El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

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martes, 14 de agosto de 2012

MARIA DE LOS REYES

La mañana de los nardos
Foto de José Luis Galván

Acudir temprano a tu morada,
fresca luz que ha regresado
cumpliendo el bien que nos has dado;
Sevilla se ha pronunciado
precisa y proporcionada.

Cobijarme en tu regazo,
verte así pálida, jovial, sencilla,
lozanas rosas tus mejillas,
sentada bajo el palio de tumbilla,
tu niño sobre los brazos.

Bendito misterio sevillano
que abriles en agosto incrusta,
y mece en la fuente justa
lo que al pueblo más le gusta:
la bendición de tu mano.

¡Qué bien se siente a tu resguardo
gozando  la entrega de tu bondad!
Un tiempo que no tiene edad
te afirma, con su hermosa realidad:
la mañana de los nardos.

Foto de José Luis Galván


José Luis Tirado Fernández




viernes, 27 de abril de 2012

MIS GRANDES CAPITALES




No te dejo más herencia
que una guitarra, un pandero,
un borrico y un caldero...
y arriba la providencia.

martes, 4 de octubre de 2011

¿CUAL ES TU GRACIA?

            No es un chiste. Cuando alguien llama hoy a una muchacha con uno de esos nombres de origen extranjero: ¡Lorena¡ o  ¡Vane! o ¡Jenny! no es extraño que vuelvan la cara varias a la vez, dada la proliferación de esos nombres desde algunos años acá, posiblemente por la influencia de los medios foráneos, por supuesto no leídos, sino audiovisuales, en cuyo contexto son patronímicos totalmente naturales, dado el origen de la mayoría de películas, series o documentales donde se pronuncian.
             Pero una tendencia errónea a dar como ordinario estos patronímicos en nuestra realidad originaria, con una lengua mucho más rica, más concreta, más precisa y más hermosa que la inglesa, nos lleva a este castigo que sufrimos los que añoramos otro tiempo en que no sólo los nombres de pila, sino otras muchas cosas se llamaban por su nombre. Aquel que se sienta orgulloso de los “Cuentos de Canterbury”, escritos en el  siglo XIV, debe comprendernos a nosotros, que, no ya remitiéndonos a las “Glosas Emilianenses”, escritas entre el siglo X y XI, compuestas en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, sino directamente a todo un poema épico, rimado y de gran calidad literaria, escrito a finales del XII – principios del XIII, el “Cantar de mio Cid”, y que, para entender y apreciar el idioma que actualmente hablamos, debería ser de obligada lectura por los estudiantes de hoy día.
            Al hilo de los nombres propios e impropios, como a mi parecer son estos que cito, creo tener claro que cualquier nombre de origen bíblico tiene más historia, más calado y más antigüedad que la mayoría de los que hoy se escogen para bautizar -si lo hacen, quiero decir dar nombre-, a sus hijos. Baste el ejemplo de Lorena, que es una castellanización de Lorraine, comarca o región francesa, Vanessa, inventado por un escritor como apodo de una de sus pupilas en 1713, fecha en la que escribió su libro “Cadenus and Vanessa”, o Jennifer, que es una forma en la que en Cornualles llamaban a la reina Ginebra, esposa del Rey Arturo.
            Hemos adoptado para nuestros hijos nombres extranjeros y hemos desechado los de siempre, como algo arcaico, demodé e incluso atrevido. En el bautizo de mi hija María de los Reyes, varios niños eran puestos en fila por sus padrinos. El cura les iba preguntando uno a uno el nombre que iban a imponerle; cuando le preguntó a mi cuñado David el nombre de la niña y este se lo indicó, hizo un gracioso mohín y dijo: ¡Hombre, menos mal!
            ¿Dónde están los Juanes, los Antonios, los Luises, los Joaquines, los Fernandos, los Manueles, los Josés, los Franciscos, los Enriques de toda la vida?
            ¿Dónde quedaron las Rosarios de la calle Feria, las Esperanzas de Parras y Pureza, las Pastoras de San Luis y Pelay Correa, las Cármenes de todas las parroquias, y las Marías… de los Ángeles, de la O, Auxiliadora, del Mar, de los Reyes, las Anas de Triana, todas las de mi familia, las Encarnaciones, las Amparos y las Asunciones?
            ¿Y dónde, dime, compañero, dónde, las María Dolores?