Gozamos el privilegio de haber vivido.
Y la oportunidad de poder contarlo, y como los árboles dejan caer sus hojas patriarcales,
contamos, unos en los bares, otros en redes sociales y otros matando a versos
las inquietudes que van llegando -aunque no es oficio de poeta expresarse con palabras,
sino con sentimientos-, los sucesos cotidianos, que van masticando los días en las
hojas de nuestro calendario. Se acomoda uno a la pena, y ve en un clavo
ardiendo una escalera de mármol que baja hasta el salón del vals, pretendiendo
engañar al bobo que todos llevamos dentro. Pero a veces el cuerpo no está para
bailes.
En el tute, el naipe de menos
valor es el tres, y se suele descartar en los arrastres porque de poco nos
sirve. Pero en multitud de ocasiones, la fortuna nos lo sirve como nuestra
última carta para la jugada final. Una leyenda de jugadores veteranos atribuye al
tres de la vira (palo designado como de mayor valor) la virtud de no perder
nunca por haber aparecido a lo largo de la partida todas las cartas superiores,
apareciendo como la de más valor entre las cuatro finales. Se la suele
denominar como “mataperros”, aunque también la he escuchado llamar “caraperro” y
otras barbaridades.
Es, la esperanza final, la
definitiva. Si esa te falla, todo está perdido. Pero el buen jugador siempre
confía en ella, la festeja cuando le toca en suerte, la acaricia y la mima porque
sabe que en caso de necesidad, siempre aparece.
Se repite durante toda la
partida: “Mataperros” nunca pierde. Así, que es frecuente, entre jugadores y
poetas, cuando los vientos rasgan las velas, llevar siempre a Mataperros en el
bolsillo.
***
En la
baraja española es posible adivinar el palo de que se trata sin descubrirla del
todo, gracias a una orla que rodea los gráficos. En el caso de los oros, la
orla es completa
Tuvo la culpa un mojino de esos que
van por la calle con el pantalón ceñío, esos que marcan la grieta, la costura,
la etiqueta, la goma de la carpeta y las tapas del sentío.
La vista que no perdona, y la
mente se desboca con disposición guasona colocando el objetivo sobre el orondo
motivo con el antojo instintivo de pellizcar dicha zona.
No pudo en un parpadeo salir de
cuadro un segundo ese objeto del deseo, que en menos que se hace un trazo, de
nada sirvió el frenazo y un descomunal porrazo mandó mi rueda a paseo.
Un detalle que destaco es que
perdí la cartera y el paquete de tabaco, que en un palmo de terreno pasó la mano del freno y allí vino a hacerse
bueno el refrán del perro flaco.
Como la moto es barata pasó a
siniestro total, y en Almadén de la Plata, solución que no desprecio, habrá
otra por buen precio, aunque me parece necio si vuelvo a meter la pata.
Esas cuencas del capricho que
voy encontrando a pares me tienen en entredicho; ¿señal de buena salud? ¿residuos
de juventud? ¿Si no lo miro es virtud y si lo miro un mal bicho?
Procuraré tener cuenta con mirar
donde no debo, pues no calculo la renta que me exige esa afición, sostendré la
convicción de que mi gran devoción… es justo lo que se sienta.
Soñó con ser un pájaro. Nunca
había visto ninguno, pero sabía que cantan y vuelan, que recorren las aceras y asaltan
a hurtadillas los zaguanes en busca de migajón, y escuchaba en sus leves
aleteos –distinguía entre jilguero y gorrión- sus huidas, que coincidían
siempre con pisadas o cerrojos que se abren. Apreciaba, en tardes de siesta y
silencio, el sonido de sus patitas cepillando los adoquines. Se hacía la idea
de cómo podía ser un pájaro, sus formas y su vida, imaginaba en sus nidos el
hueco de las manos de Dios, y porque ignoraba lo que es el blanco, idealizaba
en la delicadeza de su tacto el soplo del aire vespertino, un mundo amable, pues,
sin aristas, sin divisiones, sin heridas, un paisaje de almohadas blandas, que
curiosamente abandonaban para exponerse en las calles al ataque de los gatos.
Cantar ya cantaba, y muy bien,
pero volar… eso era algo que sólo se podía soñar. Sabía, si, cantar, y algunas
otras cosas; conocía el arriba cada vez que alzaba el brazo y lo extendía al
infinito y el abajo cuando algo se le escurría de las manos y tenía que
buscarlo a rastras. Delante hacia donde se dirigía cuando alguien le ponía la
mano detrás para ayudarle en el camino. Izquierda la que pisa y recorre el
mástil, y derecha la que pica y rasguea. Así era su mundo, y le parecía
pequeño. Esa noche Morfeo pintó en su mente la inmensidad, algo con lo que ya
había soñado, pero en la que ahora se sentía dueño del espacio, de todo el
espacio, un ámbito donde el eco no volvía y sin embargo lo inalcanzable estaba
a su mano. Nunca supo del cosquilleo del aire en movimiento, del vacío desafiando
el peso de su cuerpo, hasta ahora no se había sentido un pájaro, y no quiso ni
por asomo renunciar a ese momento.
Solía estar, por las tardes,
acompañando a los devotos de Santa Lucia en su lugar de reunión, una accesoria de
la calle San Quintín, la primera casa entrando a la derecha, donde un curioso
personaje llamado “Paná”, fabricaba bolsos de señora que luego vendía
pregonándolos por la calle. Allí, los cofrades
se reunían, en un tiempo de calma impuesta, luego de casi salir
chamuscados de San Julián, iglesia que fue incendiada, refugiarse en torno a un
cuadro de la Santa que estaba en Santa Marina y salir por piernas antes de que
las llamas, que también devoraron dicho templo, acabaran con el cuadro y con
ellos. Ahora, a pesar de la escasez y la necesidad que asolaba España, al menos
estaban tranquilos en Santa Catalina y gozaban de aquel sitio de convivencia,
donde además el ciego les animaba, con sus cantes, las veladas.
EL
SEGUNDO
Tuvo el segundo sueño durante una
siesta; soñaba que los trinos se convertían en copla, que los pajarillos
revoloteaban y que Pastora, vestida de ese blanco que ahora presentía, les daba
de beber en sus manos. Allí se sucedían los tercios y a dúo con su grácil
séquito, surgía la sinfonía prodigiosa de su garganta. Llevaba una corona de
rosas, y paseaba por un bello jardín, entre bóvedas de flores. Creyó escucharle
una letra de bambera, que decía
Que consuela mis pesares,
no me digas que no vaya
a la bamba alegre, madre,
que a la niña del columpio
yo no la cambio por “naide”.
Conocía un villancico que
cantaba en fechas navideñas, El ciego y la Virgen, que la gente le solicitaba
pues le daba un particular empaque, aunque a él le gustaban especialmente los
campanilleros que dejó en gramófono Manuel Torre, a quien recordaba haber
escuchado muchos años atrás, en el reñidero de gallos que aún seguía existiendo
en la acera de enfrente, en la calle Doña María Coronel. Allí despachaban vino;
cuando el ciego llegaba, le sentaban en las filas del palenque, para que, entre
pelea y pelea, deleitase al personal, a cambio de algunos perros gordos. Como
el cantaor jerezano era tan aficionado a esos combates, e incluso poseía algún
pollo con el que participaba en las apuestas, fueron muchas las veces que
coincidieron. Manuel le escuchaba atentamente; eso le decían los conocidos,
pues el ciego no podía verle; otras veces entablaban conversaciones sobre
cante. En cierta ocasión le escuchó una letra por siguiriya que se le quedó
marcada, y que cantaba a menudo.
Cien llagas mi cuerpo,
y mi sangre agua;
yo vi, mare, que las plagas de Egipto
Dios me las mandaba.
Le recordaba por su
maledicencia, y por lo mal que Manuel encajaba perder el dinero apostado;
cuando sucedía, escupía en el suelo, entre reniegos, y luego pisaba el
escupitajo repetidas veces. Pero cuando ganaba y bebía para celebrarlo, merecía
la pena estar allí para escucharle cantar. El ciego lo había hecho infinidad de
veces; ahora, lo hacía en la gramola que un conocido de San Marcos le ofrecía
algunas noches de verano, sentados en el patio de su corral.
Algún cordobés le había contado
la leyenda del ciego de Córdoba que gritó al Cristo de las Misericordias y, a
cambio, éste le concedió la vista. En otras versiones, se contaba que dio
un golpe de bastón sobre la imagen; pero
él nunca lo consideró creíble. El bastón, ya lo tenía; y la oscuridad en sus
ojos, pero nunca se había planteado ponerse delante de ningún Cristo y hacer lo
mismo; y creer, creía. Pero sus devociones iban mucho más allá de leyendas y
habladurías y presumía de sevillano y cofrade. Allí, entre ellos, pasaba tan
buenos ratos, que se merendaba las horas sin apenas haberlas degustado.
Disfrutaba cuando a la puerta, mientras cantaba, se agolpaban las señoras que
salían de las Carmelitas, de misa de ocho, y entregaban alguna moneda, o la
legión de niños del vecino corral del convento de La Paz, donde una vecina
vendía pelotas de trapo que fabricaba ella misma.
EL
TERCERO
Su tercer sueño, sucedió un
domingo por la mañana. Había llovido y notaba que la funda de su guitarra no
emitía su particular crujido. Eso ocurría cuando la humedad se apoderaba de los
viejos muros de las casas de vecindad, centenarias y desatendidas por la
propiedad, e inundaba las maderas y los entresijos de muebles y otros
utensilios con su sereno rocío. Caminó, siguiendo la senda de vacío que le
anunciaba su bastón, hasta la accesoria de “Paná”; allí, le habían citado sus
compañeros de devoción, y allí estaban. Fueron todos a la iglesia a escuchar
misa; el ciego notaba un gran revuelo entre sus compañeros. Una señora muy importante,
según escuchaba, y su marido, muy devotos de Santa Lucía, fueron sentados en
sitio preferente en la ceremonia. Luego, cuando acabó, le invitaron a una casa
cercana, hasta donde el matrimonio les acompañó, para tomar un aperitivo.
El dueño de la casa les recibió y les hizo pasar a una estancia
donde tomaron asiento, casi todos, ya que acudieron en gran número. Todo comenzó con una entretenida tertulia, en la que el casero no dejaba de intercalar
chistes y anécdotas. Luego le solicitaron al ciego alguna copla, algún cante. Desnudó
su sonanta y acometió un romance antiguo, poco divulgado, que le fue muy aplaudido.
La señora se levantó para felicitarle y le besó en la mejilla. –Gracias, muchas
gracias a todos. El anfitrión le pidió la guitarra, interesándose por su fecha
y fabricante.
-¿Puedo tocarla?
-¡Claro, amigo, ahí la tiene!,
respondió.
El hombre tanteó el clavijero,
la dejó perfectamente afinada y comenzó a sacarle notas. Pero aquel no era un
guitarrista cualquiera. El ciego notó de inmediato, que aquellos dedos, que
aquellas manos, estaban dotadas de una sensibilidad especial, mágica, única. No
adivinaba aún de qué guitarrista podría tratarse, pero le sonaba a algo que
había escuchado en gramófono y se llamaba algo así como ¿gitanería…?. En ese
pensamiento andaba cuando la realidad le condujo a una sorpresa aún mayor. La
señora se dispuso a hacer un cante, y acompañándose a golpes de nudillo sobre
el hule de la mesa, entonó unas peteneras que dejaron helado al invidente.
Aquella que cantaba, no podía ser, pero era… La Niña de los Peines. Ya había
escuchado a alguien llamarla Pastora. Y el guitarrista, ¡claro! El Niño
Ricardo. Y aquella, su casa. Y por supuesto el marido de la señora… Pepe Pinto.
Creía que iba a levantarse levitando, pero aquel cante y aquel toque le tenían anclado
y bien anclado a la tierra y a los sucesos. ¿Cuándo volvería a estar en
semejante compañía?
Pepe se levantó con una copa en
la mano y solicitó silencio.
Señoras y señores, quiero que
sepan ustedes que hoy es doce de Enero, y que es el aniversario de nuestra
boda; precisamente uno de los testigos fue Manuel, que tan gentilmente nos ha
invitado a esta comida tan exquisita. ¡Un brindis por nuestro matrimonio! Allí,
entre vivas y oles, muchos cantes, chistes, risas, arpegios, el ciego de Santa
Marina volvió a palpar el barniz de su fiel compañera y la agarraba tan fuerte
como quería abrazar el momento. Pero todo pasó tan pronto para él…
Al despedirse, Pastora volvió a
besarle, e intentando que no se diera cuenta, le metió unos billetes en el
bolsillo. El quiso devolvérselos, pero Pastora insistió; le prometió a la
Niña que los destinaría al cepillo de Santa Lucia. Como se había hecho tarde,
le acompañaron hasta su casa. Allí, luego de desnudarse y hacer sus oraciones,
se acostó, aunque no podía coger el sueño. Quería dormir a ver si se repetía la
quimera; estar con Pastora, oírla cantar, hablarle, disfrutar con los recitados
de Pepe, con la sabiduría de Manuel Serrapi, su toque, su genialidad. Pero
aquella noche no era noche de dormir.
Lo hizo al día siguiente, más
cansado y aburrido; y durmió muchas noches después. Sucedieron cosas, lluvias,
amaneceres, aunque él fijó su pensamiento en aquel doce de enero en que pudo
conocer el mundo de los pájaros, sus sensaciones, su vuelo, sus nidos. Aquel
día imaginado en el que creyó poder ver y en que reparó que había dejado de tener
sueños.
P.D.
Por la transmisión, mi agradecimiento a Don Francisco Pastor Díaz, quien me
hizo conocer a este cantaor y sus vivencias.
Y por
mi parte, la satisfacción de haber podido apuntar, entre realidad y ficción, sospechas
y vanidades, abriendo bien el oído, este relato, aunque es muy difícil crear
este tipo de historias de personas sin
vista sin escribir la palabra luz.
La vecina se dispone, remonta
las escaleras, se remanga, y echa la ropa tendía en un canasto de caña, recoge
los alfileres -señalaítos los tiene con el cuño de su marca-, baja de nuevo a
su patio donde fechas olvidadas la acechan por los postigos con la memoria por
arma. Invocan la juventud de pasiones inmediatas, cuando la sangre era un río y
el mar la calle y la plaza, cuando lo nuevo era luz y oscuras las telarañas y
sembraba los suspiros por arriates y zanjas.
Sagrario de los lebrillos, altar
de la ropa blanca, pasa por el lavadero,
donde las vecinas charlan y sobrellevan la envidia que la vecina les causa
viendo el son de sus caderas con el compás de su falda. No repara en el vecino
que mira tras la ventana –tienen ojos los visillos, y a veces miran y matan-, ni
le importan los descaros sobre la flor de su estampa, porque ella está más
pendiente de estrellas que de miradas y contempla las veletas cuando giran, cuando
callan, cuando bailan con la lluvia y cuando resecas graznan; brotes de su
pensamiento abren sus velas y zarpan sobre las olas desnudas de su río, mar de plata,
se peinan junto a la torre y se adornan en Bonanza.
Entonándose por tangos, con
versos de telegrama, reconstruye en los carbones la tibieza de la plancha, al
eco de aquellos cantes, delirio de noches largas y al pliegue de los volantes las
risas de las muchachas que hurtaban a sus cinturas el secreto de su danza. En
el cajón de la cómoda hiende praderas sagradas entre ramas de romero y mansas letras
bordadas sobre la humildad del paño de camisones y batas.
Entonces destapa el cofre que
encierra peinas de nácar y un ejército de horquillas vestidas de piedras falsas,
que le saben a domingo y a tardes de
caminata, entre pañuelos de encaje y velos de tardes santas, sermón de un cura
gitano que predicaba en Santana.
Cuando en las tardes de invierno
Febo entrega la cuchara, lleva al rincón de olvido la herida de su nostalgia
para que allí se la coman los dragones de la parca, pone al desnudo los llantos,
los deja sobre una barca que no navegará nunca las mareas de sus lágrimas porque
lleva rumbo fijo: la soledad de su alma.
SOLEDAD Fotografía de Emilio Beauchy (Biblioteca Nacional de España)
La intención de este blog, a pesar de no haber sido creado para identificar,
definir o criticar cantes, baile ni toques, sí pasa por aportar a los
interesados en cuestiones de modos y costumbres cuantos conocimientos se han
cruzado por mis experiencias personales.
El embustero.
En la repentización musical, el intérprete va leyendo por
primera vez el pentagrama y va tocando o cantando la pieza. En el flamenco, a
pesar de haber incorporado muchos músicos que saben solfeo, en la mayor parte
de los casos, y he de ahí su encanto, el intérprete transporta la melodía
directamente de su cerebro al instrumento o la garganta, con elementos aprendidos
a base de escucharlos y repetirlos.
En la guitarra, hay gente de academia que toca limpio, claro y
bonito, pero sin alma, aunque conozco excepciones muy honrosas, en las cuales
se acumula la técnica adquirida en esos centros y la sensibilidad del artista.
Los tocaores callejeros son otra cosa; a lo mejor no pisan apropiadamente, o su
técnica no es excelente, pero lo que sale de sus sonantas es distinto y sabe
bien. Cada vez que tocan un mismo tema lo hacen de una manera diferente, no
repiten las mismas notas, ahí hay alma, humanidad. Son capaces de adaptarse a
cada momento. He visto a Raimundo afinar una cuerda mientras tocaba. A la hora
de acompañar al cante, esperan. Son sibilinos, no se dejan llevar por
academicismos ni imposiciones.
El cantaor
canta, ellos acompañan, es así de simple; cuando tocan para deleitar, se
proyectan a sí mismos en sus notas, se sienten libres. Aunque sea difícil de
explicar, nunca lo hacen de la misma manera, jamás tocan una por una todas las
notas, aunque interpreten lo mismo. Lo de callejeros viene porque han aprendido
en la calle, del amigo, de la familia. El término es muy usado entre los
flamencos.
En el cante, hay gente que define tan perfectamente, que son
sospechosos de lo mismo. Mucha técnica, mucha repetición, pero cada vez que lo
hacen es igual a lo anterior. Su maestro, en ocasiones grandes cantaores que se
han prestado a ello, les enseña el palo. Les corrige, vuelven a repetirlo, vuelven
a corregir… hasta que sale. ¿Sale?
En contraposición, está el cantaor de duende. Es el caso de Manuel Torre, cantaor
jerezano afincado en Sevilla, del que se cuenta que a veces estaba para
matarlo, y que en alguna ocasión quisieron meterle en la cárcel, posiblemente
por defraudar al público, como contaba Pepe el de la Matrona, quien fue testigo
de una de esas noches en la que Manuel Torre había estado pa´matarlo; cuando se
acabó la función y ya casi amaneciendo salieron a una terraza a tomar un café.
Entonces Manuel Torre se volvió al guitarrista: “Oye, coge la bajañí que ahora
voy a cantar dos veces, que me ha cogío bien” y cantó... cantó tres siguiriyas
que el suelo temblaba. Dice Pepe el de la Matrona: Yo no he visto otra cosa
igual, lo tengo metío en la cabeza y no se me olvida, no se me puede olvidar.
¿Qué fuerza misteriosa dominaba a Manuel y a todos a cuantos acude
el duende?
¿Prefieren ustedes a un cantaor cabal
o a uno que nunca se sabe lo que va hacer?
¿Pura técnica o sentimiento?
Yo me quedo con el duende. Prefiero fracasar
mil veces y tocar una sola vez el cielo con las manos, ser testigo de la
revelación de la voz de la gloria que acude a la tierra, donde la acune un
cantaor de duende.
De estos últimos, de los cantaores de
duende, podemos, dentro de la diversidad de caracteres y particularidades de
cada uno, temperamento, bohemia, intuición, destacar a aquellos que tienen poca
capacidad de retener letras o tonás. El genio, sale de todas las situaciones.
Cuando no recuerda la toná la inventa, cuando se le olvida la letra, la
improvisa. Puede tratarse, por tanto de
poetas repentistas, como aquellos,
cultivadores del arte de versificar al momento, que organizan fiestas campesinas en
Cuba. Comen beben, e improvisan décimas. Los nuestros comen, beben y cantan lo
que les da la gana. Hay pocos. Son conocidos por los flamencos como embusteros.
Y no es un agravio.
No
pretendo con este artículo intentar una biografía de José Moreno Moreno, “El
Herejía”. Eso supondría un arduo trabajo de recopilación histórica, discográfica,
audiovisual y testimonial que ocuparía un tiempo del que no dispongo. No
obstante, para ensalzar su figura, como hombre y padre de familia, como artista
y como abanderado de su barrio, el nuestro, Triana, del que nunca anduvo lejos
a pesar de verse obligado por la diáspora de los sesenta y setenta a residir en
un piso del extrarradio, gitano puro y receptor ancestral de los cantes de la
cava, creador y genio de los palos festeros en el cante y en el baile, acometo
este trabajo movido por el gran cariño que siempre le he profesado, y que
también él me retornaba y que tantas veces me demostró.
Para
ello, intentaré en tres trancos bien definidos y distintos la semblanza de este
personaje único, aportando en primer lugar la visión de Triana pura, pura y
pura que él tenía y que un día, sentados en su salón, me transmitió
detalladamente. En segundo lugar, una entrevista que mi gran amigo Antonio
Martín Lorenzo, otro trianero militante, brillante escritor e investigador y
que trabaja en la radio, le hizo dos o tres semanas antes de su muerte. Para
terminar, unas ilustraciones gráficas, audiovisuales y literarias sobre su
vida, obra y legado.
¿Por
qué Triana?
Uno
recuerda, de pequeño, las ruinosas fachadas, los apulgarados tejados, cubiertos
en primavera de amarillos jaramagos, el
interior de los templos, lóbregos, húmedos, sus cuadros, a veces obras de
Murillo, Zurbarán, Herrera, oscurecidos por el tiempo, irreconocibles e
indescifrables.
Uno
recuerda, de pequeño, las tabernas, sus camareros con la tiza tras la oreja,
sus urinarios apestosos, su serrín, sus escupideras, sus carteles de “se
prohíbe el cante”, y… sus cantes. Auténtica y genuina Universidad del flamenco,
donde se iba no sólo a beber, sino a conocer, a distinguir, a apreciar. ¿Qué
sería hoy del flamenco sin las tabernas de Triana? ¿Qué sería hoy del flamenco sin
la fuente?
En el
Morapio se daba más flamenco que en cien bienales. Allí dejaron lo mejor de sus
cantes los míticos, los grandes. En las tabernas se convivía, se adoctrinaba,
se sentaba cátedra de cómo vivir el flamenco.
Uno
recuerda de pequeño, el resplandor de la candelá en el patio, y el rescoldo que
llevaba a casa el calor de la amistad, de la solidaridad, del sentido humano y
sentimental del vecindario, hoy perdido y desperdigado por San Pablo, el
Polígono Norte, las Tres mil, donde miles de trianeros añoran su barrio y
darían todo lo que tienen por volver a su barrio, hoy convertido en una de las
zonas residenciales con el metro cuadrado más caro de Europa. La mayoría de los
trianeros no vive en Triana, por
razones, como digo, de tipo económico, aunque algunos tienen la suerte de
seguir morando las casas donde nacieron.
Ay, Cava de los civiles,
Ay, cava de los calés,
Ya no es la cuna del arte
Ni sombra de lo que fue.
¿Cuna del arte?
Es una calle cualquiera,
Camino de cualquier parte
Los trianeros
se fueron a los barrios periféricos con lágrimas en los ojos y dolor en el
corazón y se llevaron todo su arte a aquellos barrios. Pero allí no tenían
patio ni corral, ni lavaderos, ni cogían agua del pilón, ni encendían fuego las
noches de invierno ni tomaban el fresco en la azotea las noches de verano, ni
compartían el pan y la sal, ni convivían los unos con los otros como en Triana.
Se encerraron en sus pisos a ver la televisión, allí tenían agua corriente, un
brasero eléctrico, un ventilador y una nevera.
¡Y el arte!; seguían teniendo todo el arte; así que, sólo
era cuestión de reencontrarse. ¿Cómo?
Al
principio de los ochenta, una mujer que desgraciadamente no está entre
nosotros, cuyo nombre era Gloria Moreno, “Filigrana”, dedicó su tiempo a localizar
en su destierro, convencer, llamar, reclutar, a todos aquellos trianeros que se
distinguieron por su arte, no ya de manera profesional, sino como siempre
hicieron, cantar y bailar, contar chascarrillos, divertirse, convivir.
Así,
luchando por la idea y en colaboración con José Luis Ortiz Nuevo, a la sazón
concejal de cultura del ayuntamiento de Sevilla, quien consiguió en una
brillante gestión el Lope de Vega para, en 1982, organizar un gran espectáculo,
quisieron dar a conocer a Sevilla, a España y a la humanidad cómo era la gente
que habitaba aquellos corrales legendarios, aquellas vecindades de un tiempo
que se fue. Conservo en mi archivo el video del evento, como un tesoro de la
gloria de Triana; el productor del mismo fue en ese caso, otro gigante de los
medios audiovisuales, Ricardo Pachón, el mismo que produjo el disco de Camarón
“La leyenda del tiempo”, a mi criterio, el giro fundamental que convirtió al
isleño en el mito que hoy es.
Allí,
en la bombonera de la Exposición iberoamericana, se consiguió demostrar que
Triana no estaba muerta, que vivía en todos aquellos que habían tenido la
gracia divina de bautizarse en Santana, la O, el Patrocinio, aunque vivieran en
las afueras.
Pusieron
el listón tan alto como sólo ellos podían hacerlo, el Titi, Curro el Juto,
Tragapanes, la Calzona, el Pati, Pastora, Coco, la Perla, José Lérida. Juan
Lérida, Loli Leiría, Paco Vega, el Potaje, Juan el Breva, Carmen Cachero, Tío
Juani, La Salu, Antonio el Cordobés, Carmen la Pillina, y algún otro que se me
escapa, y que, juntos, tuvieron su ratito de gloria, teniendo como artistas
invitados a Lole y Manuel, quienes, trianeros como ellos, vinieron, estando en
la cresta de la ola para darles su aliento.
Aquello
fue una apoteosis del arte. Les llamaron Triana Pura y pura. Luego vinieron
actuaciones esporádicas, siguieron en contacto, hasta que más de quince años
después, y siendo más reducido el número de componentes, alcanzaron el éxito
más impresionante que se pueda recordar en España, con el disco de Triana al
cielo. La tristemente desaparecida Esperanza la del Maera, con el sigiloso
encanto de su voz de niña marinera, con el “Probe migué” rompía la barrera que
separa el arte de Triana de los circuitos comerciales, colocando la pica allí
donde nadie la hubiera imaginado, en discotecas, listas de superventas, hit
parades, grandes éxitos, giras, galas, recepciones…. y el nombre de nuestro barrio, por delante:
Triana… pura.
Aquí
lucía La Perla en bulerías y fandangos, por tangos, sublime Curro, también hoy desaparecido
y a quien Dios guarde en su gloria, solearero de jondo porte Coco, lágrimas
negras nos dejaba Pastora, con su voz antigua y dorada…
Y como
líder natural del grupo, un hombre, trianero puro, gitano puro, hijo de
Concepción, la que mejor ha cantado en la cava por bulerías, recreador de las
chuflillas de Triana, un cante de ascendencia gaditana, genuinamente de juerga,
que él nos ha legado, y que tiene en su haber la satisfacción y el orgullo de
haber compartido juergas con Vallejo, Caracol, Mairena, casi ná…, referente
claro de los tangos de Triana, José Moreno Moreno, a quien conocemos en Triana
por el Herejía.
ENTREVISTA
EL HEREJÍA
------------------------------------
JOSÉ MORENO MORENO
ARTISTA FLAMENCO DE TRIANA
SEVILLA, 1937
Quedamos con José "El Herejía", gracias a la
ayuda de su sobrino José Luis Tirado, y por supuesto, de su hija Salud, quien
nos dio todo tipo de facilidades para poder realizar la entrevista.
El antiguo componente de "Triana Pura", reside
en la actualidad en una residencia para la tercera edad muy cerquita de lo que
antes Fué el cuartel de San Fernando.
Llegamos a la hora de las visitas, y nos encontramos a
José, en una de las salas de espera que tiene el centro, e inmediatamente y de
forma muy amable, se puso a nuestra entera disposición.
Con EL HEREJIA, 2 o 3 semanas antes de su muerte, en la clínica donde estaba internado.
Nací en el número 4 de la calle Evangelista, la antigua
calle San Juán; y después me fui a vivir a 11, donde precisamente vivía la
familia Montoya; allí vivimos con Los Montoyas, 20 años.
Qué maravilla de vida en esos corrales antiguos de
Triana. Nos daban las tantas de la mañana cuando nos metíamos en fiesta, y la
verdad, es que no nos hacía falta gran cosa; con un potaje de chícharos nos
poníamos todos morados, y no veas lo bien que lo pasábamos.
Aquella vida, no tiene nada que ver con la de ahora en
los pisos. Y además se te hacía falta algo, todo el mundo te ayudaba.
Lo de Herejía me lo pusieron de niño, porque dicen que
era muy travieso.
Este es el famoso salto del Herejía. Me regaló esta foto y con el mismo cariño hoy la publico en su memoria. Se trata de un salto hacia atrás, algo complicado de explicar y que algunos estudiosos dl baile interpretan a su manera. En mi opinión, está fuera de toda ortodoxia académica.
Yo bailaba ya desde chiquetito, aunque no de forma profesional.
Me llamaban mucho los señores para las fiestas, porque yo cantaba muy gracioso,
y bailaba; así que desde los 11 años, ya empecé a ganar dinero con los señores.
Uno, que era don Salvador Guardiola, me llamaba incluso 2 o 3 veces por semana,
y me quería como a un hijo, y me llevaba a todos los sitios.
Yo, la verdad, me iba a jugar todos los días con los
chiquillos, y cuando menos me esperaba, iba don Salvador a buscarme a mi casa
para que me fuera con él.
Después me metió en el Guajiro, y como el pase terminaba
temprano entonces, pues de allí nos íbamos a Citroen. Recuerdo que yo me
llevaba de guitarrista al hermano de Melchor de Marchena, a Antonio, y que
después de Citroen, nos íbamos a cenar a una terraza que había por la Cruz
Campo, y cuando terminábamos, nos marchábamos para "Las 7 Puertas", hasta que nos
hartábamos, y ya venía a por nosotros su chófer, y nos llevaba a un bar de la
Puerta Jerez.
Además de Guardiola, he estado con Pareja Obregón, con
Pepe Marchena, El Algabeño, Manolo Caracol, Antonio Mairena, Manuel Vallejo, El
Sevillano..., con toda esa gente, he cantado yo.
Recuerdo, que a Mairena, lo conocí en una caseta de Feria
que puso Pepe El Gitanillo, el hermano de Rafael Vega de los Reyes, y allí le
canté yo, con mi hermano Curro, El Yoni y Rafael el Negro. Ahí Fué donde conocí
a Mairena, y se quedó encantado con nosotros.
Otra noche, estuve con el torero Sánchez Mejías, en la
Venta Marcelino, y estuvimos toda la noche allí cantando, y como no llevaba
dinero para pagarnos, al final nos citó en el bar Pinto al día siguiente a las
5 de la tarde. Llegamos, tomamos café, y cuando llegó, le dice a Pinto,
"Pago una caja entera de whisky, pero con la condición de que Pastora
venga, y que escuche aquí a mis amigos".
Estábamos Chiquetete, Manuel Molina, El Flores, y yo. Y
Pastora, se quedó encantada, y decía que ¿cómo es posible que estas criaturas
estén por la calle con el arte que tienen en lo alto?.
Y antes de "Triana Pura", hemos estado
trabajando por toda Andalucía, y por Madrid, haciendo "turné". Y el
grupo de "Triana Pura", se debe a una prima del Juani, que tenía
mucha amistad con Ortiz Nuevo, y consiguió reunirnos a todos, le concedieron
200.000 pesetas a fondo perdido y además, el poder disponer del Teatro Lope de
Vega para el espectáculo. Y la verdad es que el resultado Fué un escándalo; un
éxito bárbaro.
De cosas graciosas que me hayan pasado te puedo contar
muchas, pero vamos me viene a la cabeza una vez que con el grupo "Triana
Pura", actuábamos en Bilbao, y cogimos aquí en Sevilla un avión hasta
Madrid, y luego allí otro para Bilbao. El tiempo estaba muy malo y el avión
hasta Madrid se movía un poquillo, pero el que cogimos para Bilbao, se movía
más todavía; y no veas La Perla el miedo que tenía,
Es muy miedosa. Y me dice: "José. Cómo es que se
mueve tanto el avión". Y le digo: "Porque el piloto, no sabe más que
abrir la ventanilla para escupir", y dice "Pues ahora cuando
lleguemos a Bilbao se va a enterar éste, le voy a decir que no abra más la
ventanilla para escupir, coño, que se traiga una escupidera". Me acuerdo
que en ese viaje iban también con nosotros Chano Lobato, y el Chato de la Isla.
Yo lo he pasado muy bien, lo he pasado de maravilla, y
una de las personas que más dinero me ha dado a ganar, ha sido José María González
de Caldas, que conmigo siempre ha sido "un pedazo" de señor.
A mí me ha llegado a dar a ganar al año, un millón de
pesetas, de aquella época, y además me tenía trabajando con él; pero cada vez
que hacía falta, me decía que me fuese para el Cortijo, uno que tiene entre
Bollullos y Sanlúcar la Mayor, y allí nos poníamos ciegos de comer y de beber.
ANTONIO MARTÍN LORENZO
Nació
en los pares de Evangelista, aunque pronto se mudó la familia a la acera de
enfrente, al 11, donde él evocaba la recogida de las carretas del Rocío cuando
las almacenaban hasta el año siguiente, así como el ambiente de sano júbilo y arte
que se respiraba las noches de patio en un sitio donde convivió con grandes
artistas, epicentro del desarrollo estructural que sufrió el flamenco cuando
empezaron a eclipsar los punteros y la necesidad de primeras figuras comenzó a
tirar de trianeros que ya habían trasladado, por necesidad, sus hogares a
barrios periféricos. Pero fue allí donde se fraguó –nunca mejor dicho- todo.
José
vivió su historia de amor y terminó casándose con Salud, una íntima amiga de mi
madre que habitaba en la casa de los palos, y allí pusieron su primer nido de
amor, en la misma casa que habitaba Joaquín el Titi. Cuando llegó el éxodo, se
fueron a un piso en la Avda. San Juan de la Cruz, donde residieron hasta su
muerte.
En esta foto de los cincuenta, están José, Salud, en primer lugar, y al final, mi madre, Manuela, y mi padre, José. La gitanita del centro es mi tía Reyes, esposa de mi difunto tío Miguel.
Tuvieron
cinco hijos: Salud, Concepción, José, Elisa y Eduardo, a los que hace mucho,
demasiado tiempo que no veo. Todos fueron amantísimos hijos, tanto de José como
de Salud, y su apego y devoción por sus padres, hasta el final, podrían servir
de ejemplo en nuestros días. José les hizo crecer en amor y bondad, pues siempre
fue un hombre trabajador como el que más, que pasó de trabajar en las minas
alemanas a buscarse la vida de nuevo en Sevilla, en las minas del pan duro que
suponen los trabajos esporádicos alternados con alguna que otra fiesta. La
honradez no da para más; lo mismo le echaba un cable a mi padre cuando sabía
que su situación no era buena, que aguantaba su vela cuando le tocaba. Pero
cuando llamaba amigo a alguien, eso era cierto.
Una foto imposible, Herejía, bético confeso y militante, junto a Don Federico Pérez Estudillo, capellán del Sevilla F.C., el cura que declaraba: Rezar por los béticos es superior a mis fuerzas. Me resulta imposible hacerlo.
Para que se hagan una idea, pueden leer
este articulo de Holgado Mejías. Impagable:
Era Barbero y pelaba y afeitaba
a domicilio en Bellavista, en los años sesenta y setenta. Era originario de
Montellano, y entre tijeras y cuchillas, daba clases de guitarra a los chavales
del barrio por un módico precio. Uno de sus más aventajados alumnos y a quien
dio sus primeras nociones, es Daniel Navarro Cruz "Niño de Pura",
del que les dejo una muestra.
En la siguiente foto están mi
madre, mi padre, a la guitarra, mi tía Carmen, mi tío Paco, el yerno de Manuel,
magnífica persona, malogrado en un accidente de trabajo, y él mismo, muy animado.
Sirva esta entrada como homenaje
a un hombre honrado, artista, gran conversador e incansable buscavidas.
Maestro.
Me resisto a
ir. Todos nos resistimos; pero a veces el dolor que te retuerce las tripas y te
dobla como un pestiño te conduce, a veces demasiado a menudo, a sus fauces. Es
curioso, allí hay cola para entrar. Este reino de Hades automatiza tus pasos y
te dirige. Tú no tienes nada que aportar, sólo hacer lo que te dicen los de las
batas blancas, los de las batas verdes. Temes que Caronte te ande esperando por
allí detrás, por alguno de sus recovecos, y entonces buscas por entre los
bolsillos y las dobleces de tu martirio el óbolo que te ofrezca el
salvoconducto a la otra orilla. En esos pensamientos, te dice el altavoz que te
requieren desde un despacho, donde un interrogatorio precede a otro, acompañado
de un manoseo, necesario, según los responsables de acabar con tu sufrimiento,
protocolizado según ley para que nada falle… ¿nada? Si sigue leyendo este
relato lo entenderá.
Vías,
pinchazos, rayos, más preguntas, muchas preguntas, para terminar en otro
reservado, donde ya no están las dos jóvenes que antes te atendieron, sino una mal
encarada madura que instruye a una joven y le explica que mi visita es
innecesaria, puesto que los resultados no aportan signos de gravedad. Encima,
con el alivio de sus botes y bolsas de líquido blanco, uno se cree el mayor
tonto del mundo porque esto no es nada. ¿Para qué habré perdido aquí siete horas, siete, -se habían quedado sin ordenadores- por mi tonta hipocondría? Me voy.
La segunda, más
corta en el crono, con aquel calvario habitado de asientos y camillas, aunque
menos poblado en esta ocasión, vino a ser una continuación cíclica de la
primera, y aún me pareció no sólo adivinar al barquero embozado en las sábanas
del Sas, sino presentir tras cada puerta que abrían o cerraban, el sonido de la
corriente del Aqueronte. Mismas preguntas, mismas pruebas, mismos resultados, y
a sufrir, otra vez, a casita.
Fue la
insoportable necesidad de descansar, de respirar, de sentirme un ser humano, la
que forzó la tercera. Otro interrogatorio inacabable y torturador, necio y
cansino y que acepté como la única forma de aferrarme a esta orilla, de seguir
luchando, pero ya las preguntas te pesan, te atosigan, te marean, en tanto tu
dolor se empeña en acompañarte cruelmente a todos sitios como la sombra
malévola que te lastra y te desacredita en el espejo.
Pero allí no
todo es malo; ángeles que disimulan sus alas bajo las batas de enfermera o
celadora, se camuflan entre los hijos de este reino, y alguna que otra
honradísima buena persona tiene que practicar la bondad clandestina sobrenadando
el plasma de este ambiente. A quienes no
se ven por allí como “clientes” son los parlamentarios de las Cinco Llagas, ni
a ningún concejal, recién electos todos ellos, y seguro estoy que nuestra
Presidenta no va a venir a parir precisamente aquí. Ellos se pagan con este
sufrimiento nuestro sus privados.
Estoy vivo
porque una de estas almas bondadosas se apiadó de mi quebranto –¿tres veces,
maestro, tres veces?- y me solicitó una ecografía, donde se apreciaba el tamaño
de mi vesícula, la gangrena apoderándose de ella y diversos materiales de
construcción alojados en su interior. En la siguiente ocasión fui llamado por dos
cirujanos, que, sonrientes, me animaban. No pasa nada, no pasa nada. La barca
seguía su ignominioso trasvase de ánimas a la otra orilla; los fieros ladridos del Can Cerbero
podían oírse nitidamente. Yo tuve la suerte de no conocerle.
¡Ay desdichados que pisáis aquella orilla, esos inframundos
situados debajo de la tierra, rogad por vuestras almas!
María, Josefa o Concepción
debieron cantar de esa forma; esa voz, esa forma de apretar, de clavarse las
uñas en sus propias carnes para hilar la hebra pura de la seda de la cava, ese
exigir a la garganta la belleza de lo imposible, ese separar la paja de lo vulgar
del grano de lo sublime, tuvo necesariamente que ver algo con ellas. Mucho se
ha escrito, se ha conjeturado con la garganta y la voz del Fillo, un canalón
oscuro, áspero e impenetrable de donde salían truenos que asustaban a la chiquillería.
Pero quién ha dedicado un milímetro de tinta a presentir, a imaginar cómo
cantarían ellas, las cantaoras de Triana que no dejaron registros sonoros. Yo creo
haber estado esta noche escuchándolas a todas ellas. Y sé cómo cantaban. Ahora
sí.
Hay muchas cantaoras, que clavan
la pica de lo correcto, que usan –aprovechan- las voces de privilegio que Dios
les manda, y que adoban con unos adornos melismáticos robados a los cuarenta
para encandilar a una audiencia que también paga lo correcto y consume lo
correcto. Pero a mí me gustan las transgresiones, y tengo la impresión de haber
asistido a una.
La entidad de lo que ella canta
es muy difícil, ese tesoro está tan jondo en el pozo que parece inalcanzable,
pero Herminia tiene una soga larga y nos lo ofrece cada vez que se acerca al
brocal. Tiene una amistad antigua y constante con el cante, aunque su cuerpo de
balanza íntima le ofrece la posibilidad de movimientos refinados y voluptuosos.
Deja trabajar a su madurez por
toná, debla y martinete, en tanto invoca
a la candidez de su juventud aún presente para flautar por malagueña y dejar
por bajo la bella rozadura de su voz. Se
embarca en las cantiñas y aprovecha que pasa en ese instante una estrella fugaz
para marcharse con ella. Allí, sobre su estela, se columpia mientras da un duro
al barquero y los presentes reparan que sobre el museo de cerámica de Triana no
hay ningún firmamento. Es el mundo de Herminia.
En las bulerías, marcaba con el
tacón y Antonio Moya no se perdía una; quién renunciaría a ese festín de
compás, al que además, a las palmas, asistía su mujer Mari Peña, cantaora utrerana
y buena festera.
A la misma hora, un despliegue
policial en la Cartuja, organizaba el acceso de miles de personas a un evento
de otro artista, más multitudinario, más mediático, más comercial. Allí
estuvimos los justos. En el jardín de Venus, entran sólo los elegidos. Allí las
multitudes molestan, estropean el césped y maltratan las flores.
Es una tarde febril de la pubertad de junio, se asusta la carne al salir de casa y se echan de menos los charcos. Calor, y de la buena, de la que presumimos –maldecimos- los sevillanos. Hay un atasco en la Ronda de Capuchinos, pero no tiene sentido. Ni es la hora ni el día, y sin embargo, el tráfico se vuelve ceremonioso, cansino. Algo más de una docena de autocares repletos de turistas –quiero decir japoneses- insisten en arrimarse a la derecha según se pasa el bar Trinidad. Asustan a los pájaros de los jardines del Valle, descargan, y se van. ¿Qué harán, me pregunto, para satisfacer esa hambre flamenca que traen estos nipones? Nunca he entrado en uno de esos centros del pastiche. Todo lo más, en un tablao, pero me supongo que está un poco lejos de lo que aquí se ofrece. ¿Harán un “japonesas al clavel” para ofrecerles a continuación una sangría y un trozo de tortilla y ponerles a ver el espectáculo? A saber. Supongo que algunos puntos de incidencia generará para darle un bocado a la tasa de paro y que nuestro amado presidente pueda salir con la cabeza alta a decirnos que la economía, a pesar de todo, de él mismo, ha crecido.
Otro centro de pastiche artístico-cultural, en Martín Villa, un restaurante llamado “Volapié”, ofrece en su cartelería, amplia, profusa: Hoy, a las 21.00 Flamenco Show. Creo que se trata de una franquicia. Bueno. Más adelante, la casa de la memoria, ésta más amplia, más formal. Flamenco Show.
Algunos flamencos agradecerán esos puestos de trabajo, y algunos camareros, y algún recepcionista... y bueno va, que canso. He pensado que también, puestos a especular, quizá rifen un traje de flamenca entre los asistentes. En los ochenta, mi madre le regaló uno a Déborah, la mujer de mi amigo Pepe. Lo usaba como traje de noche. Y es que Nueva York es mucho Nueva York. Pero en Japón, hoy, hay más trajes de flamencas que teléfonos móviles y más academias de baile que en España. Me han hablado de cien sólo en Tokyo.
Por quince pavos, me doy el gusto de acudir al Quintero a la presentación del disco de José Valencia. Por lo anteriormente expuesto, me siento un privilegiado. ¿Cuánto le habrá costado a un japonés su plaza en uno de estos flamenco show? La memoria. La mía viaja y vuela a la calle Troya, a una tabernita alargada con dos puertas, antes de llegar al arquillo según se va hacia Betis a la derecha. Allí olía a vino blanco, y a orines, y de vez en cuando salía un parroquiano a escupir. Allí, sentado en un banquillo de madera de los de borriquete, descansaba algún viejo, rascando su mechero de yesca para encender un pitillo. Allí. Allí asomaba mis oidos, y volvían cargado de cantes arcaicos, solemnes, densos. Allí. Flamenco show.
Pido asiento alto y centrado, y me lo dan. Desde allí se ve más, se oye mejor. El aspecto de José es el de un divo del bel canto. Y, efectivamente, su voz se asemeja cuando aprieta a la de los divos. Pero canta flamenco, y muy bien. Fue giraldillo del cante en la bienal. Tiene gran oido, capacidad de salida y melismatiza -¿se dice así, señores flamenc...?- bien. Me ha gustado. No obstante, soy del precepto caracolero, ya saben... pellizco chico, caricia honda... pero cuando un cantaor canta por bajo, Manuel Cerrejón dice que por alto canta cualquiera, sirva el apunte, se agradece. Y lo que José ha hecho por bajo –sobre todo en las cantiñas- me ha gustado. Así que me apunto a este cantaor en mis favoritos.
¿Y a qué he venido?
A ganar la luz, como León Felipe. Ahora escondo yo el miedo y la vergüenza y declaro desierto el concurso. Y la luz aparece vestida de negro, con un delantal salpicado de estrellas redondas y un tocado que aborda el fin de este siglo. ¿quién te peina, primor, dime, hermosa, quién te peina? Enfila la oscuridad y ocupa todo el espacio. Ahora, ya no hay cante, ni guitarra, ni palmeros. En esa luz, sólo existe ella, y en un forcejeo con la envidia, me sobrepongo al deseo de ir, de hablarle, de decirle, de cantarle. Se envuelve en la melodía del tango, y pone las caderas donde no las pone nadie. Sus brazos, aspas de molinos que derriban el deseo y edifican fuegos. Ahora no hay nada, ni cantaor, ni tango, ni nada, porque ella lo es todo. Hasta la luz. Y yo, aquí, tan diminuto, tan lejos, tan cerca, pido a la providencia ser siquiera polvo de su suelo, o tabla que pisa para recoger la peina desprendida de su pelo. Ahora todo ha acabado. Soy el títere que falta en el guiñol del destino, un hombre atormentado que no sabe si el mañana se esconde en lo vivido.
Y me voy. Lo olvidaré mañana, cuando aclimate mis pupilas a otra luz, donde no estará ella. Mientras, seguiré rondando las calles, hasta dar con la tabernilla que está antes del arquillo, aunque me tenga que acostumbrar a entrar en esos templos del arte, donde ofrecen el flamenco show.