El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

sábado, 3 de mayo de 2014

LOS CUADROS DE GENARA BARRANQUERO





                Me enseñó algo que no sabía. Cuando se pasa de los cincuenta, uno se cree viejo y sin nada que aportar, y piensa que a partir de entonces, se debe dedicar el tiempo a las sopas y el buen vino. Me enseñó, y ahora lo sé, que mientras late la caja de cambios y fluye la sangre presurosa, uno es un niño y que a veces son más las luces que antaño, y que la experiencia aporta mucho más de lo que calculamos, porque para algo tiene que servir lo vivido. Me mandaba un millón de besos en cada escrito, me descubría un futuro posible que yo ni adivinaba, por lo lejano, me decía en cada mensaje que lo que poseemos debe servir también a los demás, y compartirlo, y que jamás debe quedarse en el tintero, o como en este caso, en la paleta, y hacerlo flor, y barro y tejas, y sol y soles, y sentimiento, y destinarlo no sólo a sentirnos mejor sino también a entregarlo a los demás.
                Esta niña de ochenta y tres años, me sigue enseñando hoy, que los seres humanos somos más allá de nosotros mismos, más allá de nuestra vida y nuestra obra, una proyección sobre los que amamos, incluso con los que ya no están, y que hay algo más allá de tener un hijo y plantar un árbol.          
                Me envió, hace algún tiempo, estos cuadros que hoy inserto en este blog, para que todos puedan verlos. Decía:

Son nueve los que llevo pintado, si no van me lo dices para repasarlos, a mis ochenta y tres años le faltan días, y sin haber cogido nunca un pincel, eso me lo puso Dios en mi camino  para salir del pozo donde estaba,  eso le debo a Dios, pues hace más llevadero mis días, además de tener un solo ojo pues me entró hace un año una enfermedad macular degenerativa.”

              Uno se siente tan pequeño, tan poca cosa junto a estos gigantes anónimos que conviven con nosotros, que respiran el mismo aire, que pasean por nuestras calles y beben nuestra misma agua, que a veces nuestra capacidad artística se nos antoja tan simple y anodina, tan incapaz de conmover el alma de nadie, de tejer una sonrisa, de fraguar una lágrima, que aflora la duda consecuente de si tendrán algún valor. La de Genara, pueden apreciarla aquí. Ella se la atribuye a Dios.



Con un millón de besos te recibo
cada vez que tu nombre, pinturero,
encuentro alborozado en el  rimero;
y al mar de gentileza que concibo
como obsequio de este mundo que suscribo 
y embellece esta morada.Trovero
 me sentí,  siempre que tu lucero
surgía tal y como lo describo
en la magia del negro sobre blanco.
¡Sublime edad la tuya, majestuosa!
Enseñanza notable, que apalanco
para dar a los míos, jubilosa
muestra de humanidad a la que arranco
su dulce fuerza,  su ánima amistosa.















Grande.






José Luis Tirado Fernández

domingo, 20 de abril de 2014

MIÉRCOLES SANTO

                Marca la hora el campanario. Se derraman por los vanos de los vetustos muros estas desacostumbradas luces, meciendo extraños perfiles, labrando contornos que trastornan el equilibrio acostumbrado de tantos Miércoles Santos y ofreciendo en singular perspectiva charol de altares, cegador ojo de buey, ascua de candelería, luz de luz, Dios verdadero por la luz de los siglos.  ¿Quién da más luz?
                Se advierten nervios de última hora, trasiegan varas, insignias, arrugan sus túnicas los nazarenos sentados en los bancos que quedan libres, pasan a toda prisa monaguillos, portando canastos negros, avientan los mayores sus carbones en los incensarios, buscan su sitio los rezagados, anhelan la salida los prebostes, aprieta el calor. Se palpa el miedo a que algo salga mal, pero este templo fue y sigue siendo centinela del orden, a fuerza de años y de muchos miércoles de emociones y entusiasmos. El, desde su atalaya, donde todo lo ve, todo lo sufre, todo lo consiente, carga su cruz humildemente, y también, por qué no, desea con nosotros hermosear la calle y repartir misericordia.
                Arden las llamas en seda de su escudo, las suaviza la caricia de su mano. Ella, en la tibieza de su piel, también alumbra y sostiene este empeño. Nazarena. Es, sin haber hecho la primera comunión, quien ofrece el testimonio más sincero, más fervoroso, más bello, en el minúsculo cirio de su fe. Calcetines y guantes blancos, moño alto, sonrisa. Si hermosos los bordados, más su cara. Si  primoroso el exorno, la más perfecta flor no la iguala. Si limpia va la plata, más su alma. Jamás hubo tanta ilusión contenida en un corazón tan pequeño.
                A la calle, por fin. Barrio milenario; el solar, el viejo solar que custodia la franquicia de lo nuestro, se abre para que al cabo de ciento cincuenta años lo ocupemos de nuevo. Con estos insólitos acentos puestos sobre las páginas de nuestra historia, se me antoja ser testigo de hechos importantes. Baños de la Reina mora, sol alto, avanza el calvario de nuestros amores hasta quedar anclado a los adoquines, delante del antiguo Convento casa grande del Carmen. Aquí debería sonar una saeta ¿A alguien se le habrá ocurrido?

Siglo y medio de grandeza…
Convento viejo del Carmen,
bendita sea tu puerta
por donde salió mi Cristo
el miércoles de tinieblas.

                Calle Goles, barrio, barrio, barrio. Se abren las puertas y asoman caras conocidas, de siempre, de toda la vida. La Hermandad conquista, vuelve a seducir a su pueblo. El cuchillo de la memoria rasga las cortinas del olvido y afloran viejos momentos, vivencias, claras señales de vida, de lo pasado, de lo sentido. Hoy estrenamos palio, pero yo, en este barrio, no veo más palio que el triunfo de su cielo sobre nuestras devociones.

José Luis Tirado Fernández



viernes, 18 de abril de 2014

LA SAETA, un apunte poético y musical


                Hace cien años que Don Antonio Machado escribió el poema "La saeta", incluido en “Campos de Castilla”, pero que originalmente apareció publicado en “Mundial Magazine” dentro de un conjunto titulado “Semana Santa en Sevilla”. No tengo nada que descubrir sobre la talla del poeta sevillano, aunque la propagación de esa letra, incluyendo una saeta popular al principio, que también Don Antonio acomodó a su credo, cambiando la tercera estrofa, fue extraordinaria a partir de que el cantante catalán Joan Manuel Serrat la musicara, convirtiéndola en una canción. Juan José Fernández Trevijano, en El Correo de Andalucía, hizo hace unos días un esbozo del hecho:

                        <<Serrat solía llevar siempre encima un libro de Machado. Hacia 1967, se hallaba grabando uno de sus discos en catalán en un estudio barcelonés cuando le surgió una idea para La saeta. «Le dije al técnico que pusiera una cinta y canté esos versos con la melodía que se me acababa de ocurrir. Una rareza, porque la inspiración no me suele visitar en los estudios». >>

                Cuando yo era niño, recuerdo que, a fuerza de escuchar la melodía por la radio, la gente la tatareaba por la calle. Los chavales, que nos impregnamos a toda velocidad de las cosas nuevas, la cantábamos a coro en el patio del instituto, y después fue ampliamente versionada, incluso aflamencada por Camarón a su estilo y que a mí personalmente no me dice nada.
                Don Antonio Burgos, en una reseña de sus “recuadros”, nos recuerda, sobre el contenido del poema, la escasa afición del gran poeta por nuestra Semana Santa, confundiendo al Cristo de los Gitanos con un crucificado y dejando entrever una crítica sutil hacia nuestras aficiones iconográficas:

                <<¿Qué más Sevilla hay en la obra de Machado? ¿La saeta, dice usted, que hasta la tocan las bandas de cornetas y tambores? Pero esa saeta que tocan no es la de Machado: es la de Serrat, el máximo divulgador de sus poemas. Esa saeta, en efecto, habla del Cristo de los Gitanos. ¿Pero de qué Cristo y de qué Gitanos? ¿De los de la calle Verónica? ¿Del Señor de la Salud? Lo dudo. Debe de ser el Cristo de los Gitanos de otro lugar de Andalucía. Machado habla de una imagen procesional que no es de aquí: "Oh, la saeta, el cantar/al Cristo de los gitanos/siempre con sangre en las manos, /siempre por desenclavar". Machado habla de un Crucificado, no de un Nazareno. No puede ser el Señor de la Salud de Los Gitanos de ninguna manera. Y si es por el "anda pidiendo escaleras/para subir a la cruz", me pido la saeta de Machado para el Cristo de la Salud, sí, pero el de La Carretería, el del misterio de las Tres Necesidades de la Virgen de la Luz. Pero la saeta de Machado, en el fondo, implica un profundo desprecio a Sevilla y a su Semana Santa, y nadie lo ha dicho. A Machado no le gustan nuestros Cristos: ni nuestros Nazarenos con la cruz al hombro, ni nuestros Crucificados clavados en ella. Oigan, si les dejan las cornetas y los tambores de la versión serratiana: "¡Oh, no eres tú mi cantar, /no puedo cantar, ni quiero/a este Jesús del madero/sino al que anduvo en la mar!". "No puedo cantar ni quiero"... ¿Lo han leído bien? La saeta de Machado es contra la Semana Santa, Bueno, pues a este texto donde el poeta se declara objetor de Semana Santa se parte la gente las manos aplaudiéndolo cuando lo toca el corneterío con música de Serrat, por aquello del izquierdo por delante…>>

                El poema “La saeta” de Machado, es una maravilla poética. La canción de Serrat edificada sobre el mismo, es una hermosa melodía, pero no pasa de ser un éxito de los cuarenta principales. Las versiones como marcha procesional sobre esa canción son discretas y forzadas de compás y no constituyen ningún himno de nada, porque el himno de la Semana Santa de Sevilla lo hizo suyo el pueblo de Sevilla hace muchos años y no hace falta que lo nombre porque el que chanela algo de esto ya sabe al que me refiero. El que quiera entender que entienda. El que quiera escuchar que escuche. Lo que quiera.


José Luis Tirado Fernández

jueves, 3 de abril de 2014

LA LLUVIA Y EL NIÑO



Amanece el Jueves Santo,
alba de nubes inciertas;
el lienzo del cielo, triste,
las alturas cenicientas,
y sus sutiles encajes
son cortinas pasajeras
que deposita el destino
donde el viento se las lleva.

Amanece el Jueves Santo
y cuando el niño despierta,
se asoma por la ventana
y se lo come la pena…
todo el año está esperando
deseando que amanezca
 un jueves de sol radiante
y… mira lo que se encuentra.

Está llorando San Pedro
y por  más que el niño reza
sigue el apóstol regando
los campos y las cosechas,
que bien merecido tiene
el labrador su riqueza,
y que remedien las nubes
la sequía de la tierra,
y que se vistan de verde
las anchuras de su hacienda,
y que bendigan los cielos
 las plantaciones aquellas,
que subsistan todo el año
con este favor  que llega…
pero el llanto de este niño,
¿con qué pañuelo se seca?
Con las aguas de tu llanto
las campiñas reverdean,
satisfacen los arroyos
y remozan las riberas.
Se agradecen y se aplauden,
son lágrimas que consuelan:
las lágrimas de este niño
son lágrimas verdaderas.

Están sedientos los campos,
que llueva,  madre, que llueva,
pero que llueva el domingo,
cuando pasen estas fechas,
que se llenen los pantanos,
y que caigan cien tormentas,
son como el oro molio,
son agradecidas cuentas,
pero explícale a este niño
para qué sirvió la espera
si no saldrá su misterio
con su medida cadencia,
ni acompasara su metro
con tambores y cornetas,
ni la Virgen bajo palio
perfumará la alameda,
porque no llevará incienso
ni flores que la embellezcan,
ni trasminará el aroma
de la bruma de su cera,
ni desgastará adoquines
la alpargata costalera,
ni  habrá gente en los balcones,
ni se escucharán saetas.
No volverán las insignias
 tradicionales y añejas,
ni vendrá la cruz de guía
abriendo la callejuela,
ni ofrecerá el estandarte
sus hilvanes y sus hebras,
ni encenderán los faroles
los dogmas de la pureza,
ni retorcerán su lienzo
el guion ni la bandera,
ni engalanarán sus filas
varas ni libro de reglas…
y la tradición de siempre,
pondrá en la calle la ausencia
y se come el aguacero
los ciclos y las secuencias
 de muchos siglos de culto
con Sevilla por enseña.

El niño espera el deleite
que tú, San Pedro, le niegas;
el niño suplica a Dios
que llegue la ansiada fecha…
y mira tras los visillos
la humedad en las aceras
y cómo se lleva el tiempo
su ilusión y sus quimeras;
se lleva su confianza,
se lleva la luna llena
y prendida en sus entrañas
lleva luceros y estrellas,
y se lleva su alegría,
y otras cosas también lleva:
se lleva  su sueño en flor,
y sus primera promesas,
el asiento de su fe,
y el timón de su creencia,
y al hilo de estos sucesos,
y otros que no debieran,
está esperando en su palio
la luminaria más bella,
amparada entre varales,
sitiada de flores frescas
que ambicionan su fragancia
y el olor de su pureza.

El fue contando los días
para que Marzo volviera
y vestir de nazareno
como su padre lo hiciera,
con el júbilo en el alma,
su túnica blanca y negra,
que está lavada y planchada
y  colgada de su percha
con la ilusión de su madre
y  de la familia entera.

Bellos antifaz y escudo,
fino cíngulo de seda,
seguirá esperando el niño
salir de la calle Feria,
ver el palio deslumbrante
que a  la señora pasea,
y cómo sobre la plata
los rosarios tintinean,
y se acercan sus gladiolos
a la ventanita aquella
donde se apaga la vida
de una niña que está enferma.

Ya no pasas, madre mía,
que la lluvia no te deja,
no vas a posar tus ojos
sobre ese hogar de tristeza,
donde ésta pálida rosa
el sol de tu cara espera;
esa flor que se complace
con el don de tu presencia,
la merced de tu ternura
y de tu amor sin  reservas,
y solo siente alegría
ese jueves que tú llegas.

¡Cuánto esplendor de este día
los sevillanos recuerdan,
qué dolor de aquellos cielos,
qué pena que no volvieran!
y qué lástima del niño
que estrena ilusiones nuevas
y que sufrió en un mal sueño
del fracaso y su crudeza;
aprenderá, bien seguro,
que Dios es quien da la seña
y que no hay nada en el mundo
que impida lo que El resuelva…

Y como Dios está arriba
y Dios es cofrade y poeta,
este jueves sus renglones
trazó con líneas derechas,
y amaneció el firmamento
limpio como la patena…
el sol, en todo lo alto,
la brisa se tornó queda,
volaron los gorriones,
se pararon las veletas,
se disiparon las nubes
y brillaron por su ausencia,
ganó la luz la batalla,
el vendaval dio la vuelta
y el Señor le dio a Sevilla
sus bendiciones inmensas….

Amanece el Jueves Santo…
despierta, niño, despierta,
la gloria de la pasión
esta llamando a tu puerta
para ofrecerte el regalo
de este gozo que se acerca;
no te dará la amargura
del dolor de la experiencia,
ya te lo dará la vida
cuando tú vengas  de vuelta…
viene a poner en tu savia
fundamentos de certeza,
cuando sostengas tu cirio
con la fe de tu firmeza
y des a los cuatro vientos
el clamor de tus creencias…
cuando te ajustes la capa
y sobre tus carnes sientas
el orgullo sevillano
 por las tradiciones viejas
que dejaron nuestros padres
como principal herencia:
¡¡¡ser nazareno en Sevilla,
la mejor de las riquezas!!!

El niño sigue soñando
las emociones auténticas,
las que su pueblo le otorga
cuando llegan esta fechas,
y a sus entrañas acuden
recuerdos que dejan huella,
momentos de la memoria
que hieren cuando regresan,
que entran en lo más adentro
y dejan su  marca impresa.

Pero ha terminado el sueño…
despierta, niño, despierta,
que donde el sueño termina,
tu felicidad comienza…
amanece el jueves santo,
despierta, niño, despierta,
que el  sol llama a tu ventana

¡¡¡y luce la primavera!!!

viernes, 21 de marzo de 2014

FARID

              El camino de San Juan avanza entre huertas y labrantíos, hasta alcanzar la Vega. Cuando muere y ese llano mar de monte bajo que llaman Tablada, ocre y descolorido, se abre ante el caminante y las caballerías que suelen transitar la vía y que la marcan con sus cascos,  se tiene la sensación no ya de andar, sino de deslizar sus pies sobre una pista vegetal de raso y amable alojamiento. En la orilla, aguardan  barcas que al otro lado envían trastos, chirimbolos y cargas  viejas, devuelven vinos, legumbres secas,  cecinas, o hunden a la mitad del trayecto sueños vanos y esperanzas rotas. El agua todo lo iguala. Es tan antiguo el trajín que a nadie asombra, y tan cotidiano que su ausencia bien podría convertirse en sospecha de algún inconveniente o de un mal suceso.
            Las chumberas escoltan el tránsito, como nimbos verdes que contuvieran el oleaje que las angarillas de las mulas o los vaivenes de los carros desencadenan, y aíslan con sus púas las tentaciones del sendero, que siguen su curso hacia el río, de los frutos y hortalizas, que siguen otro curso diferente, el del  canasto y el mercado. Si llueve, rara vez, los charcos convierten en salpicón la sierpe de su transcurso, e irisan los atardeceres disparando chispas de luz a los ojos de quien circula; los radios de las ruedas enlentecen su giro y el chirrido de sus ejes cambia su tonalidad, sonando más grave. A veces, entre este nublado singular y equidistante, irrumpe alguna zarza o algún enhiesto algarrobo, donde aliviar en épocas de escasez los gruñidos gástricos, alguna flor amarilla, una mata de hinojo o bien de enmarañada esparraguera, que doblegan la hegemonía de sus ovaladas y amenazantes pencas. También emerge a ratos un cercado y una puerta de acceso, construida con palos y alambre de espinos, que aquí la piedra es lejana y diáfano el horizonte. Detrás, desde donde nos sorprende Febo, dejamos la senda de firme y apisonado y el olor a ladrillo y caserío que, curiosamente, nunca tuvo olor de barrio.
            En una de estas huertas, con las herramientas recogidas en su casita de labor, donde una parra de uva blanca despacha su sombra, a la manera de un verde atrio, delante de la puerta, se posa la lentitud de la tarde. Próximo a ella, una noria de encalado brocal que a fuerza de desconchados aparenta los siglos que no tiene, pastorea en sus zócalos algunos sapos de oscura y brillante tez, jaramagos de hoja amarilla que a su amor afloran, y ofrece, con sus cangilones y su constante chorro, la estampa de un tiempo agreste que tiene en el sol su metro y su certeza. Dicen que la noria la inventaron los chinos por necesidad, aunque en realidad parece de procedencia y uso árabe, na‘úra - la que llora-, del que procede el vocablo –cuánta poesía-, ya que el agua al resbalar por ella evoca el llanto en su sonido.
            Si asomamos nuestra curiosidad al interior, donde el viento  convulsiona los harapos que luce el feliz espantapájaros, un zagalote con un camisón blanco churreteado de polvo, calzas cortas hasta la rodilla y alpargatas con la suela de esparto, seca el sudor de su cara con un lienzo picado y amarillento mientras siente el dolor de la faena sobre la dureza de los callos de sus manos. En épocas de lluvia, las tramas de las suelas de su calzado se separan, hinchadas por la humedad, y prefiere trabajar descalzo, hundiendo los pies en la tierra, si no para aliviarse, quizá para sentirla un poco suya, quién sabe si en el limo que se lleva a casa pegado en los pies. Ha colocado las mulas, luego de abrevarlas, bajo la sombra de la centenaria higuera, ha detenido la rotación cuasi eterna de la que arrastra la rueda dentada, y se dispone a beber, colocando las manos bajo el venero. Ha llegado la hora de comer, y antes de retomar la faena, apacienta sus emociones sentado a la fresca humedad que asciende de la intimidad de la tierra, sobre el pretil. Intenta, filosofando, entender la existencia como una larga línea durante la cual se van superponiendo golpes y dichas, mira la mula que tira de la rueda con la única ilusión de alcanzar la zanahoria y advierte que en ella, la hortaliza, se contienen los mismos deseos y apetencias que a él le acompañan desde mucho tiempo atrás y que permanece como motivo final y absoluto de su vida, un grano que no florece por falta de luz, y que esa línea, larga y cruel, es un día interminable porque el sol nunca acaba de ponerse. La monotonía del día a día y de ese castigo bíblico que le obliga diariamente a ver en el tajo la aurora y el ocaso, no logra arrebatarle la ilusión por sacar partido a cada respiro, a cada nuevo abrir de ojos por la mañana o palparse y comprobar el latir de su pecho. Y, sin embargo, ninguno es igual a otro, porque lo decide el vuelo de un gorrión, el roce de una ortiga en la piel o una sonrisa inesperada o devuelta. Su vida es la mayor obra de la creación y a él le toca defenderla del hambre y las enfermedades, como si tuviera la encomienda de una perla única y deseada, un hálito espiritual contenido en el sagrario de su cuerpo.
            Algún día sestea apoyado en el frescor de sus ladrillos, y alguno que otro llora, salpicando con sus lágrimas el agua hasta que el sueño le vence y queda profundamente dormido.
            -No llores más, hermano, parece  decirle el agua.
            El chaval está acostumbrado al rumor de  frases que emerge de aquella boca, y a veces le responde, en el sopor del inconsciente, esperando encontrar alivio en el retumbo de sus respuestas, pintadas en la oscuridad del vano del ingenio.
            -¿Entiendes mis palabras? La primera vez, le estremecieron las voces; luego se fue acostumbrando a un coloquio en el que intercambia con el agua profunda tristezas, dudas y sueños.
            -No me busques, porque no existo, habla con el agua. En principio, fueron susurros; luego, convertida en necesidad de desahogo, la realidad se vistió de caja de Pandora de la que fueron brotando más tarde tiras desgajadas del alma, de válvula de pasiones, de reverbero donde el dolor halló eco, consuelo y bálsamo para sus males.
            -Mi amo era un hombre justo que vivía del comercio y los frutos de esta alquería. Siempre atendió mis suplicas cuando le necesitaba, y a mis padres y hermanos socorrió cada vez que le necesitaron. Frecuentemente, y a su vez, ejerce de paño de lágrimas del duende que habita las profundidades, desde que fueron cruzando intimidades y secretos. Escuchó pacientemente y con delectación la historia de aquel muchacho, hijo menor de una familia cuyo padre trabajaba como capataz de aquella hacienda, en la que vivían.
            -El entonces califa estaba empeñado en que su nombre fuera recordado por las generaciones venideras, desde el principio dio muestras de grandeza de miras; acometió tales obras que hoy, la historia de esta tierra no sería la misma si él no hubiera reinado. Intentaba engrandecer a esta ciudad, llamada entonces  Isbiliya, haciéndola a su vez la capital de Al-Ándalus. Dejó definida y proyectó la mezquita mayor y su alminar, la Buhaira y sus jardines,  remozó las conducciones de agua romanas, construyó muelles y amplió las murallas, y quiso terminar con el aislamiento que suponía el rio grande con el poniente de esta población, mediante una puente de barcas. Llegó a dudar de la evidencia de la conexión mística con aquel joven de la noria, y que a través de los siglos llegó a ser su fiel confidente; incluso pensó haber enloquecido, o tener, cuando menos, delirios que pudieran deberse a los calores y las fatigas producidas por la faena. Pero ¿cómo dar por malo el oro que halló en lugar exacto que le había señalado el espíritu de aquel muchacho?
            -Mi amo me consiguió un buen puesto entre los peones que construyeron aquella pasarela flotante. Todos trabajamos hasta la extenuación, aunque fuimos bien remunerados. Pero un día, durante la tarea, mi suerte cambió y mi vida tomó un giro inesperado. La vi una vez, y ya no pude quitarla de mi pensamiento; a partir de entonces viví para que fuera mía. Había escuchado a sus mayores muchas historias, pero los viejos sólo cuentan viejas historias, y esto que le estaba pasando era demasiado extraño y especial como para compartirlo. En invierno, al calor de las herrerías de la cava, oía antiguos romances de los gitanos que hablaban de aparecidos, de venganzas ultra terrenas, de desgracia, de amores más allá de la muerte… pero no tenía muy claro cómo afrontar lo que le ocurría. Seguían sucediéndose los días y las noches, y dando tragos del búcaro, desgajando algunos racimos de la parra o haciendo autopsias a melones y sandias,  o disfrutando la sombra de la higuera que creció a su vera, siguió las pláticas, ya sin ningún temor o desconfianza, con aquel desconocido.
            -Una noche decidí saltar los muros y llevármela; ella me siguió sin dudarlo, consciente de que su clase social le impedía enamorarse de mí; asumió los riesgos. Nos escondimos aquí, en la hacienda, pero tardaron poco en localizarnos. Me la arrancaron de los brazos, se la llevaron y me dieron muerte; arrojaron mi cadáver al pozo que después fue convertido en noria, y aquí sigo, hasta que tú llegaste para oírme. Bebió con fruición, al escuchar el final de la narración, el agua de aquel caño permanente, deseando con el gesto penetrar en el corazón de aquel infeliz muchacho, y a su vez en una solidaria muestra de amistad a través del tiempo, imprevista y apasionada, convertirse en su alter ego y compartir a la vez su desdicha.

            Le gusta asomarse a la azotea de su casa, desde donde divisa el río. Contempla los veleros atracados en la orilla y las barquillas de cuchara pescando barbos y carpas desde el amanecer, el desembalse del Tagarete, los juncos inclinados cuando los vence la brisa, la torre de enfrente y aquella otra, más alejada, girando su gloria, honra de las veletas, faro de este Flumen Nostrum y las naves que lo surcan. Pero ya no es un muchacho; se solaza en su madurez y apoyado en su bastón, baja algunas noches a la calle de la orilla del río, desde donde, entre suspiros y alguna lágrima, contempla el nuevo paisaje, que asemeja una marina inmaculada y altiva, arrebatada a la obra de algún pintor renacentista, con las precisas líneas de su efigie de hierro, hoy hegemónica, mientras hace memoria de la vieja perspectiva, en la que trece nebulosas sostuvieron, durante casi setecientos años, el sacramento de la unión entre la urbe, ruidosa, molesta, y esta otra orilla de tejas, jaramagos y candiles, puebla feliz en su humildad y la de sus habitantes, hecho de madera, cueros y soga, que añoran el viento y la corriente, lienzo total del devenir de su infancia y de su vida, y adivina entre sus vanos y recovecos al buen musulmán que, en otro tiempo, entregó su honradez y su bondad a los disparates del amor. Farid.

viernes, 14 de marzo de 2014

SOLEARES A LAS HERMANDADES



Soleares de mi pueblo,
sinrazón de las palabras,
santo y seña del flamenco.

Soleares de tres versos
puñales que en las esquinas
ajustician sentimientos.

La soleá es un dolor,
así que puede servir
para cantarle al Señor.



DOMINGO DE RAMOS

Trota sobre un canastillo…
borriquita del domingo,
revuelo de los chiquillos.

Mira al cielo, Redentor,
igual que mira tu mare,
Virgen del Mayor Dolor.

La Magdalena en tu paso,
y detrás, tu madre Hiniesta
llorando bajo su palio.

Recuerdo la tarde aquella
que vine a buscarte al puente
con mi camisita nueva.


LUNES SANTO

Al sepulcro te trasladan
Maria con Nicodemo,
y José, con Santa Marta.
De tu mano florecida
recogiendo va  la rosa
la sangre de tus heridas.

Si con un beso te entregan
¿no se estarán revolviendo
las entrañas de la tierra?

Está pensando Caifás
que el Soberano Poder
es un nombre y nada más.


MARTES SANTO

Dios en la cruz clavado,
pastor de las buenas almas,
hijo de Gracia y Amparo.

Anás al hijo del hombre…
pregunta, y El le contesta
Maria, tu Dulce Nombre.

Las lágrimas de tu cara
las enjugará tu madre,
que nunca te desampara.


MIERCOLES SANTO

Virgencita del Buen Fin,
la sangre de su costado
se rebela en San Martin.

Te arrulla como un chiquillo
dulcemente, en su regazo,
la Piedad del Baratillo.

Refugio de mis pesares,
llévame donde tu vayas,
déjame seguirte, madre.

Se rompió el velo del templo;
dejaste en Siete Palabras
escrito tu testamento.

Levanta tu dedo, Juan,
y que se entere Remedios
por dónde sus pasos van.


Misericordia te pido
a ti, Señor que la tienes
fecunda para tus hijos.

La omnipotencia señala
la Virgen de la Cabeza
con fajín de Generala,
y por arriba,
el techo de su palio,
la luz divina.


JUEVES SANTO

Ángeles por Recaredo,
allí tiene su morada
la que veneran los negros.

Sólo con mirar tus lágrimas
se apacientan un a uno
los recelos de mi alma.

Pasa, Señor de Pasión,
que enmudezcan los latidos
de mi viejo corazón,
que bien deseo
que te devuelvan, Padre
tu Cirineo.

La calle Feria esperando
que se asomen tus varales,
majestad del Jueves Santo.




VIERNES SANTO

El azul del Viernes Santo
es de la Carretería,
lo demás… es azul claro.

Palio persa de respeto…
vuela el Plus Ultra en sus manos,
es la Virgen de Loreto.

Si yo siguiera tus pasos…
hoy sería más de Triana
y menos del desarraigo,
que de Triana,
fuiste tú la primera
por la Campana.

Cruz de la fe, convicción…
doctrina de aquel que muere
entre el buen y el mal ladrón.


SABADO SANTO

La muerte se nos presenta…
la mano sobre la frente
y con su guadaña negra.

Trinidad de la esperanza,
alivio de su calvario,
cura de sus cinco llagas.

La brisa mueve el sudario…
no habrá vela más hermosa
para mover ese barco,
pero es verdad
que no podrá llevarse

tu soledad.

José Luis Tirado Fernández