra, de no haber escuchado más sus creaciones.
Un momento relevante: “yo creía que era poeta hasta que leí lo que tú
escribes”, frase que me ha dedicado y que le acepto siempre que signifique su
apoyo leal y solidario hacia todos los poetas que frecuenta, como suele decirse:
“eso se lo dirá usted a todos”, un cumplido en toda la extensión de la palabra,
pero que estimo demasiado exagerada como valoración de mi arte si iba en serio.
Porque al cabo, quien lo dice, es
autor, entre otras “cosillas”, de la sevillana más universal, “El adiós”, que
cantaba hasta el papa de Roma, del himno de la Esperanza de Triana, de las
nanas de la señá Sant´ana, y de tantos y tantísimos versos con los que hemos
crecido y que nos han ilustrado en el amor de nuestros amores: Triana, las
devociones, la historia y las costumbres
más hermosas de nuestro pueblo.
Espero volver a verle pronto, percibir
de nuevo su arte, su aura prodigiosa, la frecuencia de los elegidos a su
alrededor, la dulce cadencia de sus movimientos, o pedir otra ronda, otra tapa
de merluza en amarillo o escucharle llamar a Pastor, su cuidador, para hacerle
un encargo, como lo hace un padre.
Pero este genio me va a permitir
que prescinda de hacerle algún poema porque no me considero digno de escribir la
primera línea siquiera. Le dedicaré, entonces, el poema sentimental de mi
admiración y mi gratitud. Y el reconocimiento ineludible de su maestría.
María
Ángeles Salazar Saavedra 'La Caita',gitana extremeña nacida en 1964 que comparte ADN flamenco con la familia de
Porrinas, que se prodiga poco en sus actuaciones y que no está dentro de los
circuitos comerciales del ámbito de promociones, subvenciones, etc.… y desde
luego, estoy seguro de que porque ella no lo quiere, porque según mi opinión se
trata de una gran intérprete, con jondura y capaz de acometer cantes por derecho, ya que sin
ser un cantaora larga, al menos no conozco esa faceta, posee un rajo y un
dominio de los altos que me recuerda los matices de Macanita. Es referente
claro de los jaleos y los tangos extremeños, cuyo primer certamen ganó.
LATCHO DROM
Tony
Gatlif, más recordado por haber dirigido “Vengo” (2000) protagonizada por
Antonio Canales y en la que La propia Caita interpreta unos tangos llamados “La
calle del aire” la dirigió. Se trata de un documental de 1993 galardonado en el
festival de Cannes y dedicado al pueblo gitano, su música y su danza, desde la
India hasta España, donde aparece nuestra trianera Remedios Amaya, en el que La Caita interpretó un tema llamado “Pájaro
negro”; esta es la letra:
Ay, tú eres una cigüeña
que rozó la tierra.
Yo soy un pájaro negro
caído en ella.
¿Por qué me escupes en la cara?
Qué más te podía hacer ser yo
que por ser morena y gitana?
Que más remedio compañera
que por ser morena y gitana?
Desde Isabela La Católica
Desde Hitler hasta Franco
fueron víctimas
de sus guerras
toitos los gitanos.
Algunas noches
Algunas noches
como otras noches
me muero de envidia
viendo como acaricias
a tu
perro.
A algunos de los seguidores de los hermanos
Amador, Raimundo y Rafael, y de quienes yo me declaro ferviente admirador, les
resultará familiar, por haberla visto con anterioridad en este vídeo, que grabó con
ellos, en este caso, acompañándose de la guitarra. Aparecen, jovencísimos todos, varios trianeros de lujo, un Bobote de pobladísima cabellera, un Rafael el Eléctrico -más que nunca- un Changuito inspiradísimo y genial, y una Carmelilla Montoya pa´comersela -que en este tramo no aparece-, poniendo la pica del Pirolo allí donde la concentración de arte trianero lo requería.
Y
para los muy sevillanos, señalarles como emotivo en este video el paseo que
Raimundo se pega por el jueves, hace ya un montón de años y en el que aparece
la casa de los artistas y su patio,
encontrando todavía ocupados los pequeños talleres que allí se ubicaban.
De Pedro Ricardo Miño queda poco por decir, no soy yo el más indicado, sólo que es hijo de Ricardo Miño, el gran guitarrista trianero, y de Pepa Montes, la bailaora. Sirva esta entrada para dejar constancia de la calidad de nuestro flamenco actual, capaz de doblegar exigencias musicales allí donde se presenta, tanto como de su intérpretes, su sentimiento, su técnica y su esfuerzo. En este video pueden ustedes aprovechar tres minutos de autentico lujo. Y apreciar de paso la forma de tocar el sitar de Anoushka Shankar, hija del famoso y recordado, por su amistad con George Harrison de los Beatles, Ravi Skankar. También, la "dificultad" que tiene para seguir el compás de la bulería. ¡Anda que no! Gitana, gitana. Siempre me ha parecido un instrumento complicado; aquí en España lo popularizó el trianero Gualberto, y al inconveniente de su larguísimo mástil debo añadir que su afinación también debe ser complicada, dado el gran número de registros que tiene su clavijero. Me gustaría tocarlo algún día. Mientras, me quedo con este video, creo que merece la pena.
Los vi pasar y no dudé en salir, cámara en ristre, para perpetuar el momento. Me pareció tan gracioso, tan poco visto, tan surrealista el cuadro que me acerqué con el dedo puesto en el gatillo. El perro iba sentado en la silla de ruedas, con la radio sonando y con ese gesto tan tranquilo y como pasando de todo. Una monería. La gitana buscaba en los contenedores, quizá su destino, a lo mejor todo lo bueno que la vida le había negado y que no se resistía a dejar de buscar. Una familia, un hogar, tal vez la planta de un gitano con patillas de hacha y mascota negra, con una varita de bambú forrada de piel, con flecos y punta de metal, que el azar le arrebató en aquel hospital aquella noche de aquel invierno. Pero los contenedores solo ofrecen historias tristes, lanzazos con dolor de perpetuidad que iba soportando como podía. En esto, vine yo a llamarla: ¡Prima!
Dejó de mirar el fondo del contenedor y me lanzó los dardos de sus ojos negros, hizo un ademan de extrañeza y con otro gesto me hizo una pregunta silente. Yo le señalé al perrito y le mostré la cámara, presta a disparar. Se puso a menear la cabeza, que no, que no, coño, que no. En un momento dado, llegó a alzar el palo con el que movía los desperdicios. De ninguna manera quería que me llevara ni siquiera la imagen de su perro dentro de la tarjeta de memoria.
Pero yo no pude resistirme, me volví hacia la silla, tiré mi foto y me dispuse a recibir la tarascada. No llegó; empuñó los mangos de la silla, la empujó y se fue con la música (nunca mejor dicho) y el perro a otra parte, a otras aceras, a otros contenedores, a otros ámbitos donde hallar sentido y cordura a todo lo que sucede. Y si ya es difícil para la gitana, fíjese usted para nosotros, sedentarios habitantes del reino de lo insulso, moradores impenitentes del lugar donde nunca pasa nada.
Yo los seguí con la vista hasta que ella se volvió, repitiendo aquella mirada de volcán al rojo. Esperé una peineta; sin embargo, levantó su palo de remover conciencias y me lo mostró. ¡¡¡Mala fú te comas!!! Dijo, antes de girar en la siguiente esquina, mientras yo acariciaba la cámara, seguro de haber captado un momento único, maravilloso.
¿Cuándo los volveré a ver de nuevo? ¿Seguirá gustándole la música al perrito? ¿Estará mejorcito de las patas? ¿Habrá dado ella con su sino en algún contenedor? Muchas preguntas, muy buena suerte. Este es el resultado. El caballero que pasaba por allí en ese momento, y que estaba tan asombrado como un servidor, sabrá perdonarme. Si me lo comunica, retiraré la foto. Mientras, gocemos de ella. Pocas veces se ven cosas como esta por las calles de Serva. Y a este paso, menos se van a ver.
Siempre volvían. Los atardeceres de aquellas entrañables fechas, los niños, guardaban sus trompos, sus limas y sus pelotas, y una ancestral seducción los devolvía a la calle a esperarlos, porque sabían que seguro, seguro, volverían. Eran cómplices del frío, del viento, de las bufandas. Pasaban ligeros, no preguntaban, se colaban en los patios, en las escaleras y en las tabernas y tarareaban lo de siempre, miraban hacia arriba y los niños pensaban que les dedicaban sus cánticos a los vecinos de los pisos superiores, pero no era así.
Como una exhalación, se marchaban después de recoger las perras que, los más humildes les habían arrojado, buscando nuevos asientos donde ejercer su liturgia. Jamás se despedían; se iban como habían llegado: cantando. Tenue luz, desconchado y adoquín, marchaban a golpe de cántaro, tímpano inconfundible de su estilo secular, hasta detener su paso en otro sitio, donde, un, dos, tres, un nuevo repique de palillo imponía el tres por cuatro de su cadencia añeja. Y la campanilla.
Camisitas blancas de campanillero,
cintas de colores, estrella y sombrero,
y la voluntá
p´a comprarle al niño castañas asás.
Los niños tomaban nota. Cada año, la estrella sobre el hombro, las cintas, la uniformidad, iba calando sus retinas y el estilo de su ciudad, de su barrio, iba dando forma a unavieja aspiración del grupo: ser ellos mismos. Más adelante, dibujarían en el paisaje urbano la forma de ser honesta, singular, única, de aquella tradición heredada de sus mayores. Salir, cantar, juntar, encargar al latero las estrellas; este año quizá no sirvan, pero el que viene ya las tenemos. Seguían volviendo aquellos otros mayores, siempre volvían. Y los niños, aprendiendo, aguzaban el oído:
Yo sé que tienes rosquillas
y no me las quieres dar,
cuando pases por mi puerta
te tengo que apedrear,
se te caiga encima
la campana gorda de la catedral.
En la plazuela, debajo del árbol, poco antes de salir, se entonaban unos breves compases que servían de ensayo, luego, a cantar. Al centro, a las casas, a los corrales; el invierno era fiel compañero, las lluvias, no ayudaban demasiado. A veces, resguardados bajo un zaguán, se seguía cantando, para recrearse unas veces, para matar el frío otras. Se volvía al barrio con los calcetines mojados y con dos o tres monedas dentro del cántaro; no se repartían, se guardaban para el siguiente día, que sería, sin duda, más provechoso. Triángulo, chinchín y armónica; a veces, una guitarra con dos cuerdas menos, otras, un rascador, las menos, una carrañaca.
En algunos bares no dejaban entrar a los campanilleros porque molestaban a la clientela; eran mocosos, moradores de las casas de vecinos y los corrales, con los pantalones remendados en las rodillas y las culeras y a menudo atados a la cintura con una cuerda de cáñamo. Calzaban alpargatas o gastados zapatos y estaban mal peinados y churretosos. Y, claro, molestaban. En algunas casas con el zaguán de mármol, azulejos de Mensaque y fastuoso enrejado les soltaban el perro. Sería verdad que molestaban.
¡Cuánto daría esta ingrata ciudad que desdeña y olvida a sus hijos, por volver a engalanarse de sus coplas, de sus aires, de sus latidos! Volver a contemplar las rondas de sus campanillas, sus versos, sus plegarias… ¿Y la llaman leal? ¿Cómo va a ser ella misma sin su sello, sus risas, su humidad? ¿Y quién volverá a cantarle si no añora sus voces, sus pasos y su estrella sobre el hombro? Tiempo era tiempo. Lo que éste arrolla, termina por desaparecer. Ahora, tenedlo por seguro, nunca volverán.
Cuando mi abuela me llevaba de paseo al centro, era habitual y casi costumbre, hacerlo por la acera derecha de la calle Tetuán, en dirección a la Plaza Nueva. Pasados el estanco y la farmacia, que creo que ya estaban allí cuando vino Julio César, atravesábamos la acera de Muñoz Olivé y a continuación venían las carteleras del teatro. Se alternaban las funciones de teatro con sesiones de cine, y siempre estaba cubierto de grandes lienzos pintados con los motivos del espectáculo que en ese momento se estaba representando. Tenía un amplio recibidor muy alto de techumbre de elaboradísimos yesos y molduras, y adornado con cuadros, muy iluminado y amueblado en sus testeros de butacas y sofás para hacer más grata la espera de los espectadores. Y un piano, al que todos los niños que entrabamos en aquel hall, irremediablemente, nos íbamos directos, aporreando con los dedos sus teclas, esperando que surgiera de allí el sonido mágico de sus notas. Lo que salía era un bofetón y una regañina… ¡niño…! ¿Sería en aquel piano donde Adelita se enamoró del arte de la música? Porque había nacido, curiosamente, en un camerino de aquel teatro, en el que creció. Ella, en tono saleroso, dice: “Me crié como el fantasma de la ópera, entre bastidores, jugaba en el escenario, así nació mi vocación”.
El teatro San Fernando en plena demolición. Un atentado a la cultura y al pueblo sevillano
Aquel rótulo en añil
Comenzó estudios de baile con el maestro Pericet, que daba sus clases en la casa de los artistas, y que los que tenemos cierta edad recordamos por su rótulo, y luego inició sus estudios musicales en el conservatorio superior de Sevilla, comenzando a dar clases con doce años. A lo largo de su vida, al final de la entrada veremos una exhaustiva lista de las más afamadas artistas a las que ha enseñado, ha dado clases a la inmensa mayoría de los artistas que han triunfado en flamenco o en la copla, algo tiene el agua cuando la bendicen. Lo extraño es que un artista consagrado en estos géneros no haya estado en su academia.
LA CASA DE LOS ARTISTAS
En el flamenco, sus aportaciones han sido fundamentales para la danza, ejemplo de Cristina Hoyos, quien mantiene una viva relación de amistad y cariño con ella. Sus opiniones en materia de arte, y que leí en una entrevista de Mario Niebla del Toro, impagables:
“Se puede ser artista aunque no se cante muy bien y se puede cantar muy bien y no ser artista. El artista hay que llevarlo dentro, sentirlo y estar enamorada del arte. Hay muchos que cantan muy bien y no son artistas, aunque se pongan en un escenario. Hay otras que cantan menos y son artistas. Esa es la diferencia, para mí. Es mi opinión particular, sin molestar a nadie.” Hasta opinando enseña.
Adelita con Rocio Jurado
Aquella noche
Un matrimonio amigo, componentes de una asociación en la que fui invitado a hacer una conferencia, se empeñaron en que mi mujer y yo fuéramos a casa de Adelita un viernes por la noche, prometiéndonos una agradable velada. No lo sabían ellos bien; me refiero a cómo se nos colmó el gusto. Llegamos. Nos recibió un atento admirador de la pianista, uno de tantos como se congregan en su casa para disfrutar de su arte y de los que allí se dan cita. Lo comparten todo, cada uno hace una aportación gastronómica o lleva un botellita, buen vino, buenas viandas, buena gente.
Hay muchos asientos; los sitios cercanos al piano donde Adelita se entrega están siempre ocupados, por lo que la gente suele presentarse pronto y coger su puesto. No fue nuestro caso. Se sienta frente al espejo, el gran espejo testigo de tantos momentos de gloria, un cenicero en un extremo del teclado, sobre las mismas teclas, quiero decir; un vaso en el otro. Y sus manos. ¡Cómo recorren esos dedos aquella superficie en blanco y negro! Las paredes están llenas de cuadros de los artistas que han pasado por aquel salón, pequeño según mi criterio, para tan gran celebridad. Alrededor de las paredes, bancos, sillas, sillones, en fin, muchos asientos para tal cantidad de asistentes. Y aquella cerámica trianera enmarcada en forja pidiendo silencio, tanta gente, el agobio del calor, pero los sentimientos lo justificaban todo, absolutamente todo.
Los artistas, debo decir que allí son más del noventa por ciento de la concurrencia, se van sucediendo en la interpretación. Uno va, otro viene. Se acercan al piano, le dicen lo que van a cantar, y ella asiente con la cabeza. No hace falta nada más; sale tocando y le da la salida con un gesto a quien le toca. Había verdaderos artistas, magníficos trovadores, voces excelentes, niñas que actualmente tiene en periodo de aprendizaje y que bien hubieran pasado por profesionales. También frecuentan su casa poetas y rapsodas. Los versos del “Gitano de Oro” hacen las delicias de los congregantes,y a veces solicitan sus rimas para acompañar algún cante. Ella parece no cansarse nunca, va acompañando a uno, a otro, a diez, a veinte, a cincuenta, sin moverse del piano. Cuando uno acaba su copla, recibe aplausos y hasta ovaciones, y cuando gusta especialmente, le corean: ¡artista, artista!
La señora que nos acompañaba, se dirigía frecuentemente a ella, le hablaba y señalaba hacia mí; le decía que yo canto muy bien, que me llamara al piano a cantar, pero iba dándole largas dada la abundancia de amigos que querían que los acompañara; siempre es un privilegio que Adelita Domingo te toque el piano al cante. Yo, cada vez que la señora le insistía, daba grandes sorbos de un magnífico Rioja que me habían ofrecido, viendo lo que se me venía encima. Al fin atendió sus ruegos y miró hacia mí, me hicieron entre ambas una señal para que me acercara. Y le eché valor.
Ella
Es Tauro, como yo, tiene los ojos grises y profundos y duelen cuando te miran, a mí me dolieron.Al estar junto a ella, se siente algo especial, como si unos extraños magnetismos volvieran loca la brújula de la razón. ¿Será por eso por lo que transmite el arte? No se inmuta, es apacible y no contradice nunca. Se le nota que sabe.
¿Qué vas a cantar, niño? Me decidí por el romance de Juan de Osuna, de Caracol, que tenía fresco en aquel momento. Le dije mi tono y enseguida salió tocando; yo no acababa de acomodarme a sus genialidades. Nunca miró el teclado, me miraba a mí. Aflamencó el piano hasta suavemente, llevarme de la mano y salir de mi miedo, me atreví; después de soltar el “A mí me duele” lo demás surgió sólo.
Cuando pasó un rato y yo me había relajado y me dedicaba más a solazarme con el talento de los muchos que allí había, me avisaron, haciéndome notar que Adelita me estaba llamando. ¡Niño, tú otra vez! Yo no llegué hasta el piano andando, creo que levitaba o que entre todos me llevaban en volandas. Le hablé con dificultad, me costaba trabajo respirar, aunque pude reponerme: La Salvaora. “Qué razón tenía la pena traidora” y todo el mundo mirándome. Una gitana se levantó de su silla y comenzó a bailar delante de mí, yo decidí ignorar en lo posible aquella danza que podía desconcentrarme de mi cante, aunque por otra parte, por cortesía, no podía dejar de mirarla, incluso dirigirle la copla. Sacó un pañuelo, me lo pasó por detrás del cuello al uso caracolero y yo creí morirme, porque de baile estoy cortito con sifón, pero pude salir deaquello con honra y con dos besos a la gitana y otros dos a Adelita, salí del paso. Entonces la gente se levantó y empezaron a vitorearnos a los tres: ¡Artistas, artistas, artistas! No cambio aquella noche por las de mayor encanto que haya vivido en mi vida, ni a Adelita por ningún artista, en lo personal y en lo humano.
ADELITA DOMINGO Y SU PIANO
En Navidad, Cuando salimos con el coro de campanilleros a hacer ronda por el centro, nos la encontramos, acompañada casi siempre por varias de sus muchísimas amigas, de las que puede hacer galardón. Cuando la veo, siento inclinación a doblar la rodilla para reverenciarla, y como llevo la guitarra en la mano, arrojarla lejos, pues en su presencia, me siento tan pequeño artísticamente, como un grano de anís. Ojalá siga viniendo muchos años y yo vuelva a visitar ese templo del arte en que ha convertido su pequeña casa de la Alameda.
Hay un alma pinturera
que respira en tu teclado;
si por amor has legado
al arte tu vida entera
seguro que en primavera
se atraviesa en tu camino
la “Rosa de Capuchinos”
y unos “Ojos verdes, verdes”,
que saben por qué te pierdes:
por sostener tu destino.
Si has cultivado la rosa
para dársela a Sevilla
que no te aparten la silla,
pues tienes la venturosa
belleza de una amistosa
actitud ante la vida,
y le buscas la medida
a “Tatuaje” y a “Amigo”
porque siempre van contigo
tus óles de bienvenida.
Merche Esmeralda, Matilde Coral, Milagros Mengibar, Pastora Soler, Ana del Río, Paloma San Basilio, Mikaela, Gracia Montes, Marta Quintero, Conchita Bautista, Rocío Jurado, María Pagés, Paquita Rico, Imperio de Triana, Macarena Giraldez, Isabel Pantoja, Lolita Sevilla, Encarnita Polo, Tamara, Carmen Sevilla, Antoñita Colomé...
Este poema fue publicado en la Revista “Poesía hispánica” Nº 287, de Noviembre de 1976. Su autor es José Luis Velasco Ferrer.
VERSOS CON LOS QUE EL POETA HA QUERIDO HACER UNPOEMA SOBRE LA MÚSICA “WISH YOU WERE HERE” DEL CONJUNTO PINK FLOYD
Misoledad no duerme
Se impregna en el silencio
de hace plenitud de milenios
Cuando ahora
lo que mi memoria alcanza
es tan sólo un trigal inmaduro
Que se repite
una y otra vez
en el ritual mitológico
de salvajes vientos y doradas utopías
Y cuyo lejano valle de árboles sin raíces
fluye como las olas inciertas del futuro.
Brilla, diamante loco
Aquí en España, “Shine On You Crazy Diamond”, aparte del éxito del álbum“Wish you were here” fue doblemente popularizada en los años setenta porque Jesús Quintero, “El loco de la colina”, la escogió como banda de su programa de radio. Dedicada a Syd Barret, es un poema sinfónico de nueve partes, cada una de ellas definida musical, rítmica y melódicamente. Cuentan que a la grabación del tema se presentó Syd, después de cinco años sin ver a sus ex compañeros, muy gordo, pelado al cero y con las cejas afeitadas. No le reconocieron a la primera, cuando le identificaron, quería tocar la guitarra, y ellos le dijeron que ya estaba todo el trabajo hecho. Era tal el cariño que le tenía que a los cinco años de su separación, le dedicaron todo un trabajo discográfico. Syd acabó con esquizofrenia y refugiado en su casa de Cambridge.
En este vídeo tenemos 10 minutos de pura delicia
David Gilmour, dicta el destino de Pink Floyd.
Los problemasdeSyd Barret con la droga, hicieron la situación insostenible. Sus tres compañeros miraron entonces hacia quien había estado dando clases de guitarra al loco. David Gilmour ingresó en el grupo en 1968. Técnico, sutil y talentoso, no sólo trajo calidad sino calma, muy necesaria en aquellos momentos de crispación internos. Además puso la marca de la casa, a pesar de que el líder y compositor de casi todos los temas era el bajista Roger Waters, que además diseñaba los conceptos de cada trabajo. Hoy se suele emplear el término “ideólogo”. El trabajo de David, en cuanto a cuerda mágica, voces y efectos, dio sus frutos.
QUE HABLEN LAS GUITARRAS
Técnicamente, un talk box, no es un instrumento, sino un efecto para cambiar el sonido de un instrumento -comúnmente la guitarra- según adopta la posición de la boca del intérprete. Fue utilizado con anterioridad por Peter Frampton. El mecanismo, a grandes rasgos, es un pedal de efectos que incorpora un micrófono a un tubo que llega a la boca, y según su posición le devuelve al micrófono principal el sonido modificado: boca cerrada, graves, abierta, agudos. Pero cuando el artista vocaliza, el sonido del instrumento parece transformarse en palabras, y la guitarra habla.
Cuando publicaron “Animals”, allá por 1977, recibieron críticas por la descuidada composición, comparada con la elaboración de sus obras anteriores, la excesiva utilización de guitarra y fueron tachados de presuntuosos; a mi, personalmente, me pareció muy difícil superar el listón de lo que habían hecho anteriormente, y claro, el resultado fue este álbum. El “concepto” en este caso estaba basado en parte en la novela de George Orwell “Rebelión en la granja” en la que este autor utilizaba animales en simbolismo de la sociedad actual, estando compuesto de largas canciones monotemáticas sobre perros, cerdos, ovejas, etc.…
He encontrado un video de “Pigs” con subtítulos en español donde se puede apreciar el trabajo de Gilmour y su trabajo con talk box.
Sólo volverá a haber sobre la tierra un grupo musical como Pink Floyd cuando los cerdos vuelen.
Cuando compré mi primer disco del grupo tendría unos dieciséis años y recuerdo el revuelo que entre mis amigos había provocado el “concepto” Pink Floyd. Como no teníamos un duro y adquirir un disco no era ninguna broma para unas economías como las nuestras, era muy frecuente prestar libros y discos a los amigos –todavía circulan por ahí varios ejemplares que me pidieron-, una vez se habían escuchado. Pero este caso era distinto; aquella posesión obsesiva sobre el objeto que había surgido de aquella fantástica novedad, prevalecía sobre la amistad y lo importante era tenerlo y escucharlo muchas, muchas, muchas veces.
También recuerdo el día que aquel disco entró en mi casa. Era como un elemento extraño, un cuerpo que se había incrustado dentro de un organismo soberano y cuyas defensas naturales tendían a despedirlo del sistema allí instalado. Mis padres lo miraban con recelo, mis hermanos me preguntaban qué era aquello, desde luego aquel prisma de la portada, hoy día símbolo cuasi impenitente del grupo, y los pósters que incluía, hoy perdidos en mi caso, eran algo novedosocuando menos, en una sociedad regida por una dictadura y en la que todo pasaba por el filtro de la censura. Menos mal que el sistema no consideró peligrosa la música de Pink Floyd. No sabían tampoco, que ellos vinieron a cambiar conceptos, mentalidades y conciencias; entonces, hubieran ido a por ellos, y a por nosotros. El álbum estuvo catorce años (ha leído bien, CATORCE AÑOS), en las listas de ventas de Estados Unidos.
Clare Torry
Es la voz del sueño de Pink Floyd. Si Clare no hubiera existido, The Great Gig in the Sky, del álbum de Pink Floyd de 1973 The Dark Side of the Moon sería una canción más, muy bella, pero una más. Inglesa de nacimiento, fue Alan Parsons, que había trabajado con ella quien la propuso a sus miembros.
Clare Torry
El tema es del teclista, el fallecido Richard Wright; The great gig in the sky (El gran concierto en el cielo), concebida en principio como una canción desoladora, inspirada en la tristeza y la pronta llegada de la muerte. Así, unas voces, durante la canción dicen: "Y no tengo miedo de morir, cualquier momento está bien, no me importa. ¿Por qué debería tener miedo de morir?, no hay razón para ello, tienes que irte en algún momento" y "Nunca dije que tengo miedo de morir".
“Piensa en la muerte o en algo terrible”, le habían dicho. Sirvió para que Clare entrara en una especie de éxtasis, para, en unión de estos fabulosos magos de la música dejar sentada cátedra del bien hacer. Si, efectivamente, su alma adoptó tal estado en aquel momento que llegó a conectar místicamente con Dios, no es de extrañar que al oír su voz de cielo produzca en nosotros el repeluco en la espalda y el deseo de no dejar de oírla nunca. Cuando acabó su intervención, se avergonzó y salió pidiendo perdón, lo que extrañó a los Pink Floyd, que quedaron entusiasmados de ella.
Clare Torry
Aquí se nos vienen al tajo Diana Ross, Roberta Flack, Aretha Franklin y otras grandes intérpretes de la música soul a las que Clare, parece decirles: ¡Aquí estoy yo! No en vano fue llamada “La rubia más negra “. Para comprender por qué esta mujer saltó a la fama tras su memorable intervención no léxica en el disco “The dark side of the moon”, lo mejor es escucharla:
Un deseo. Ser más joven para dedicar más horas a escuchar todas las canciones de Pink Floyd. Un tiempo. Aquel que nos tocó vivir a cada uno.