El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

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lunes, 30 de septiembre de 2024

ALEJANDRA

 

ALEJANDRA

 



                Llegó. Como una exhalación de abril, sigiloso y sorpresivo, como un gorrión que no se atreve a tomar la miga pero al final se decide y pica. Paró sus andares y dudó por un momento, Me preguntó que si podía sentarse a comer. En el banco, al sol, se estaba bien. Primavera, día laborable, no había mucha gente, en fin.

                San Jacinto sin turistas, tiene más encanto, aunque prefiero que los haya. Por los bares, por los buscavías. Enfrente, más a la derecha, estaba Jesús Heredia, sentado en un velador con otro flamenco, y le entonaba por lo bajini  alguna tonailla. Nubes altas y desabridas aparecieron de golpe, el  hombre miró hacia lo alto y movió  la cabeza.

                Yo, que estaba más pendiente del cante de Jesús,  no le prestaba demasiada atención, hasta que abrió una bolsa y sacó un envase de plástico  que contenía un guiso.  Creo que lentejas con habichuelas. Le miré. -¿Las monjas? Asintió mientras daba un gran mordisco al bollo que tenía en la mano izquierda. De bocado en bocado, me contaba su historia.

                Me vinieron al compás las canciones de Triana y el “Encuentro fugaz”:


Quería hablarme de la luna

 

y no había visto nunca el mar

 

no tenía más fortuna

 

que unos sueños que quería

 

dejar volar.

                No quería venderme ningún reloj. Me dijo que su último empleo fue en la Feria. Hace dos años que no se celebra. Me fue narrando, mientras trasegaba aquel pan de cielo, como la rueda dentada del tiempo se había comido su vida, la cruz de esa soledad que padecía, la añoranza de su arraigo y la dura ausencia de seres que amaba.

                Con lo que recibía de las ayudas, no llegaba para alquilar una habitación y sostenerse. No me dijo que su casa era la calle, pero lo presentí. Vivía con sus sobrinos y su hermana, hasta que ella le puso los trastos en la calle. Sesenta y uno. Solo. Lamenté no poder hacer nada por él, o de alguna manera, aliviar su desesperanza. Nada me pidió.

                Después de un rato de compartir incertidumbres, llegó la hora de despedirnos. Le dije adiós y me dirigí a suspirar al mar del Altozano. Cuantas lágrimas desembocaron allí, y a veces, cuánta esperanza. Jesús, el ecijano, el cantaor, quedó también atrás, sentado con su amigo. Creo que lo último que le escuché fue la cabal trianera, ahora, más pura, más autentica, más real.

Mi hermana Alejandra

a la calle me echó.

Dios se lo pague a mi primo el gallego

que me arrecogió.

 

José Luis Tirado Fernández

domingo, 14 de diciembre de 2014

LA CALLE DE LA ALEGRIA


                Tiempo feliz el que recoge esta foto de los años cincuenta, con el ambiente típico de una fruteria de la calle Regina. Feliz tiempo pues, en el que las mercancías en la vía pública no molestaban a nadie como lo hacen ahora, feliz lienzo de Murillo, el de los delantales inmaculados y el de las sonrisas, cuando significaba más ser que tener,  feliz tenderete montado con cajones de madera y canastos de caña, feliz el chaval que muestra el platillo con la ganancia de sus propinas, feliz precio el de las chirimoyas a 6 pesetas kilo y castañas de la sierra a 2,75, feliz anaquel repleto de cartuchos de papel de estraza, feliz rótulo de una tienda de calzados ¿Carmelo Orozco?, feliz quien, talonarios en mano, nos ofrece lotería de Navidad de la Hermandad de los Gitanos. Y… ¿cómo no va a ser tiempo feliz aquel en el que un cartel pegado en la pared anuncia  que Manolo Bará presenta a La Niña de los Peines y Pepe Pinto?

Foto de Manuel Benitez


Hay quien dice que este tiempo
es de añoranza y de pena,
que siempre nos asalta el tiempo,
y nos suelta una centella
que se asoma a la memoria
y que al ausente recuerda.
Yo digo, porque tengo nietos,
que es de risa y de promesas,
¿a quién se escapa que ahora
lo que el cristiano celebra
es que va a nacer el niño?
¡Esa es la alegría nuestra!

Hay en nuestro pensamiento
una gran herida abierta,
que hay curar con canciones,
que hay que cerrar con poemas
porque todo es adelante,
porque aquí nada regresa
y año a año y siglo a siglo,
cada Navidad es nueva.

José Luis Tirado Fernández


miércoles, 6 de agosto de 2014

RETRATOS EN DÉCIMA

GAZA

Otra vez. La pesadilla
no acaba, vuelve a empezar,
de nuevo quiere atrapar
su cola la pescadilla.
Aunque le lean la cartilla
foros internacionales
no tienen final sus males
porque ni por un momento
da cancha al entendimiento
ni a propuesta racionales.

Otra vez. Fija su credo
hasta la última coma
y sigue tomando a broma
las explosiones y el miedo
porque no le importa un bledo
la hecatombe y la ruina
cuando la misión termina
con éxito. Su castigo,
que el despreciado enemigo,
tiene su misma doctrina.

Otra vez. Ojo por ojo,
tú la haces tú la pagas
son las lecciones aciagas
a las que puso cerrojo
y sin señal de sonrojo
 en vez de una solución,
una bala de cañón
a su oponente promete,
pues setenta veces siete
es demasiado perdón.


José Luis Tirado Fernández

domingo, 4 de agosto de 2013

LO QUE EL TIEMPO DA, LO QUE EL TIEMPO QUITA, LO QUE EL TIEMPO PONE





            Es el título de una puesta en escena  de José Luis Ortiz Nuevo y que cerró la Bienal de 2004. Tuve el gusto de estar presente con mi padre y Paco Menudo, el que, junto conmigo, aparece en esta foto de 1976, en el que estamos colaborando con una de tantas causas que en aquellas fechas se prodigaban. El sitio, la Asociación de Vecinos “Unidad” del Polígono San Pablo; el escenario, una humilde tarima, un pupitre y unas sillas de colegio en las que se celebraban las famosas asambleas de vecinos de aquel tiempo un tanto revuelto. Y flamenco, claro.

El dominio del compás
            Paco Menudo no es un guitarrista académico, pero tiene un sentido del compás que para sí quisieran muchos guitarristas, y yo. Puede mantener una conversación mientras toca, nada le entretiene el reloj. Es la teoría de Rafael Mendiola puesta en práctica. <<Niño, dile a quien presume de compás que te haga uno por soleá; háblale mientras lo hace, y comprueba si lo pierde o no.>> El reloj interno es algo con lo que se nace. A mi precisamente no me lo dejó mi bato como herencia.

Vuelta a la foto
            Me ha parecido un buen pie de foto para este documento: lo que el tiempo da, lo que el tiempo quita, lo que el tiempo pone, puede ser un resumen del primer vistazo con que se contempla. Nos dieron ese tiempo para gozarlo, el tiempo nos quitó esas cosas tan maravillosas que vivimos y nos puso luego otras más accesorias e intrascendentes y sin las que sin embargo, hoy, no sabríamos vivir. En fin, un jirón de nuestras vidas que, por casualidad, hoy he encontrado. El único espectador que aparece en la foto es un viejo anarquista que frecuentaba la Asociación y al que apodábamos “Durruti”.

José Luis Tirado Fernández