El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

lunes, 29 de octubre de 2012

MI HOMENAJE A MANUEL PAREJA OBREGÓN


Dedicado a Manuel Pareja Obregón

… pero como tú, ninguno.

 

I

Sevilla tiene una cosa

que solo tiene Sevilla,

la flor de la buganvilla

que sube por sus puntales,

la risa de los chavales

y la mujer de mantilla.

Y tiene además Sevilla

en la mismísima orilla

la Maestranza,  su clamor,

y el muelle de Nueva York,

que también es de Sevilla.

Y al vestir de nazarena,

música de muñidor

que conmueve cuando suena

los centros de su dolor.

II

Sevilla tiene una cosa

que solo tiene Sevilla,

susurro de tonadilla,

la musa de los poetas,

el bordón y la falseta

el rasgueo y la cejilla.

Y tiene además Sevilla

bañada de manzanilla

una fiesta de colores

y las gitanas con flores

que también son de Sevilla.

Y  es que Sevilla en abril

pinta sobre pañoletas

volutas rojas y añil

del frontón de sus casetas.

 

III

 

Sevilla tiene una cosa

que solo tiene Sevilla,

y en infantil seguidilla,

la ternura y los detalles

en navidad por sus calles

al son de la campanilla.

Y tiene además Sevilla

debajo de su toquilla

purísima y  blanca luz,

las hermanas de la cruz,

que también son de Sevilla.

Y Sor Ángela se asoma

al zaguán de su convento

cuando salen las palomas

a aliviar los sufrimientos.

 

IV

Sevilla tiene una cosa

que solo tiene Sevilla,

expirando en la otra orilla,

muere al amor de Triana

con su imagen sobrehumana

el Cachorro en su capilla.

Y tiene además Sevilla

también en calle Castilla

una O color moreno

y a Jesús el nazareno,

que también son de Sevilla.

Y cautiva en su belleza,

y afligida en su dolor,

tiene en la calle Pureza

la Esperanza de su amor.

 

Estos poemas son de mi autoría, sobre el esquema de las sevillanas “Que también es de Sevilla”, de mi admirado Manuel Pareja Obregón.

 
 José Luis Tirado Fernández

domingo, 28 de octubre de 2012

PEDRO RICARDO MIÑO Y ANOUSHA SHANKAR


         De Pedro Ricardo Miño queda poco por decir, no soy yo el más indicado, sólo que es hijo de Ricardo Miño, el gran guitarrista trianero, y de Pepa Montes, la bailaora. Sirva esta entrada para dejar constancia de la calidad de nuestro flamenco actual, capaz de doblegar exigencias musicales allí donde se presenta, tanto como de su intérpretes, su sentimiento, su técnica y su esfuerzo. En este video pueden ustedes aprovechar tres minutos de autentico lujo.
         Y apreciar de paso la forma de tocar el sitar de  Anoushka Shankar, hija del famoso y recordado, por su amistad con George Harrison de los Beatles, Ravi Skankar. También, la "dificultad" que tiene para seguir el compás de la bulería. ¡Anda que no! Gitana, gitana.
        Siempre me ha parecido un instrumento complicado; aquí en España lo popularizó el trianero Gualberto, y al inconveniente de su larguísimo mástil debo añadir que su afinación también debe ser complicada, dado el gran número de registros que tiene su clavijero. Me gustaría tocarlo algún día. Mientras, me quedo con este video, creo que merece la pena.



 José Luis Tirado Fernández

martes, 16 de octubre de 2012

TRIANA


Azotea de las delicias

que nuestra infancia cruzó;

mirador de los corrales,

pipas de melón al sol.

 

Quincalla de espejos nuevos

que a los sentidos engaña,

nostalgias que se quedaron

pendientes de la cucaña.

 

Calle del río,

novia de mis inquietudes,

amiga de mis suspiros.

 

Barquitas que por el agua

son como lienzos de azúcar;

nardos que flagela el viento

caminito de Sanlúcar.

 

Y a paso lento

se ven entre los geranios

serenos sus movimientos.

 

Mirada de ojos de niño,

dardos de esperanza blanca,

flecos de los mantoncillos

que asoman por la baranda.

 

¿Qué tiene el puente

que le disputa la torre

la orilla que tiene  enfrente?

 

José Luis Tirado Fernández

 

lunes, 8 de octubre de 2012

SOLEARES DE ALCALÁ


Cupido andaba cortando

las rositas del jardín

y se quedaba escuchando

la soleá de Joaquín.


Las horitas del reloj

nadie las espera, prima

como las espero yo.


La luna blanca en el cielo;

en la venta de platilla

le daba forma al modelo.


Callejuela de San Juan

ni adoquines ni poyetes,

unos vienen y otros van.


José Luis Tirado Fernández

LOS TERCIOS EN EL CANTE


         Para cada entendido del cante, para cada aficionado, los tercios son una cosa distinta. Será por tanto, una reflexión personal y una opinión libre sobre este arte en el que me criaron, el concepto en el que he venido a “istinguí” qué, cómo pueden ser o cómo se disponen los tercios del cante flamenco.

         Encasillar las formas del cante flamenco es tarea de locos, y si alguien ha conseguido alguna vez definir de una manera precisa alguna de sus particularidades, luego ha venido otro a desmentirlo con unas formas nuevas y más formales. Difícil y complicado.

         Lo que he estado leyendo hasta ahora, no me aparta de la idea que tengo  forjada sobre el tema. Por lo general, y en búsquedas intensivas en internet y otros textos en papel, se considera a los tercios como uno de los versos que forman una composición flamenca.

Lo que opinan los investigadores

          Carmen González-Amor Sánchez, una cantaora y ponente en un congreso de investigación del flamenco de la Universidad de Sevilla, y bajo el título “Del verso escrito al tercio cantado: una reflexión sobre la bulería” define los tercios de esta manera:

          La copla o letra flamenca corresponde en su parte literaria a una estrofa métrica, que está compuesta normalmente por dos, tres o cuatro versos; estos, cuando están referidos a la copla cantada, se llaman tercios.”

         Si dos versos pueden quedar encadenados por un “ligao”, entonces, ¿en qué se queda el tercio? ¿serian dos versos?

         También circula la opinión que amplía el concepto de tercio a toda una estrofa; lo deduzco por esta afirmación, contenida también en la página “Didáctica del flamenco”, de la Junta de Andalucía. Dicen los responsables de esta web que las falsetas de la guitarra son “Ejecuciones a la guitarra que efectúa el tocaor para completar los espacios entre los tercios del cante”.  Y lo deduzco porque si el guitarrista tuviera que hacer una a cada verso que remata el cantaor, no tendría falsetas preparadas para tanto parón, y los cantes se harían interminables. Está clara entonces la idea  de la estrofa considerada como tercio, y tampoco coincide con mi intuición.

                  Si alguien sabe de cante, si alguien ha escuchado mas cante que nadie, si ha conocido flamencos, si ha investigado nuestro arte y su historia, ese es Pierre Lefranc. Sin embargo, en este caso, me deja como estaba. En su libro “El cante jondo.  Del territorio a los repertorios: tonás, siguiriyas, soleares", apunta sobre el tema, con tal rigurosidad y esmero como caben a su entendimiento y buen criterio, lo siguiente:

         “El  texto – llamémosle estrofa, letra o copla- constituye el pedestal del cante y proporciona un primer punto de apoyo, pero para la descripción su utilidades desigual. Ora se suceden en orden normal los tres o cuatro versos que lo componen sin que ninguno de ellos se repita, ora unas repeticiones, omisiones de un verso o vueltas para atrás siembran en él una dosis variable de imprevisto, ora es objeto de una suerte de trituración vehemente que lo hace añicos. En ese caso como en otros, topamos con la zona de lo accidental, que una vez superada permite, sin embargo, percibir fenómenos relativamente estables de encuadre recíprocos entre un texto y un cante, es decir entre los versos que componen el texto, el orden y las eventuales sorpresas de su secuencia, la o las pausas y la sucesión de las frases melódicas  que van a ser evocadas. Tal encuadre puede aclarar la fórmula de una familia de cantes o el esquema de un cante particular.

         En cuanto a frases melódicas, demuestra la observación que los cantes del tipo más frecuente descansa siempre sobre dos, tres, rara vez cuatro grandes frases estructurales –con el sentido de enunciados textuales cantados-, que son los pilares olas columnas de soporte del cante, y que pueden aislarse sin artificio ya que están separados por una, dos, a veces tres pausas, en general claramente señaladas. Son esas grandes frases las que hace falta alcanzar, en particular por medio de una indispensable distinción entre las repeticiones que son obligatorias, estructurales y consecutivas de un cante, y los redoblamientos, que son libres –por consiguiente accidentales y del orden de las variables- y que dependen a la vez de la estética y de la expresión del cantaor. Dicha diferenciación acarrea entre otras la constatación siguiente: en los cantes de tipo más frecuente, la cuarta”. Aquí, Lefranc inserta una nota al pie que dice: “De ahí la necesidad absoluta de comparar interpretaciones distintas para aprehender lo que  constituye un cante. Dentro de este enfoque no cabe la palabra “tercio”, puesto que un uso más extenso y más flexible de la palabra ha permitido descubrir hasta ocho llamados “tercios” en un cante. Como esos tercios incluyen tanto las repeticiones (estructurales)  como los redoblamientos (facultativos), la palabra “tercio” deja de ser útil dado que, para que cada descripción quede clara, habría que indicar antes que nada en cuál de esos dos sentidos la palabra se va a utilizar”.

         Así que, fíjate por dónde, después de toda una vida refiriéndonos a los tercios, llega Lefranc y los niega; o al menos propone distinguir cuándo y en qué contexto debe utilizarse. Pero yo le entiendo, o creo entenderle. Es tan corto el amor y es tan largo el olvido, como decía Neruda, que después de haber utilizado el término durante toda la vida, habrá que prepararse para utilizarlo cuando cuadre y nada más. Pero el alma del flamenco no admite encasillamientos, y el amor a mis tradiciones me lleva a seguir utilizándolo, y siempre desde el respeto fundamental que nos debemos los flamencos. Vamos allá.

         No sé de donde recibe el nombre, si por la frecuente costumbre del uso ternario en el flamenco, o por otra razón desconocida; lo cierto es que lo hemos recibido así.

         Para comenzar, lo que el poeta escribe, -a veces se trata de la misma persona-, el cantaor lo transforma en suyo. Quiero decir que ni el texto será el mismo en el papel que en la voz de quien lo hace, ni el ritmo literario será respetado en todos los casos. Cuántas y cuántas letras del flamenco antiguo, heredadas de la tradición oral familiar o popular, no se ajustan a la métrica ni a los cánones de la poesía si esta los tuviera, que esa es otra.

         A mi me parece que el tercio obedece a un golpe de pulmón. Ahí puede caber una de esas frases estructurales de la que nos habla Lefranc, pero también una o más secuencias melismáticas, el “ligao” de dos o más versos, algún “embuste” y varios ayes. Creo que si se para a respirar se puede dar por concluido el tercio.

         Escuchemos esta soleá de Manuel Torre. La letra, en términos literarios, sería:

Pérdidas que aguardan ganancias

son caudales redoblados;

estoy tan hecho a perder

que cuando gano me enfado.

         Los tercios, según los canta Manuel:

Tercio: Pérdidas que aguardan ganancias

Tercio: Pérdidas que aguardan ganancias>>>son caudales redoblaos

Tercio: estoy tan hecho a perder ayyyay>>>que cuando gano me enfado

Tercio: estoy tan hecho a perder ayyyay>>>que cuando gano me enfado


          El tercio es lo que se acaba a cada paso, lo que el cantaor va dejando a lo largo de la composición, o mejor, una de sus partes, y que viene determinado por su capacidad, bien pulmonar, o por el “ligao” que es capaz de ejecutar. De impecable belleza tonal y llenos de compás eran los de Tomás.

         En esta soleá no sólo podemos apreciar el talento artístico de Tomás, sino su potencial de armonización flamenca. En la segunda estrofa, apreciaremos primero, la letra, la siguiente:

Yo nunca a mi ley falté

que te tengo tan presente

como la primera vez 

         Tomás enuncia primero, para acabar haciendo de un tirón todo el cuerpo de la estrofa, mediante su “ligao” mágico. Un lujo.

Tercio: Yo nunca a mi ley falté

Tercio: Nunca de mi ley falte>>>que te tengo tan presente>>>como la primera vez

  

         No sólo se alargan los versos; así como puede alargarse todo un verso, dos o tres como hemos comprobado, también se puede cargar sobre una única vocal toda una estructura melismática que puede acabar con todo el aire acumulado, dar lugar al alivio respiratorio y representar entonces un tercio. Por ahora, no se me ocurre nada más. Me voy al inicio: esto es una reflexión personal y una opinión libre, y también comencé con un: “Encasillar las formas del cante flamenco es tarea de locos”. ¿Y qué hago yo aquí? Pues me clareo.

sábado, 6 de octubre de 2012

DESENCUENTROS


Foto de José Luis Galván

 
Cuando  te subordino / la inspiración, te  entrego

el cofre donde vela / nuestro  adorado  sueño,

el ansia con que sopla / la vela de mi empeño

se rasga. Al abanico / de  la  ilusión me pliego

y cicatrizo heridas / de cuchillos sin dueño.

Primavera pujante, / gigante que doblego,

sombras y vendavales / cuando a tu tiempo llego.

Jardín de la alegría, / oxigeno abrileño.

Mis esperanzas, todas; / ¡Qué darte, sin medida!

si vas cuando yo vengo, / absurdo desatino,

vuelve hacia mí tus ojos, / pues soy tu prisionero.

Cada vez que en tu vientre, / lugar  tan placentero,

viví el amor de nuevo / y hallé nuevo camino

a tus entrañas, huerto / donde sembrar la vida.
/
 

José Luis Tirado Fernández
Foto de José Luis Galván

 

domingo, 30 de septiembre de 2012

ANTONIO RODRÍGUEZ DE LEÓN Y TOMÁS PAVÓN


¿Tuvisteis la fortuna de oír a Tomás Pavón? Si lo oísteis alguna vez, podéis afirmar que habéis descorrido el secreto de un mundo inédito. De un mundo en el que no es posible permanecer, por los minutos de una copla, si no es… por la garganta de uno de estos hombres privilegiados, artífices sutiles de un arte sin parangón posible. Porque por ejemplo, una “siguiriya”, cuando la “decía” un Tomás Pavón, era una especie de salvoconducto para que irrumpiéramos, de pronto, en lo intrincado de una raza inquieta e inquietante que lo expresa todo, todo lo suyo, dramático, intransferible y lejano, por los “duendes” de su garganta.

Antonio Rodríguez de León en ABC, 26 de julio de 1952. Acompañaba esta ilustración
 
 
 



SOLEARES PARA TOMÁS
 
Sonaba por la alameda
su voz de almíbar y miel;
blanca y pura, deja el cielo
la luna, pa ´estar con él. 
 
Creadores ha tenío
el cante, por ser tan grande,
pero el arte de Tomás
no me lo presuma naide. 
 
Que en el tiempo las voces,
desaparecen,
pero con los pavones,
ni el tiempo puede.
 
Muralla, huerto y jardín
y puente pa´ que su herencia
nunca conozca su fin. 
 
Agradecimientos a David Pérez Merinero y su página “Papeles flamencos”.
 
 José Luis Tirado Fernández


lunes, 24 de septiembre de 2012

EL LATERO


 

         Fue en la lejanía de la infancia. Quizá por mi edad no debería recordarle, pero le recuerdo. Igual que recuerdo los carros de mulas que transportaban la arena o los ladrillos a las obras, o la escalera larga con ruedas que usaban los trabajadores de Sevillana para cambiar las bombillas de los viejos faroles de lata que colgaban, en el centro de la calle, de un cable trabado a una y otra pared, los organillos de manivela que sonaban en la estación de Córdoba, delante del Bar Piano, o los quinqués que la abuela guardaba “por si acaso”, con su petróleo incluido.

         No, quizá no me corresponda recordarlos, pero los recuerdo. Formaban parte de ese lienzo que eran Sevilla y mi barrio y nadie se preocupaba o se ocupaba de ellos, ni de sus  cosas. Alguna foto ocasional, algún recuerdo en la página amable y gratificante de Emilio Jiménez, y poco más. Y yo, infeliz de mi, cuánto daría por sumergirme siquiera una hora, un rato, en aquel ambiente, ungirme la piel con los suspiros de sus calles, con el olor a hornilla, a alhucema, a humildad.

         Cuando le cuento a mis hijas que no teníamos cuarto de baño, creen que yo me crié en un país africano, o en la India. No. Era aquí, hace poco más de cuarenta años. Ni cuarto de baño, ni muchas cosas de las que hoy no podemos prescindir. A los corrales llegaron las hornillas de gas, los cables de 125 voltios y alguna que otra lavadora que venía a sustituir al lebrillo y el refregador de madera, suplicio y pesadilla de las amas de casa de la época. A los niños nos bañaban en aquellos añorados baños de zinc que estaban soldados con estaño. Del trote de llenarlos y meternos dentro para lavarnos con agua templada, de nuestros juegos durante el baño, de limpiarlo, colgarlo, etc.…, solían irse las soldaduras y el agua se salía un poco al principio y si no se remediaba, se formaba un agujero importante por donde se iba toda el agua. Cuando la situación era crítica, llegaba él.

         Venía con el cigarrillo en la comisura de los labios, a veces apagado. Sobre el hombro, su cajita de herramientas, posiblemente fabricada por él mismo, de madera y con una correa que se colocaba en bandolera. En la mano izquierda, lo que aparentaba ser una gran cafetera, pero que era toda una fragua en miniatura, con una boca hecha en la base por donde se metía el carbón, y que traía colgando de la mano mediante un asa metálica.

         ¡Niña, el latero! En una dulce letanía, recitaba la multitud de cacharros que admitían el estaño en sus heridas. Desplegaba en medio del patio los útiles de su oficio como si tuviera fijado allí su taller de diario, sacaba el carbón de una talega y lo prendía entre humos de antaño con un soplillo de pleita. ¡Cuándo volveré a ver esta ceremonia! Cuando el carbón enrojecía, sacaba un soldador que asemejaba un martillo con un solo macho en punta que tenía un mango de madera por donde lo cogía y lo metía entre las brasas hasta que su viveza era capaz de derretir las barras de estaño y fijarlo sobre las grietas.

         Algunos vecinos le encargaban jarrillos de lata, que fabricaba con latas de conserva usadas, claro,  a las que colocaba un asa, y cuyo resultado era una especie de lo que hoy conocemos como “mug” en versión metálica. También me resulta difícil explicarle a mis descendientes que en aquella época el poder adquisitivo de los jornaleros era tal que la compra de estos utensilios era un verdadero lujo que no se podían permitir. Además los llevaba ya fabricados y los ofrecía a las vecinas a un módico precio. Como tradición, se siguen usando en Semana Santa para dar de beber a los costaleros. Un vestigio de lo que fue aquel tiempo.

         Y yo, de nuevo, en una absurda sed de aquellos años, metido en aquel corral, bebiendo hasta los posos de aquellas latillas que forjaron nuestra esencia, la exquisitez bendita que nos enaltecía; salir a mi calle, ceder el paso en la acera a los viejos, ofrecer los buenos días o las buenas tardes como regalo a las personas que uno se iba encontrando, sonreír a los vecinos, agachar humildemente la cabeza cuando una persona mayor se dirigía a nosotros, o despertar bruscamente de ese ensueño y encontrarme en esta acera; sí que ando listo. Eso, soñar aquel cosmos, o comerme la cruda realidad de un mundo hostil y desconfiado, un sitio donde todos van contra todos, y vivir como vivimos encerrados en nosotros mismos, en una loca carrera hacia ninguna parte, en una tierra que exhibe heridas tales, abiertas en la bondad y en la conciencia de la gente que lo habita, que ya, ni el ilustre estaño del latero podría sanar.

domingo, 23 de septiembre de 2012

JESÚS MÉNDEZ


         Me parece el convento de Santa Clara y su claustro un buen lugar para escuchar flamenco.  El público no me pareció demasiado flamenco; mucho guiri y demasiado intelectual. Incluso pude ver a Kiko Veneno, sentado con sus amigos. Pero aunque el lugar sea adecuado para el cante, el volumen estaba un poco alto. No es tan grande el patio como para usar los watios de esa forma tan exagerada. La guitarra, un poco metálica, las voces, bien, los graves escasos, el cajón y el bongó apenas sobresalían.

         Un elenco aceptable, Diego del Morao a la guitarra, Chícharo, Carlos Grilo y Manuel Salado a las palmas, un buen pianista, que sólo intervino dos veces a lo largo del recital, Miguel López “Lenon”, y Ané Carrasco a la percusión, con el que el guitarrista mantuvo una complicidad a lo largo de todo el recital que a veces rayaba en todo un alarde de simpatía y empatía entre ambos.

         Comenzó Jesús con una zambra, titulada Dando vueltas en la cama, original de A. Gallardo, acompañado del piano de “Lenon”, para continuar dedicando su actuación a Moraíto, cuyo recuerdo sobrevoló entonces los muros y dependencias del convento. Bulerías, sí, parece que en ese terreno Jesús se siente cómodo, y  cómo no, teniendo la base de compás de su ascendencia y de tan magnífico elenco. Siguió con unas malagueñas de Chacón correctas y nada más, para pasar a unas alegrías donde comenzó a engolar, lance al que acudía cuando los altos se le resistían y que, a mi modesto entender no caben en la forma de interpretar los cantes. La voz natural, y él la tiene, es mucho más adecuada en estos casos; también se puede bajar (subir en el mástil) la cejilla, que no pasa nada. Siempre, cuando escribo alguna de estas crónicas, repito que no soy un entendido en flamenco y que emito opiniones propias.

         En la siguiriya lució Jesús como un grande, marcó, puso el alma y la remató de manera magistral con las cabales de Silverio. Estas cabales, que para algunos provienen de Cádiz, ora de Sernita ora del Loco Mateo, dan para mucho, incluso para una futura entrada en este blog dedicada por entero al tema. Un dato significativo es que el Tenazas de Morón las cantó en el concurso de Granada de 1922 afirmando que se las había enseñado Franconetti.

Luchó con la soleá de Charamusco, en claro homenaje a Antonio Mairena, apoyado siempre en el maravilloso comodín de la guitarra de Diego.

         Emocionó con los fandangos, sobre todo con el del Gloria, para acabar cantando sin utilizar el micro, lo que afirma lo que digo al principio sobre el patio y el exceso de volumen, ya que se le escuchaba a la perfección.

         Hizo el taranto que Manuel Torre dejara impreso, proveniente de tierras de levante y que Chocolate bordara en los sesenta, con mucha enjundia, terminando por jaberas.

         En los tangos, acaracola el cante como lo hacía Paquera, alargando los tercios de la misma manera, hasta romper en una cascada cromática de singular belleza tonal.

         Como despedida, la fiesta final por bulería que a mí se me antojó demasiado corta con una pataíta de “Chícharo” que valió por todo el espectáculo.

         En fin, una gratísima velada, a las once la noche en un sitio donde además se pueden tomar copas en los veladores que el Ayuntamiento ha instalado en dicho patio. Buen elemento Jesús Méndez.

SETENTA VECES SIETE


SETENTA VECES SIETE
 
Ni a los muertos respetamos,
y ¡qué fácil la condena!
rencores viejos estrena
la actual generación.
 
Yo ni te conozco, primo,
pero mi abuelo me dijo
que conoce el entresijo
de tu mala condición.
 
Lo sabe desde pequeño,
pues de siempre le contaron
los detalles que pasaron
con toda fidelidad.
 
Otros demuestran con libros
reseñas irrefutables
y datos más que fiables,
la verdad de la verdad.
 
Tú calumnia, que algo queda,
que mil veces repetida,
la falsedad es suplida
con celosa exactitud.
 
Y nos importa un pimiento
siempre que le pase a otros,
pero cuidado, a nosotros,
no nos toquen la virtud.
 
¡Cuán vertiginoso el fallo!
¡y qué rápido el juicio!
el odio ejerce su oficio
cuando dentro lo llevamos.
 
Nos ajustamos la inquina
con la ropa de diario,
y en slogan lapidario
sin dudarlo, sentenciamos.
 
¿Para qué nos vino Cristo
si vivimos este encono?
la  causa que aquí razono
se cimenta en el perdón.
 
Pero perdonar… a todos,
no sólo a quien nos conviene,
eso es lo malo que tiene
la dichosa religión.
 
¿Digno de nuestra clemencia?
según  quién,  y de qué modo.
Aquí se resume todo
el presente que me arredra.
 
Por eso venero a Cristo,
El mismo me lo ha enseñado:
el que no tenga pecado,
tire la primera piedra.
 
Aunque  creyente me siento,
de algunas voces me espanto,
y a veces, no sabéis cuánto,
ser cristiano me avergüenza.
 
Sé que Dios tuerce renglones
más siempre escribe derecho;
ahora, los golpes de pecho,
me los daré en la conciencia.
 
José Luis Tirado Fernández