Subia a la barca cada mañana hasta la otra orilla; a veces, en invierno la bruma le enturbiaba el conocimiento y en más de una ocasión le sugirió lanzarse al agua, donde se acabarían sus sufrimientos de una vez. Sentía la llamada de la oscuridad, de lo profundo de su río, aquel que tantas veces cruzó en la falúa. ¡Cuántas tardes a su orilla sintió el amor en todas sus formas! Y cuántas otras alimentó sus esperanzas y deseos de la mano de su Juan...
No podía entender la vida ni sus designios. Sus seres queridos, sus niños… ¿Estarían allí abajo, esperándola? Sobreponía su carácter y el de sus ancestros y aceptaba el destino tal y como le llegaba. Se empeñó en vivir.
Cuando saltaba a tierra y miraba arriba, todo el cielo era suyo y al vuelo de los flecos de su mantoncillo hendía el aire hasta la Fábrica, bordeando la orilla del Tagarete.
En la Fábrica era feliz. Pasaba el tiempo rápidamente, Las ocurrencias de sus compañeras, en el once de mixtos, la sacaban de sus pensamientos y la devolvían a la atmósfera y a la vida. A la salida los flecos volvían a mecerse con el viento. Los piropos de aquellos hombres apostados en la reja de la calle, su condición de mujer y el gozo de sentirse bella la elevaban hasta el infinito, hasta que llegaba a la otra orilla y de repente sentía el brutal golpe de realidad. Entonces, comenzaba a recordar.
TISIS
Y se lo dije a mi hermana,
no vayas a cruzar el puente
que está el cólera en la Cava.
La única ilusión que le alumbraba el camino hasta casa de su hermano Francisco era el cigarro que a diario le llevaba y el regalo que semanalmente le hacían sus jefes. Su hermano le dio sitio en su casa cuando perdió a su marido, sus hijos, su vida. La tisis (tuberculosis) se llevó a Juan, y sus hijos murieron de calenturas. Era una época difícil, que se llevó a muchos trianeros por delante. Hubo en San Jacinto, junto a la Iglesia, un hospital para enfermos de cólera a mediados de siglo y durante varios años. La vida en los corrales no era muy recomendable. Se bebía de los pozos, los alimentos se compraban en la calle, sin ningún control, la leche se hervía, pero durante los veranos era frecuente que murieran cientos de personas por infecciones.
Paco, su hermano, era padre de Gloria Bermúdez, la gitana que, andando el tiempo, fue junto a sus hijas al pabellón español de la Exposición de París de 1889. Hacía mucho que Pastora no bailaba, pero lo hacía muy bien y era un espectáculo verla en los patios durante las fiestas. De casta le viene al galgo. Posiblemente su sobrina llevara a los escenarios algo de ella.
CADA VEZ QUE LLUEVE, ESCAMPA
A los once años de la muerte de su marido y sus hijos, Pastora fue atravesada por la flecha de Cupido. El joven Eros la enredó y conoció a un hombre que la hizo madre de nuevo y luego la abandonó. En julio de 1875 parió una niña. No sabemos las circunstancias en que se encontraba entonces Pastora, pero son fáciles de imaginar. Juzgamos demasiado rápido, no nos metemos en los zapatos de nuestros semejantes para entenderlos y emitimos sentencias injustas sin haber intentado siquiera comprenderlos.
El caso es que un sábado por la noche salió de su casa, con la niña en brazos. Cogió San Jacinto hasta el puente y directa a Cuna, donde estaba la casa de niños expósitos, y la abandonó allí. Al entrar, la inscribieron como Emeteria, aunque luego fue bautizada en el Salvador y la inscribieron en el Registro Civil como Teresa Pintado. Los siguientes días fueron terribles, pensaba que el fuego del infierno sería más blando que las ducas que la asolaban. Seguía trabajando, pero se sentía fuera del mundo. No sonreía con sus compañeras y a veces le costaba respirar.
Hasta que una tarde al salir de la Fábrica, sintió un impulso sobrenatural que la llevó hasta las puertas del hospicio. Entró y se arrodilló delante de una de las monjas que por allí andaban. Esta la levantó tiernamente y la condujo hasta un asiento, donde Pastora desahogó su alma y sus ojos. La religiosa la tranquilizó hasta donde pudo y la puso en antecedentes de la situación. Si la niña había sido adoptada, tenía mala pinta. Sin embargo la hermana entró en una dependencias y vino a calmar sus ansias. Todavía estaba allí.
-Tienes que ir a una escribanía, hacer una escritura de reconocimiento de hijo natural y luego volver aquí para llevártela. El coste económico de aquellas fechas era demasiado alto para una trabajadora del tabaco. Pero además, ¿qué pasaría si mientras buscaba el dinero la niña era adoptada? Su sufrimiento se multiplicó y creyó volverse loca. Pensó en robar, matar, venderse…
LA MASITA
La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, disponía, desde muy antiguo, de un fondo para los trabajadores que se les reintegraba cuando abandonaban el trabajo, cuando se jubilaban o cuando morían, en este caso lo recibían sus familiares. La llamaban «la masita». Más tarde, la Legión española adoptó la misma fórmula para sus alistados, dado el carácter asalariado de sus componentes, aunque añadió otras características, como adelantos, pérdidas de material, etc.
La apesadumbrada mujer, acudió al día siguiente al tajo y se dirigió a su puesto. El ama de rancho la vio llegar y enseguida supo que pasaba algo. Fue a buscarla. Informada por Pastora de sus desdichas, se ofreció para hablar con el contador, a fin de gestionar una posible salida. Pero era imposible, a no ser que la trabajadora abandonara voluntariamente el trabajo. Su llanto se convirtió en arroyo. Estaba dispuesta a renunciar al sitio que todas las mujeres querían ocupar. A pesar de la fama, de las habladurías de la gente, de los chismes y de las historias, cualquier mujer de la época se habría prestado a entrar en esa Fábrica. Como mínimo, hervía la olla a diario y se podía mantener un hogar. Además era un lugar de leyenda, que incluso óperas inspiró aquel sitio.
Lo decidió en aquel mismo momento y se lo dijo al ama de rancho. La mujer lo entendió y también con lágrimas en los ojos le pidió que esperara un día, un solo día. Agachó la cabeza resignada y pensó de nuevo en su hija. ¿Quién estaría a su lado? ¿Tendría fiebre? ¿Estaría llorando? Volvió de nuevo a casa de su hermano y le contó sus cuitas. El gitano maldijo la vida y lamentó no poder ayudarla en ese trance. Ella llevaba muchos días sin dormir y esa también se añadió a la lista de las noches en blanco.
Al día siguiente subió a la barca, a la orilla, al arroyo, al cielo y al mundo exterior con la esperanza de frente. Iba dispuesta a entregar su puesto de trabajo, su alma y todo lo que fuera necesario. Ya había padecido bastante. Cruzó la reja, entró en el bello edificio y llegó a su rancho. Todas sus compañeras estaban ya en el tajo. El ama la recibió con una sonrisa. Ella le dijo que quería ver al contador. -Al contador.. ¿para qué? -Para pedirle la masita y despedirme. -Pero Pastora, ¿Ya has perdido la fe? No entendía. Sus compañeras se levantaron al unísono y comenzaron a aplaudir y a dar vítores. Muy sorprendida, volvió la mirada hacia su jefa y pudo ver que le estaba ofreciendo un bolsa de cuero cerrada con un lazo. -¡Venga, corre ya, ve a por tu hija! Esto lo han recogido tus compañeras para ti. Pastora no sabía qué hacer, dónde meter las manos, qué pensar, dónde meterse. Miró hacia todas entre lágrimas, que alguna le quedaba, y agarró la bolsa como quien ase una tabla en medio del naufragio.
Corrió como la brisa hasta la plaza de San Francisco, donde existían varias escribanías y entró en la número doce mostrándole la bolsa al oficial que le salió al paso. Entre jadeos, suspiros y balbuceos, logró enterar al hombre del objeto de su visita. Cuando le escuchó hablar de una cita, se arrojó a sus pies y besando sus zapatos le suplicaba que la atendiera en el momento. Tuvo suerte. El escribano estaba presente y había poca faena. La atendieron, y le hicieron una copia de la escritura.
También los hados y la buena suerte se presentan de cuando en cuando y dibujan sonrisas. Y cuando nos falta una carta para completar el jiley, también puede suceder, porque tenemos una posibilidad entre treinta y seis.
Vivió días tan felices como cuando Juan la pidió; olvidó reveses, llantos, melancolías. Subió de nuevo a la falúa y miró el cielo, los reflejos del agua, la torre del Oro, como cuando era una niña. Volvió a sentirse viva. Inscribió a su hija y le quitó aquel «Teresa Pintado» que le habían dado en la cuna. Le puso un nombre muy gitano y sus mismos apellidos. La niña se llamó Regla Bermúdez de la Rosa.
Acudía por las tardes a la parroquia a rezarle a la Divina Pastora, y a darle gracias por lo sucedido. Al pasar de vuelta por la plazuela saludaba a Tio Antonio Cagancho y a su hijo Manuel, que andaban sentados en un velador, bebiéndose unos ochitos. Algunas veces se les escapaba
Reniego yo,
reniego de mi sino
como reniego de la horita mala
que te he conocío…
Regla, la niña, murió a los cuatro años. Pero la historia de Pastora no acabó ahí. Se casó de nuevo y en ese estado estuvo hasta que le llegó la hora. En la partida de defunción de su marido, Francisco Peña, consta como viudo de Pastora Bermúdez. Los títulos de crédito, están ahí, en las imágenes. En este caso crédito en su acepción de creer, por que este relato está basado en la realidad. La vida, en toda su crudeza.
Los que vivimos estas historias seguiremos aquí, preguntándonos siempre el cómo y el porqué. Quiero dedicar este relato a la salud de Ángel Vela, maestro de todos nosotros. Y añadir que me ha costado mucho hacer esta historia sin escribir el nombre de mi barrio. Un esfuerzo añadido. Ese nombre está presente en todas sus líneas.
José Luis Tirado Fernández



