El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

sábado, 10 de octubre de 2015

MATAPERROS NUNCA PIERDE


                Gozamos el privilegio de haber vivido. Y la oportunidad de poder contarlo, y como los árboles dejan caer sus hojas patriarcales, contamos, unos en los bares, otros en redes sociales y otros matando a versos las inquietudes que van llegando -aunque  no es oficio de poeta expresarse con palabras, sino con sentimientos-, los sucesos cotidianos, que van masticando los días en las hojas de nuestro calendario. Se acomoda uno a la pena, y ve en un clavo ardiendo una escalera de mármol que baja hasta el salón del vals, pretendiendo engañar al bobo que todos llevamos dentro. Pero a veces el cuerpo no está para bailes.
                En el tute, el naipe de menos valor es el tres, y se suele descartar en los arrastres porque de poco nos sirve. Pero en multitud de ocasiones, la fortuna nos lo sirve como nuestra última carta para la jugada final. Una leyenda de jugadores veteranos atribuye al tres de la vira (palo designado como de mayor valor) la virtud de no perder nunca por haber aparecido a lo largo de la partida todas las cartas superiores, apareciendo como la de más valor entre las cuatro finales. Se la suele denominar como “mataperros”, aunque también la he escuchado llamar “caraperro” y otras barbaridades.
                Es, la esperanza final, la definitiva. Si esa te falla, todo está perdido. Pero el buen jugador siempre confía en ella, la festeja cuando le toca en suerte, la acaricia y la mima porque sabe que en caso de necesidad, siempre aparece.
                Se repite durante toda la partida: “Mataperros” nunca pierde. Así, que es frecuente, entre jugadores y poetas, cuando los vientos rasgan las velas, llevar siempre a Mataperros en el bolsillo.

***

En la baraja española es posible adivinar el palo de que se trata sin descubrirla del todo, gracias a una orla que rodea los gráficos. En el caso de los oros, la orla es completa


en las copas, tiene una interrupción en el trazo



en las espadas, dos interrupciones



y en los bastos, tres. Una curiosidad.


Imágenes de la página "ConsultarCartas.com"

José Luis Tirado Fernández



miércoles, 7 de octubre de 2015

SÁTIRA DE LOS MOJINOS


                Tuvo la culpa un mojino de esos que van por la calle con el pantalón ceñío, esos que marcan la grieta, la costura, la etiqueta, la goma de la carpeta y las tapas del sentío.
                La vista que no perdona, y la mente se desboca con disposición guasona colocando el objetivo sobre el orondo motivo con el antojo instintivo de pellizcar dicha zona.
                No pudo en un parpadeo salir de cuadro un segundo ese objeto del deseo, que en menos que se hace un trazo, de nada sirvió el frenazo y un descomunal porrazo mandó mi rueda a paseo.
                Un detalle que destaco es que perdí la cartera y el paquete de tabaco, que en un palmo de terreno  pasó la mano del freno y allí vino a hacerse bueno el refrán del perro flaco.
                Como la moto es barata pasó a siniestro total, y en Almadén de la Plata, solución que no desprecio, habrá otra por buen precio, aunque me parece necio si vuelvo a meter la pata.
                Esas cuencas del capricho que voy encontrando a pares me tienen en entredicho; ¿señal de buena salud? ¿residuos de juventud? ¿Si no lo miro es virtud y si lo miro un mal bicho?
                Procuraré tener cuenta con mirar donde no debo, pues no calculo la renta que me exige esa afición, sostendré la convicción de que mi gran devoción… es justo lo que se sienta.


José Luis Tirado Fernández

lunes, 5 de octubre de 2015

SERIE DE FANDANGOS (Unos serios y otros no)



Que cante aquel que se atreva,
porque la voz llega siempre
donde el talento la lleva;
unos cantan porque pueden,
otros quieren y no llegan.

Una frase yo conozco
de este mundo traicionero,
que la decencia es estorbo
y que un hombre sin dinero
es un bulto sospechoso.

Te fui prestando dinero
creyendo que cobraría,
yo no soy ningún ditero,
dame la guita que es mía,
que ya estamos en febrero.

No desprecies la honradez
del que te tiende la mano
que mañana puede ser
que venga tu propio hermano
a tendértela también.
  
Motivo son de las coplas,
el amor y el desamor,
el  sufrimiento y la gloria,
la alegría y el dolor,
el triunfo y la derrota.



José Luis Tirado Fernández

martes, 29 de septiembre de 2015

LEJOS



De lo infalible y de lo absoluto

de las ordenanzas y de las ataduras

de lo inexorable y de lo fanático

de diseños y performances

de sabios y de gurús

de la maledicencia y la envidia

lejos.


José Luis Tirado Fernández

lunes, 14 de septiembre de 2015

DIME QUÉ TE LLEVAS

Una canción para que los niños la metan por rumba. Va por vosotros.

DIME QUÉ TE LLEVAS

Te has ido de noche,
como un forajido que busca en lo oscuro su mejor defensa,
te has ido buscando tu norte en la luna y su pálida estela,
su sombra furtiva como coartada, como compañera.

Te has ido cargada
de orgullo, de rabia, de motivos flacos y sin consistencia,
buscando resuelta al culpable en el mueble viejo que tienes más cerca
y has hallado dentro el espejo limpio donde te miraste, para qué más prueba.

Te vas de vacío,
sin otra valija que la certidumbre de tu propia guerra,
haces bien, amiga, que el tiempo no aguarda, vete cuando quieras,
no vuelvas la cara ni nunca renuncies, el éxito  es sólo de aquel que lo intenta.

EL ESTRIBILLO

Llenaste la alforja
de cosas terrenas,
déjame los sueños
que tú ya no sueñas,
deja los deseos
que no te alimentan,
y contesta antes
de cerrar la puerta
sólo un pregunta:
Dime, ¿qué te llevas?


José Luis Tirado Fernández

martes, 1 de septiembre de 2015

Cantaores desconocidos: EL CIEGO DE SANTA MARINA


                EL PRIMER SUEÑO
                Soñó con ser un pájaro. Nunca había visto ninguno, pero sabía que cantan y vuelan, que recorren las aceras y asaltan a hurtadillas los zaguanes en busca de migajón, y escuchaba en sus leves aleteos –distinguía entre jilguero y gorrión- sus huidas, que coincidían siempre con pisadas o cerrojos que se abren. Apreciaba, en tardes de siesta y silencio, el sonido de sus patitas cepillando los adoquines. Se hacía la idea de cómo podía ser un pájaro, sus formas y su vida, imaginaba en sus nidos el hueco de las manos de Dios, y porque ignoraba lo que es el blanco, idealizaba en la delicadeza de su tacto el soplo del aire vespertino, un mundo amable, pues, sin aristas, sin divisiones, sin heridas, un paisaje de almohadas blandas, que curiosamente abandonaban para exponerse en las calles al ataque de los gatos.
                Cantar ya cantaba, y muy bien, pero volar… eso era algo que sólo se podía soñar. Sabía, si, cantar, y algunas otras cosas; conocía el arriba cada vez que alzaba el brazo y lo extendía al infinito y el abajo cuando algo se le escurría de las manos y tenía que buscarlo a rastras. Delante hacia donde se dirigía cuando alguien le ponía la mano detrás para ayudarle en el camino. Izquierda la que pisa y recorre el mástil, y derecha la que pica y rasguea. Así era su mundo, y le parecía pequeño. Esa noche Morfeo pintó en su mente la inmensidad, algo con lo que ya había soñado, pero en la que ahora se sentía dueño del espacio, de todo el espacio, un ámbito donde el eco no volvía y sin embargo lo inalcanzable estaba a su mano. Nunca supo del cosquilleo del aire en movimiento, del vacío desafiando el peso de su cuerpo, hasta ahora no se había sentido un pájaro, y no quiso ni por asomo renunciar a ese momento.
                Solía estar, por las tardes, acompañando a los devotos de Santa Lucia en su lugar de reunión, una accesoria de la calle San Quintín, la primera casa entrando a la derecha, donde un curioso personaje llamado “Paná”, fabricaba bolsos de señora que luego vendía pregonándolos por la calle. Allí, los cofrades  se reunían, en un tiempo de calma impuesta, luego de casi salir chamuscados de San Julián, iglesia que fue incendiada, refugiarse en torno a un cuadro de la Santa que estaba en Santa Marina y salir por piernas antes de que las llamas, que también devoraron dicho templo, acabaran con el cuadro y con ellos. Ahora, a pesar de la escasez y la necesidad que asolaba España, al menos estaban tranquilos en Santa Catalina y gozaban de aquel sitio de convivencia, donde además el ciego les animaba, con sus cantes, las veladas.

EL SEGUNDO
                Tuvo el segundo sueño durante una siesta; soñaba que los trinos se convertían en copla, que los pajarillos revoloteaban y que Pastora, vestida de ese blanco que ahora presentía, les daba de beber en sus manos. Allí se sucedían los tercios y a dúo con su grácil séquito, surgía la sinfonía prodigiosa de su garganta. Llevaba una corona de rosas, y paseaba por un bello jardín, entre bóvedas de flores. Creyó escucharle una letra de bambera, que decía

Que consuela mis pesares,
no me digas que no vaya
a la bamba alegre, madre,
que a la niña del columpio
yo no la cambio por “naide”.

                Conocía un villancico que cantaba en fechas navideñas, El ciego y la Virgen, que la gente le solicitaba pues le daba un particular empaque, aunque a él le gustaban especialmente los campanilleros que dejó en gramófono Manuel Torre, a quien recordaba haber escuchado muchos años atrás, en el reñidero de gallos que aún seguía existiendo en la acera de enfrente, en la calle Doña María Coronel. Allí despachaban vino; cuando el ciego llegaba, le sentaban en las filas del palenque, para que, entre pelea y pelea, deleitase al personal, a cambio de algunos perros gordos. Como el cantaor jerezano era tan aficionado a esos combates, e incluso poseía algún pollo con el que participaba en las apuestas, fueron muchas las veces que coincidieron. Manuel le escuchaba atentamente; eso le decían los conocidos, pues el ciego no podía verle; otras veces entablaban conversaciones sobre cante. En cierta ocasión le escuchó una letra por siguiriya que se le quedó marcada, y que cantaba a menudo.

Cien llagas mi cuerpo,
y mi sangre agua;
yo vi, mare, que las plagas de Egipto
Dios me las mandaba.

                Le recordaba por su maledicencia, y por lo mal que Manuel encajaba perder el dinero apostado; cuando sucedía, escupía en el suelo, entre reniegos, y luego pisaba el escupitajo repetidas veces. Pero cuando ganaba y bebía para celebrarlo, merecía la pena estar allí para escucharle cantar. El ciego lo había hecho infinidad de veces; ahora, lo hacía en la gramola que un conocido de San Marcos le ofrecía algunas noches de verano, sentados en el patio de su corral.
                Algún cordobés le había contado la leyenda del ciego de Córdoba que gritó al Cristo de las Misericordias y, a cambio, éste le concedió la vista. En otras versiones, se contaba que dio un  golpe de bastón sobre la imagen; pero él nunca lo consideró creíble. El bastón, ya lo tenía; y la oscuridad en sus ojos, pero nunca se había planteado ponerse delante de ningún Cristo y hacer lo mismo; y creer, creía. Pero sus devociones iban mucho más allá de leyendas y habladurías y presumía de sevillano y cofrade. Allí, entre ellos, pasaba tan buenos ratos, que se merendaba las horas sin apenas haberlas degustado. Disfrutaba cuando a la puerta, mientras cantaba, se agolpaban las señoras que salían de las Carmelitas, de misa de ocho, y entregaban alguna moneda, o la legión de niños del vecino corral del convento de La Paz, donde una vecina vendía pelotas de trapo que fabricaba ella misma.

EL TERCERO
                Su tercer sueño, sucedió un domingo por la mañana. Había llovido y notaba que la funda de su guitarra no emitía su particular crujido. Eso ocurría cuando la humedad se apoderaba de los viejos muros de las casas de vecindad, centenarias y desatendidas por la propiedad, e inundaba las maderas y los entresijos de muebles y otros utensilios con su sereno rocío. Caminó, siguiendo la senda de vacío que le anunciaba su bastón, hasta la accesoria de “Paná”; allí, le habían citado sus compañeros de devoción, y allí estaban. Fueron todos a la iglesia a escuchar misa; el ciego notaba un gran revuelo entre sus compañeros. Una señora muy importante, según escuchaba, y su marido, muy devotos de Santa Lucía, fueron sentados en sitio preferente en la ceremonia. Luego, cuando acabó, le invitaron a una casa cercana, hasta donde el matrimonio les acompañó, para tomar un aperitivo.
                El dueño de la casa  les recibió y les hizo pasar a una estancia donde tomaron asiento, casi todos, ya que acudieron en gran número.  Todo comenzó con una entretenida tertulia,  en la que el casero no dejaba de intercalar chistes y anécdotas. Luego le solicitaron al ciego alguna copla, algún cante. Desnudó su sonanta y acometió un romance antiguo, poco divulgado, que le fue muy aplaudido. La señora se levantó para felicitarle y le besó en la mejilla. –Gracias, muchas gracias a todos. El anfitrión le pidió la guitarra, interesándose por su fecha y fabricante.
                 -¿Puedo tocarla?
                -¡Claro, amigo, ahí la tiene!, respondió.
                El hombre tanteó el clavijero, la dejó perfectamente afinada y comenzó a sacarle notas. Pero aquel no era un guitarrista cualquiera. El ciego notó de inmediato, que aquellos dedos, que aquellas manos, estaban dotadas de una sensibilidad especial, mágica, única. No adivinaba aún de qué guitarrista podría tratarse, pero le sonaba a algo que había escuchado en gramófono y se llamaba algo así como ¿gitanería…?. En ese pensamiento andaba cuando la realidad le condujo a una sorpresa aún mayor. La señora se dispuso a hacer un cante, y acompañándose a golpes de nudillo sobre el hule de la mesa, entonó unas peteneras que dejaron helado al invidente. Aquella que cantaba, no podía ser, pero era… La Niña de los Peines. Ya había escuchado a alguien llamarla Pastora. Y el guitarrista, ¡claro! El Niño Ricardo. Y aquella, su casa. Y por supuesto el marido de la señora… Pepe Pinto. Creía que iba a levantarse levitando, pero aquel cante y aquel toque le tenían anclado y bien anclado a la tierra y a los sucesos. ¿Cuándo volvería a estar en semejante compañía?
            Pepe se levantó con una copa en la mano y solicitó silencio.
            Señoras y señores, quiero que sepan ustedes que hoy es doce de Enero, y que es el aniversario de nuestra boda; precisamente uno de los testigos fue Manuel, que tan gentilmente nos ha invitado a esta comida tan exquisita. ¡Un brindis por nuestro matrimonio! Allí, entre vivas y oles, muchos cantes, chistes, risas, arpegios, el ciego de Santa Marina volvió a palpar el barniz de su fiel compañera y la agarraba tan fuerte como quería abrazar el momento. Pero todo pasó tan pronto para él…
                Al despedirse, Pastora volvió a besarle, e intentando que no se diera cuenta, le metió unos billetes en el bolsillo. El quiso devolvérselos, pero Pastora insistió; le prometió a la Niña que los destinaría al cepillo de Santa Lucia. Como se había hecho tarde, le acompañaron hasta su casa. Allí, luego de desnudarse y hacer sus oraciones, se acostó, aunque no podía coger el sueño. Quería dormir a ver si se repetía la quimera; estar con Pastora, oírla cantar, hablarle, disfrutar con los recitados de Pepe, con la sabiduría de Manuel Serrapi, su toque, su genialidad. Pero aquella noche no era noche de dormir.
                Lo hizo al día siguiente, más cansado y aburrido; y durmió muchas noches después. Sucedieron cosas, lluvias, amaneceres, aunque él fijó su pensamiento en aquel doce de enero en que pudo conocer el mundo de los pájaros, sus sensaciones, su vuelo, sus nidos. Aquel día imaginado en el que creyó poder ver y  en que reparó que había dejado de tener sueños.

P.D. Por la transmisión, mi agradecimiento a Don Francisco Pastor Díaz, quien me hizo conocer a este cantaor y sus vivencias.

Y por mi parte, la satisfacción de haber podido apuntar, entre realidad y ficción, sospechas y vanidades, abriendo bien el oído, este relato, aunque es muy difícil crear este tipo de historias  de personas sin vista sin escribir la palabra luz.

Diario ABC Santa Lucía



José Luis Tirado Fernández

viernes, 14 de agosto de 2015

LA VECINA

                La vecina se dispone, remonta las escaleras, se remanga, y echa la ropa tendía en un canasto de caña, recoge los alfileres -señalaítos los tiene con el cuño de su marca-, baja de nuevo a su patio donde fechas olvidadas la acechan por los postigos con la memoria por arma. Invocan la juventud de pasiones inmediatas, cuando la sangre era un río y el mar la calle y la plaza, cuando lo nuevo era luz y oscuras las telarañas y sembraba los suspiros por arriates y zanjas.
                Sagrario de los lebrillos, altar de la ropa blanca, pasa  por el lavadero, donde las vecinas charlan y sobrellevan la envidia que la vecina les causa viendo el son de sus caderas con el compás de su falda. No repara en el vecino que mira tras la ventana –tienen ojos los visillos, y a veces miran y matan-, ni le importan los descaros sobre la flor de su estampa, porque ella está más pendiente de estrellas que de miradas y contempla las veletas cuando giran, cuando callan, cuando bailan con la lluvia y cuando resecas graznan; brotes de su pensamiento abren sus velas y zarpan sobre las olas desnudas de su río, mar de plata, se peinan junto a la torre y se adornan en Bonanza.
                Entonándose por tangos, con versos de telegrama, reconstruye en los carbones la tibieza de la plancha, al eco de aquellos cantes, delirio de noches largas y al pliegue de los volantes las risas de las muchachas que hurtaban a sus cinturas el secreto de su danza. En el cajón de la cómoda hiende praderas sagradas entre ramas de romero y mansas letras bordadas sobre la humildad del paño de camisones y batas.
                Entonces destapa el cofre que encierra peinas de nácar y un ejército de horquillas vestidas de piedras falsas,  que le saben a domingo y a tardes de caminata, entre pañuelos de encaje y velos de tardes santas, sermón de un cura gitano que predicaba en Santana.
                Cuando en las tardes de invierno Febo entrega la cuchara, lleva al rincón de olvido la herida de su nostalgia para que allí se la coman los dragones de la parca, pone al desnudo los llantos, los deja sobre una barca que no navegará nunca las mareas de sus lágrimas porque lleva rumbo fijo: la soledad de su alma.

SOLEDAD Fotografía de Emilio Beauchy (Biblioteca Nacional de España)


José Luis Tirado Fernández

sábado, 25 de julio de 2015

EL EMBUSTERO

La intención de este blog, a pesar de no haber sido creado para identificar, definir o criticar cantes, baile ni toques, sí pasa por aportar a los interesados en cuestiones de modos y costumbres cuantos conocimientos se han cruzado por mis experiencias personales.

El embustero.
En la repentización musical, el intérprete va leyendo por primera vez el pentagrama y va tocando o cantando la pieza. En el flamenco, a pesar de haber incorporado muchos músicos que saben solfeo, en la mayor parte de los casos, y he de ahí su encanto, el intérprete transporta la melodía directamente de su cerebro al instrumento o la garganta, con elementos aprendidos a base de  escucharlos y repetirlos.
En la guitarra, hay gente de academia que toca limpio, claro y bonito, pero sin alma, aunque conozco excepciones muy honrosas, en las cuales se acumula la técnica adquirida en esos centros y la sensibilidad del artista. Los tocaores callejeros son otra cosa; a lo mejor no pisan apropiadamente, o su técnica no es excelente, pero lo que sale de sus sonantas es distinto y sabe bien. Cada vez que tocan un mismo tema lo hacen de una manera diferente, no repiten las mismas notas, ahí hay alma, humanidad. Son capaces de adaptarse a cada momento. He visto a Raimundo afinar una cuerda mientras tocaba. A la hora de acompañar al cante, esperan. Son sibilinos, no se dejan llevar por academicismos ni imposiciones.
            El cantaor canta, ellos acompañan, es así de simple; cuando tocan para deleitar, se proyectan a sí mismos en sus notas, se sienten libres. Aunque sea difícil de explicar, nunca lo hacen de la misma manera, jamás tocan una por una todas las notas, aunque interpreten lo mismo. Lo de callejeros viene porque han aprendido en la calle, del amigo, de la familia. El término es muy usado entre los flamencos.
En el cante, hay gente que define tan perfectamente, que son sospechosos de lo mismo. Mucha técnica, mucha repetición, pero cada vez que lo hacen es igual a lo anterior. Su maestro, en ocasiones grandes cantaores que se han prestado a ello, les enseña el palo. Les corrige, vuelven a repetirlo, vuelven a corregir… hasta que sale. ¿Sale?
En contraposición, está el cantaor de duende. Es el caso de Manuel Torre, cantaor jerezano afincado en Sevilla, del que se cuenta que a veces estaba para matarlo, y que en alguna ocasión quisieron meterle en la cárcel, posiblemente por defraudar al público, como contaba Pepe el de la Matrona, quien fue testigo de una de esas noches en la que Manuel Torre había estado pa´matarlo; cuando se acabó la función y ya casi amaneciendo salieron a una terraza a tomar un café. Entonces Manuel Torre se volvió al guitarrista: “Oye, coge la bajañí que ahora voy a cantar dos veces, que me ha cogío bien” y cantó... cantó tres siguiriyas que el suelo temblaba. Dice Pepe el de la Matrona: Yo no he visto otra cosa igual, lo tengo metío en la cabeza y no se me olvida, no se me puede olvidar.
¿Qué fuerza misteriosa  dominaba a Manuel y a todos a cuantos acude el duende?
¿Prefieren ustedes a un cantaor cabal o a uno que nunca se sabe lo que va hacer?  ¿Pura  técnica o sentimiento?
 Yo me quedo con el duende. Prefiero fracasar mil veces y tocar una sola vez el cielo con las manos, ser testigo de la revelación de la voz de la gloria que acude a la tierra, donde la acune un cantaor de duende.

De estos últimos, de los cantaores de duende, podemos, dentro de la diversidad de caracteres y particularidades de cada uno, temperamento, bohemia, intuición, destacar a aquellos que tienen poca capacidad de retener letras o tonás. El genio, sale de todas las situaciones. Cuando no recuerda la toná la inventa, cuando se le olvida la letra, la improvisa. Puede  tratarse, por tanto de poetas repentistas, como aquellos, cultivadores del arte de versificar al momento, que organizan fiestas campesinas en Cuba. Comen beben, e improvisan décimas. Los nuestros comen, beben y cantan lo que les da la gana. Hay pocos. Son conocidos por los flamencos como embusteros. Y no es un agravio.

martes, 14 de julio de 2015

MÁS LETRAS DE SOLEÁ





Los aires llevan pañuelos,
pero nunca les preguntes
de qué cordel  los cogieron.

 ***
Mis dolores son veniales,
que en bebiendo y en comiendo
se me quitan tó los males.

 ***

Lástima del instrumento
que tiene la piel dorada
pero el ánima de viento.

***

Viene siendo tradición
que la serpiente se enfade
viendo volar al halcón.

***

A la luna le pido
que suenen cuando yo diga
las campanas del olvido.



José Luis Tirado Fernández




sábado, 27 de junio de 2015

EL HEREJIA EN TRES DIMENSIONES

                No pretendo con este artículo intentar una biografía de José Moreno Moreno, “El Herejía”. Eso supondría un arduo trabajo de recopilación histórica, discográfica, audiovisual y testimonial que ocuparía un tiempo del que no dispongo. No obstante, para ensalzar su figura, como hombre y padre de familia, como artista y como abanderado de su barrio, el nuestro, Triana, del que nunca anduvo lejos a pesar de verse obligado por la diáspora de los sesenta y setenta a residir en un piso del extrarradio, gitano puro y receptor ancestral de los cantes de la cava, creador y genio de los palos festeros en el cante y en el baile, acometo este trabajo movido por el gran cariño que siempre le he profesado, y que también él me retornaba y que tantas veces me demostró.
                Para ello, intentaré en tres trancos bien definidos y distintos la semblanza de este personaje único, aportando en primer lugar la visión de Triana pura, pura y pura que él tenía y que un día, sentados en su salón, me transmitió detalladamente. En segundo lugar, una entrevista que mi gran amigo Antonio Martín Lorenzo, otro trianero militante, brillante escritor e investigador y que trabaja en la radio, le hizo dos o tres semanas antes de su muerte. Para terminar, unas ilustraciones gráficas, audiovisuales y literarias sobre su vida, obra y legado.

 ¿Por qué Triana?

                Uno recuerda, de pequeño, las ruinosas fachadas, los apulgarados tejados, cubiertos en primavera  de amarillos jaramagos, el interior de los templos, lóbregos, húmedos, sus cuadros, a veces obras de Murillo, Zurbarán, Herrera, oscurecidos por el tiempo, irreconocibles e indescifrables.
                Uno recuerda, de pequeño, las tabernas, sus camareros con la tiza tras la oreja, sus urinarios apestosos, su serrín, sus escupideras, sus carteles de “se prohíbe el cante”, y… sus cantes. Auténtica y genuina Universidad del flamenco, donde se iba no sólo a beber, sino a conocer, a distinguir, a apreciar. ¿Qué sería hoy del flamenco sin las tabernas de Triana? ¿Qué sería hoy del flamenco sin la fuente?
                En el Morapio se daba más flamenco que en cien bienales. Allí dejaron lo mejor de sus cantes los míticos, los grandes. En las tabernas se convivía, se adoctrinaba, se sentaba cátedra de cómo vivir el flamenco.
                Uno recuerda de pequeño, el resplandor de la candelá en el patio, y el rescoldo que llevaba a casa el calor de la amistad, de la solidaridad, del sentido humano y sentimental del vecindario, hoy perdido y desperdigado por San Pablo, el Polígono Norte, las Tres mil, donde miles de trianeros añoran su barrio y darían todo lo que tienen por volver a su barrio, hoy convertido en una de las zonas residenciales con el metro cuadrado más caro de Europa. La mayoría de los trianeros no vive en Triana,  por razones, como digo, de tipo económico, aunque algunos tienen la suerte de seguir morando las casas donde nacieron.

Ay, Cava de los civiles,
Ay, cava de los calés,
Ya no es la cuna del arte
Ni sombra de lo que fue.

¿Cuna del arte?
Es una calle cualquiera,
Camino de cualquier parte



                Los trianeros se fueron a los barrios periféricos con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón y se llevaron todo su arte a aquellos barrios. Pero allí no tenían patio ni corral, ni lavaderos, ni cogían agua del pilón, ni encendían fuego las noches de invierno ni tomaban el fresco en la azotea las noches de verano, ni compartían el pan y la sal, ni convivían los unos con los otros como en Triana. Se encerraron en sus pisos a ver la televisión, allí tenían agua corriente, un brasero eléctrico, un ventilador y una nevera.
¡Y el arte!; seguían teniendo todo el arte; así que, sólo era cuestión de reencontrarse. ¿Cómo?
                Al principio de los ochenta, una mujer que desgraciadamente no está entre nosotros, cuyo nombre era Gloria Moreno, “Filigrana”, dedicó su tiempo a localizar en su destierro, convencer, llamar, reclutar, a todos aquellos trianeros que se distinguieron por su arte, no ya de manera profesional, sino como siempre hicieron, cantar y bailar, contar chascarrillos, divertirse, convivir.
                Así, luchando por la idea y en colaboración con José Luis Ortiz Nuevo, a la sazón concejal de cultura del ayuntamiento de Sevilla, quien consiguió en una brillante gestión el Lope de Vega para, en 1982, organizar un gran espectáculo, quisieron dar a conocer a Sevilla, a España y a la humanidad cómo era la gente que habitaba aquellos corrales legendarios, aquellas vecindades de un tiempo que se fue. Conservo en mi archivo el video del evento, como un tesoro de la gloria de Triana; el productor del mismo fue en ese caso, otro gigante de los medios audiovisuales, Ricardo Pachón, el mismo que produjo el disco de Camarón “La leyenda del tiempo”, a mi criterio, el giro fundamental que convirtió al isleño en el mito que hoy es.
                Allí, en la bombonera de la Exposición iberoamericana, se consiguió demostrar que Triana no estaba muerta, que vivía en todos aquellos que habían tenido la gracia divina de bautizarse en Santana, la O, el Patrocinio, aunque vivieran en las afueras.
                Pusieron el listón tan alto como sólo ellos podían hacerlo, el Titi, Curro el Juto, Tragapanes, la Calzona, el Pati, Pastora, Coco, la Perla, José Lérida. Juan Lérida, Loli Leiría, Paco Vega, el Potaje, Juan el Breva, Carmen Cachero, Tío Juani, La Salu, Antonio el Cordobés, Carmen la Pillina, y algún otro que se me escapa, y que, juntos, tuvieron su ratito de gloria, teniendo como artistas invitados a Lole y Manuel, quienes, trianeros como ellos, vinieron, estando en la cresta de la ola para darles su aliento.
                Aquello fue una apoteosis del arte. Les llamaron Triana Pura y pura. Luego vinieron actuaciones esporádicas, siguieron en contacto, hasta que más de quince años después, y siendo más reducido el número de componentes, alcanzaron el éxito más impresionante que se pueda recordar en España, con el disco de Triana al cielo. La tristemente desaparecida Esperanza la del Maera, con el sigiloso encanto de su voz de niña marinera, con el “Probe migué” rompía la barrera que separa el arte de Triana de los circuitos comerciales, colocando la pica allí donde nadie la hubiera imaginado, en discotecas, listas de superventas, hit parades, grandes éxitos, giras, galas, recepciones….  y el nombre de nuestro barrio, por delante: Triana…    pura.
                Aquí lucía La Perla en bulerías y fandangos, por tangos, sublime Curro, también hoy desaparecido y a quien Dios guarde en su gloria, solearero de jondo porte Coco, lágrimas negras nos dejaba Pastora, con su voz antigua y dorada…
                Y como líder natural del grupo, un hombre, trianero puro, gitano puro, hijo de Concepción, la que mejor ha cantado en la cava por bulerías, recreador de las chuflillas de Triana, un cante de ascendencia gaditana, genuinamente de juerga, que él nos ha legado, y que tiene en su haber la satisfacción y el orgullo de haber compartido juergas con Vallejo, Caracol, Mairena, casi ná…, referente claro de los tangos de Triana, José Moreno Moreno, a quien conocemos en Triana por el Herejía.


ENTREVISTA


EL HEREJÍA

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JOSÉ MORENO MORENO

ARTISTA FLAMENCO DE TRIANA

SEVILLA, 1937



Quedamos con José "El Herejía", gracias a la ayuda de su sobrino José Luis Tirado, y por supuesto, de su hija Salud, quien nos dio todo tipo de facilidades para poder realizar la entrevista.

El antiguo componente de "Triana Pura", reside en la actualidad en una residencia para la tercera edad muy cerquita de lo que antes Fué el cuartel de San Fernando.

Llegamos a la hora de las visitas, y nos encontramos a José, en una de las salas de espera que tiene el centro, e inmediatamente y de forma muy amable, se puso a nuestra entera disposición.


Con EL HEREJIA, 2 o 3 semanas antes de su muerte, en la clínica donde estaba internado.


Nací en el número 4 de la calle Evangelista, la antigua calle San Juán; y después me fui a vivir a 11, donde precisamente vivía la familia Montoya; allí vivimos con Los Montoyas, 20 años.

Qué maravilla de vida en esos corrales antiguos de Triana. Nos daban las tantas de la mañana cuando nos metíamos en fiesta, y la verdad, es que no nos hacía falta gran cosa; con un potaje de chícharos nos poníamos todos morados, y no veas lo bien que lo pasábamos.

Aquella vida, no tiene nada que ver con la de ahora en los pisos. Y además se te hacía falta algo, todo el mundo te ayudaba.

Lo de Herejía me lo pusieron de niño, porque dicen que era muy travieso.

 Este es el famoso salto del Herejía. Me regaló esta foto y con el mismo cariño hoy la publico en su memoria. Se trata de un salto hacia atrás, algo complicado de explicar y que algunos estudiosos dl baile interpretan a su manera. En mi opinión, está fuera de toda ortodoxia académica.


Yo bailaba ya desde chiquetito, aunque no de forma profesional. Me llamaban mucho los señores para las fiestas, porque yo cantaba muy gracioso, y bailaba; así que desde los 11 años, ya empecé a ganar dinero con los señores. Uno, que era don Salvador Guardiola, me llamaba incluso 2 o 3 veces por semana, y me quería como a un hijo, y me llevaba a todos los sitios.

Yo, la verdad, me iba a jugar todos los días con los chiquillos, y cuando menos me esperaba, iba don Salvador a buscarme a mi casa para que me fuera con él.

Después me metió en el Guajiro, y como el pase terminaba temprano entonces, pues de allí nos íbamos a Citroen. Recuerdo que yo me llevaba de guitarrista al hermano de Melchor de Marchena, a Antonio, y que después de Citroen, nos íbamos a cenar a una terraza que había por la Cruz Campo, y cuando terminábamos, nos marchábamos para  "Las 7 Puertas", hasta que nos hartábamos, y ya venía a por nosotros su chófer, y nos llevaba a un bar de la Puerta Jerez.

Además de Guardiola, he estado con Pareja Obregón, con Pepe Marchena, El Algabeño, Manolo Caracol, Antonio Mairena, Manuel Vallejo, El Sevillano..., con toda esa gente, he cantado yo.

Recuerdo, que a Mairena, lo conocí en una caseta de Feria que puso Pepe El Gitanillo, el hermano de Rafael Vega de los Reyes, y allí le canté yo, con mi hermano Curro, El Yoni y Rafael el Negro. Ahí Fué donde conocí a Mairena, y se quedó encantado con nosotros.

Otra noche, estuve con el torero Sánchez Mejías, en la Venta Marcelino, y estuvimos toda la noche allí cantando, y como no llevaba dinero para pagarnos, al final nos citó en el bar Pinto al día siguiente a las 5 de la tarde. Llegamos, tomamos café, y cuando llegó, le dice a Pinto, "Pago una caja entera de whisky, pero con la condición de que Pastora venga, y que escuche aquí a mis amigos".
Estábamos Chiquetete, Manuel Molina, El Flores, y yo. Y Pastora, se quedó encantada, y decía que ¿cómo es posible que estas criaturas estén por la calle con el arte que tienen en lo alto?.

Y antes de "Triana Pura", hemos estado trabajando por toda Andalucía, y por Madrid, haciendo "turné". Y el grupo de "Triana Pura", se debe a una prima del Juani, que tenía mucha amistad con Ortiz Nuevo, y consiguió reunirnos a todos, le concedieron 200.000 pesetas a fondo perdido y además, el poder disponer del Teatro Lope de Vega para el espectáculo. Y la verdad es que el resultado Fué un escándalo; un éxito bárbaro.



De cosas graciosas que me hayan pasado te puedo contar muchas, pero vamos me viene a la cabeza una vez que con el grupo "Triana Pura", actuábamos en Bilbao, y cogimos aquí en Sevilla un avión hasta Madrid, y luego allí otro para Bilbao. El tiempo estaba muy malo y el avión hasta Madrid se movía un poquillo, pero el que cogimos para Bilbao, se movía más todavía; y no veas La Perla el miedo que tenía,

Es muy miedosa. Y me dice: "José. Cómo es que se mueve tanto el avión". Y le digo: "Porque el piloto, no sabe más que abrir la ventanilla para escupir", y dice "Pues ahora cuando lleguemos a Bilbao se va a enterar éste, le voy a decir que no abra más la ventanilla para escupir, coño, que se traiga una escupidera". Me acuerdo que en ese viaje iban también con nosotros Chano Lobato, y el Chato de la Isla.

Yo lo he pasado muy bien, lo he pasado de maravilla, y una de las personas que más dinero me ha dado a ganar, ha sido José María González de Caldas, que conmigo siempre ha sido "un pedazo" de señor.

A mí me ha llegado a dar a ganar al año, un millón de pesetas, de aquella época, y además me tenía trabajando con él; pero cada vez que hacía falta, me decía que me fuese para el Cortijo, uno que tiene entre Bollullos y Sanlúcar la Mayor, y allí nos poníamos ciegos de comer y de beber.
  
  

ANTONIO MARTÍN LORENZO

  

                Nació en los pares de Evangelista, aunque pronto se mudó la familia a la acera de enfrente, al 11, donde él evocaba la recogida de las carretas del Rocío cuando las almacenaban hasta el año siguiente, así como el ambiente de sano júbilo y arte que se respiraba las noches de patio en un sitio donde convivió con grandes artistas, epicentro del desarrollo estructural que sufrió el flamenco cuando empezaron a eclipsar los punteros y la necesidad de primeras figuras comenzó a tirar de trianeros que ya habían trasladado, por necesidad, sus hogares a barrios periféricos. Pero fue allí donde se fraguó –nunca mejor dicho- todo.
                José vivió su historia de amor y terminó casándose con Salud, una íntima amiga de mi madre que habitaba en la casa de los palos, y allí pusieron su primer nido de amor, en la misma casa que habitaba Joaquín el Titi. Cuando llegó el éxodo, se fueron a un piso en la Avda. San Juan de la Cruz, donde residieron hasta su muerte.



En esta foto de los cincuenta, están José, Salud, en primer lugar, y al final, mi madre, Manuela, y mi padre, José. La gitanita del centro es mi tía Reyes, esposa de mi difunto tío Miguel.

                Tuvieron cinco hijos: Salud, Concepción, José, Elisa y Eduardo, a los que hace mucho, demasiado tiempo que no veo. Todos fueron amantísimos hijos, tanto de José como de Salud, y su apego y devoción por sus padres, hasta el final, podrían servir de ejemplo en nuestros días. José les hizo crecer en amor y bondad, pues siempre fue un hombre trabajador como el que más, que pasó de trabajar en las minas alemanas a buscarse la vida de nuevo en Sevilla, en las minas del pan duro que suponen los trabajos esporádicos alternados con alguna que otra fiesta. La honradez no da para más; lo mismo le echaba un cable a mi padre cuando sabía que su situación no era buena, que aguantaba su vela cuando le tocaba. Pero cuando llamaba amigo a alguien, eso era cierto.

 Una foto imposible, Herejía, bético confeso y militante, junto a Don Federico Pérez Estudillo, capellán del Sevilla F.C., el cura que declaraba: Rezar por los béticos es superior a mis fuerzas. Me resulta imposible hacerlo. 
 Para que se hagan una idea, pueden leer este articulo de Holgado Mejías. Impagable:

Como una última perla, les ofrezco este video subtitulado tomado por mi padre en una fiesta familiar, donde Herejía hace derroche de su arte:








José Luis Tirado Fernández



martes, 23 de junio de 2015

TESTIMONIO GRÁFICO: MANUEL LOZANO


                Era Barbero y pelaba y afeitaba a domicilio en Bellavista, en los años sesenta y setenta. Era originario de Montellano, y entre tijeras y cuchillas, daba clases de guitarra a los chavales del barrio por un módico precio. Uno de sus más aventajados alumnos y a quien dio sus primeras nociones, es Daniel Navarro Cruz "Niño de Pura", del que les dejo una muestra.


                En la siguiente foto están mi madre, mi padre, a la guitarra, mi tía Carmen, mi tío Paco, el yerno de Manuel, magnífica persona, malogrado en un accidente de trabajo, y él mismo, muy animado.


                Sirva esta entrada como homenaje a un hombre honrado, artista, gran conversador e incansable buscavidas. Maestro.



José Luis Tirado Fernández


miércoles, 17 de junio de 2015

URGENCIAS DEL VIRGEN MACARENA

            Me resisto a ir. Todos nos resistimos; pero a veces el dolor que te retuerce las tripas y te dobla como un pestiño te conduce, a veces demasiado a menudo, a sus fauces. Es curioso, allí hay cola para entrar. Este reino de Hades automatiza tus pasos y te dirige. Tú no tienes nada que aportar, sólo hacer lo que te dicen los de las batas blancas, los de las batas verdes. Temes que Caronte te ande esperando por allí detrás, por alguno de sus recovecos, y entonces buscas por entre los bolsillos y las dobleces de tu martirio el óbolo que te ofrezca el salvoconducto a la otra orilla. En esos pensamientos, te dice el altavoz que te requieren desde un despacho, donde un interrogatorio precede a otro, acompañado de un manoseo, necesario, según los responsables de acabar con tu sufrimiento, protocolizado según ley para que nada falle… ¿nada? Si sigue leyendo este relato lo entenderá.
            Vías, pinchazos, rayos, más preguntas, muchas preguntas, para terminar en otro reservado, donde ya no están las dos jóvenes que antes te atendieron, sino una mal encarada madura que instruye a una joven y le explica que mi visita es innecesaria, puesto que los resultados no aportan signos de gravedad. Encima, con el alivio de sus botes y bolsas de líquido blanco, uno se cree el mayor tonto del mundo porque esto no es nada. ¿Para qué habré perdido aquí siete horas, siete, -se habían quedado sin ordenadores-  por mi tonta hipocondría? Me voy.
            La segunda, más corta en el crono, con aquel calvario habitado de asientos y camillas, aunque menos poblado en esta ocasión, vino a ser una continuación cíclica de la primera, y aún me pareció no sólo adivinar al barquero embozado en las sábanas del Sas, sino presentir tras cada puerta que abrían o cerraban, el sonido de la corriente del Aqueronte. Mismas preguntas, mismas pruebas, mismos resultados, y a sufrir, otra vez, a casita.
            Fue la insoportable necesidad de descansar, de respirar, de sentirme un ser humano, la que forzó la tercera. Otro interrogatorio inacabable y torturador, necio y cansino y que acepté como la única forma de aferrarme a esta orilla, de seguir luchando, pero ya las preguntas te pesan, te atosigan, te marean, en tanto tu dolor se empeña en acompañarte cruelmente a todos sitios como la sombra malévola que te lastra y te desacredita en el espejo.
            Pero allí no todo es malo; ángeles que disimulan sus alas bajo las batas de enfermera o celadora, se camuflan entre los hijos de este reino, y alguna que otra honradísima buena persona tiene que practicar la bondad clandestina sobrenadando el plasma de este ambiente. A quienes no se ven por allí como “clientes” son los parlamentarios de las Cinco Llagas, ni a ningún concejal, recién electos todos ellos, y seguro estoy que nuestra Presidenta no va a venir a parir precisamente aquí. Ellos se pagan con este sufrimiento nuestro sus privados.
            Estoy vivo porque una de estas almas bondadosas se apiadó de mi quebranto –¿tres veces, maestro, tres veces?- y me solicitó una ecografía, donde se apreciaba el tamaño de mi vesícula, la gangrena apoderándose de ella y diversos materiales de construcción alojados en su interior. En la siguiente ocasión fui llamado por dos cirujanos, que, sonrientes, me animaban. No pasa nada, no pasa nada. La barca seguía su ignominioso trasvase de ánimas a la otra orilla; los fieros ladridos del Can Cerbero podían oírse nitidamente. Yo tuve la suerte de no conocerle.
¡Ay desdichados que pisáis aquella orilla, esos inframundos situados debajo de la tierra, rogad por vuestras almas!


José Luis Tirado Fernández

sábado, 6 de junio de 2015

ASÍ DEBIÓ SER


                María, Josefa o Concepción debieron cantar de esa forma; esa voz, esa forma de apretar, de clavarse las uñas en sus propias carnes para hilar la hebra pura de la seda de la cava, ese exigir a la garganta la belleza de lo imposible, ese separar la paja de lo vulgar del grano de lo sublime, tuvo necesariamente que ver algo con ellas. Mucho se ha escrito, se ha conjeturado con la garganta y la voz del Fillo, un canalón oscuro, áspero e impenetrable de donde salían truenos que asustaban a la chiquillería. Pero quién ha dedicado un milímetro de tinta a presentir, a imaginar cómo cantarían ellas, las cantaoras de Triana que no dejaron registros sonoros. Yo creo haber estado esta noche escuchándolas a todas ellas. Y sé cómo cantaban. Ahora sí.
                Hay muchas cantaoras, que clavan la pica de lo correcto, que usan –aprovechan- las voces de privilegio que Dios les manda, y que adoban con unos adornos melismáticos robados a los cuarenta para encandilar a una audiencia que también paga lo correcto y consume lo correcto. Pero a mí me gustan las transgresiones, y tengo la impresión de haber asistido a una.
                La entidad de lo que ella canta es muy difícil, ese tesoro está tan jondo en el pozo que parece inalcanzable, pero Herminia tiene una soga larga y nos lo ofrece cada vez que se acerca al brocal. Tiene una amistad antigua y constante con el cante, aunque su cuerpo de balanza íntima le ofrece la posibilidad de movimientos refinados y voluptuosos.
                Deja trabajar a su madurez por toná, debla y martinete, en tanto  invoca a la candidez de su juventud aún presente para flautar por malagueña y dejar por bajo la bella rozadura de su voz.  Se embarca en las cantiñas y aprovecha que pasa en ese instante una estrella fugaz para marcharse con ella. Allí, sobre su estela, se columpia mientras da un duro al barquero y los presentes reparan que sobre el museo de cerámica de Triana no hay ningún firmamento. Es el mundo de Herminia.
                En las bulerías, marcaba con el tacón y Antonio Moya no se perdía una; quién renunciaría a ese festín de compás, al que además, a las palmas, asistía su mujer Mari Peña, cantaora utrerana y buena festera.
                A la misma hora, un despliegue policial en la Cartuja, organizaba el acceso de miles de personas a un evento de otro artista, más multitudinario, más mediático, más comercial. Allí estuvimos los justos. En el jardín de Venus, entran sólo los elegidos. Allí las multitudes molestan, estropean el césped y maltratan las flores.


José Luis Tirado Fernández


miércoles, 3 de junio de 2015

FLAMENCO SHOW



Es  una tarde febril de la pubertad de junio, se asusta la carne al salir de casa y se echan de menos los charcos. Calor, y de la buena, de la que presumimos –maldecimos- los sevillanos. Hay un atasco en la Ronda de Capuchinos, pero no tiene sentido. Ni es la hora ni el día, y sin embargo, el tráfico se vuelve ceremonioso, cansino. Algo más de una docena de autocares repletos de turistas –quiero decir japoneses- insisten en arrimarse a la derecha según se pasa el bar Trinidad. Asustan a los pájaros de los jardines del Valle, descargan, y se van. ¿Qué harán, me pregunto, para satisfacer esa hambre flamenca que traen estos nipones? Nunca he entrado en uno de esos centros del pastiche. Todo lo más, en un tablao, pero me supongo que está un poco lejos de lo que aquí se ofrece. ¿Harán un “japonesas al clavel” para ofrecerles a continuación una sangría y un trozo de tortilla y ponerles a ver el espectáculo? A saber. Supongo que algunos puntos de incidencia generará para darle un bocado a la tasa de paro y que nuestro amado presidente pueda salir con la cabeza alta a decirnos que la economía, a pesar de todo, de él mismo, ha crecido. 

Otro centro de pastiche artístico-cultural, en Martín Villa, un restaurante llamado “Volapié”, ofrece en su cartelería, amplia, profusa: Hoy, a las 21.00 Flamenco Show. Creo que se trata de una franquicia. Bueno. Más adelante, la casa de la memoria, ésta más amplia, más formal. Flamenco Show.
Algunos flamencos agradecerán esos puestos de trabajo, y algunos camareros, y algún recepcionista... y bueno va, que canso. He pensado que también, puestos a especular, quizá rifen un traje de flamenca entre los asistentes. En los ochenta, mi madre le regaló uno a Déborah, la mujer de mi amigo Pepe. Lo usaba como traje de noche. Y es que Nueva York es mucho Nueva York. Pero en Japón, hoy, hay más trajes de flamencas que teléfonos móviles y más academias de baile que en España. Me han hablado de cien sólo en Tokyo.
Por quince pavos, me doy el gusto de acudir al Quintero a la presentación del disco de José Valencia. Por lo anteriormente expuesto, me siento un privilegiado. ¿Cuánto le habrá costado a un japonés su plaza en uno de estos flamenco show? La memoria. La mía viaja y vuela a la calle Troya, a una tabernita alargada con dos puertas, antes de llegar al arquillo según se va hacia Betis a la derecha. Allí olía a vino blanco, y a orines, y de vez en cuando salía un parroquiano a escupir. Allí, sentado en un banquillo de madera de los de borriquete, descansaba algún viejo, rascando su mechero de yesca para encender un pitillo. Allí. Allí asomaba mis oidos, y volvían cargado de cantes arcaicos, solemnes, densos. Allí. Flamenco show.
Pido asiento alto y centrado, y me lo dan. Desde allí se ve más, se oye mejor. El aspecto de José es el de un divo del bel canto. Y, efectivamente, su voz se asemeja cuando aprieta a la de los divos. Pero canta flamenco, y muy bien. Fue giraldillo del cante en la bienal. Tiene gran oido, capacidad de salida y melismatiza -¿se dice así, señores flamenc...?- bien. Me ha gustado. No obstante, soy del precepto caracolero, ya saben... pellizco chico, caricia honda... pero cuando un cantaor canta por bajo, Manuel Cerrejón dice que por alto canta cualquiera, sirva el apunte, se agradece. Y lo que José ha hecho por bajo –sobre todo en las cantiñas- me ha gustado. Así que me apunto a  este cantaor en mis favoritos.


¿Y a qué he venido?



  A ganar la luz, como León Felipe. Ahora escondo yo el miedo y la vergüenza y declaro desierto el concurso. Y la luz aparece vestida de negro, con un delantal salpicado de estrellas redondas y un tocado que aborda el  fin de este siglo. ¿quién te peina, primor, dime, hermosa, quién te peina? Enfila la oscuridad y ocupa todo el espacio. Ahora, ya no hay cante, ni guitarra, ni palmeros. En esa luz, sólo existe ella, y en un forcejeo con la envidia, me sobrepongo al deseo de ir, de hablarle, de decirle, de cantarle. Se envuelve en la melodía del tango, y pone las caderas donde no las pone nadie. Sus brazos, aspas de molinos que derriban el deseo y edifican fuegos. Ahora no hay nada, ni cantaor, ni tango, ni nada, porque ella lo es todo. Hasta la luz. Y yo, aquí, tan diminuto, tan lejos, tan cerca, pido a la providencia ser siquiera polvo de su suelo, o tabla que pisa para recoger la peina desprendida de su pelo. Ahora todo ha acabado. Soy el títere que falta en el guiñol del destino, un hombre atormentado que no sabe si el mañana se esconde en lo vivido. 



Y me voy. Lo olvidaré mañana, cuando aclimate mis pupilas a otra luz, donde no estará ella. Mientras, seguiré rondando las calles, hasta dar con la tabernilla que está antes del arquillo, aunque me tenga que acostumbrar a entrar en esos templos del arte, donde ofrecen el flamenco show.



Pasen, señores, pasen.


José Luis Tirado Fernández