EL FLAMENCÓLOGO.
Reconocerle es fácil. En una reunión se canta y se baila. Un Rocío, una Feria, una humilde Cruz de Mayo. La simple cadencia de una sevillana. Alguien va fuera de compás, o, cuando acaba el cante, da una palmada de más. Ése, sin duda, ése, es el flamencólogo. (Anónimo del XXI)

NEPTUNO ES EL REY DEL MAR

Dedicado a mi sobrina Desiré

NEPTUNO
1- El niño y el mar
            Estaba la mar de sardinas. Es como la llamamos aquí los de mi quinta, los viejos pescadores. El viento rizaba la plata y el aire envolvía los reflejos en sus mecidas  mientras remendaba redes y maromas sobre el cemento de los muelles, cerca de la barquilla recién pintada. Sobre las puntas erizadas restallaban resplandores minúsculos, que semejaban cerradas explosiones de luz, de vigorosa fuerza de repente liberada, hasta que algún viejo barco de madera interrumpía a su paso la armonía de aquel concierto de efímeras notas luminosas, imponiendo su estela ondulada sobre la superficie  y la música de su motor de gasoil  al silencio de la tarde atlántica.
            Se estaba bien allí; eran las últimas horas de sol y la brisa había disipado los restos del terrible calor que habíamos soportado a la hora de la siesta. Algunos veraneantes que acababan de llegar habían comenzado la búsqueda de algún pescado barato, de chirlas o coquinas frescas o langostinos vivos, con el regateo típico y guasón de los que vienen de tierra dentro buscando la bicoca. Apenas llegaba a la lonja un barco y empezaba la subasta acudían en tropel, como si hubieran escuchado una campana, y se mezclaban con dueños de restaurantes, mayoristas o intermediarios buscando un resto de pulpo, lenguado, gamba, imperando el colorido de sus calzonas, gorras y camisetas. Salían después de allí con la satisfacción de haber realizado la mejor compra, como si con su sabiduría hubieran superado de nuevo el listón. Si no fuera por la mar de sardinas, aquella tarde era una de tantas, pero fue justo en la que llegó el chaval.
            Vino caminando por el borde, poblando de su mirada ansiosa cada rincón de la vasta extensión del andén del puerto, cuya parte más próxima a la orilla estaba poblada de grandes rollos de soga, viejas cajas de madera y oxidadas planchetas para el arrastre, que él escudriñaba con la meticulosidad de un explorador. Avezados pescadores de caña lanzaban sus anzuelos por entre los barcos atracados, depositando su escasa pesca –unos pargos, alguna mojarrita, unas herreras- en cubos de plástico recién comprados en las tiendas de efectos navales más cercanas.
            Los mosquitos habían iniciado  su batalla diaria. Él traía varios picotazos en las piernas y se rascaba; vestía un pantaloncito corto, unas zapatillas de lona azul y una camiseta de una equipación de fútbol, con escudo al pecho e incluso número a la espalda, blanca y con adornos en rojo. Tomó asiento, con los brazos cruzados, sobre un cajón que estaba bocabajo cerca de mi faena y no dijo nada; miraba lo que yo hacía. Quise identificarle con uno de esos  niños maleducados de ciudad, que andan todo el día encerrados en su cuarto con el ordenador, inapetentes, de piel de blanca palidez, que no saben nada del trato con la gente e ignoran que hay trabajos artesanos, que necesariamente se hacen con las manos.
Vuelo de gaviotas en Isla Cristina

            Dicen que la primera impresión es la que cuenta; sea mejor la que falla, o así quiso demostrármelo él a la larga. Sería de edad de ocho años y digo sería pues no fue motivo de conversación en ninguna de las que sostuvimos, él a la suya y yo a la mía. Comenzó preguntando aquella tarde, cuando aparecieron las primeras estrellas; después de aclararle las labores que estaba realizando le fui señalando uno por uno estrellas y luceros, Orión, la Cruz del Sur, las Osas y demás, con nombres, apellidos y extensiva explicación de cómo nos sirven para orientarnos durante la noche.
                        -Pero Osé, cuando está nublado, ¿Cómo se navega?
                        -Con la brújula, niño.
            Y que si la brújula se rompe, y que si estamos lejos de la costa y no vemos los faros, que si la radio se estropea y no hay barcos cerca, que si quieres arroz, Catalina...
                        -Entonces, niño, le rezamos a la Virgen del Mar.
                        -Y ¿para qué?
                        Y mire usted por dónde, Osé el pescador,  el viejo marinero, metido a catequista y dando lecciones de teología, quién se lo iba a decir al viejo párroco don Vicente. Recuperando de las catacumbas de la memoria, de aquellas tardes de enseñanzas  y advertencias morales, de oración colectiva y pan con chocolate, improvisé.
                        -Dios es uno, pero por el misterio de la Santísima Trinidad... Cristo con los apóstoles, en pleno mar de Galilea, aplacando la tormenta... San Gabriel anunció a La Virgen María...
                        -Pero Osé, ¿tú has visto alguna vez a la Virgen?
                        -¡Claro! Y a los ángeles y a los santos, al Espíritu Santo, he visto animales fabulosos, grifos, pegasos, y hasta sirenas de cola plateada y pecho ardiente, con el pelo tan largo como el rastro de un cometa; y fíjate niño, he visto al mismísimo rey del mar, Neptuno, una tarde de poniente.
                        -¿Quién es el rey nocturno?
                        -Nocturno no, niño: Neptuno, se llama Neptuno.
                        -¡Luisito! Una voz de madre interrumpió mi aclaración; era la suya. El niño me dijo adiós con la mano y caminó hacia ella. Yo supe que era una voz de madre porque en mi inconsciente reconocí en aquel tono la inflexión que sólo puede ponerle una vieja y que tan pasada y lejana se me antojaba. Dije también adiós con un gesto y me vi agarrado de la falda de mi madre alejándome junto a ella de los embarcaderos,  con la ropilla remendada que había dejado chica mi hermano y las alpargatas estrenadas con la ilusión de aquel tiempo. Ella, vestida de negro.

2- Neptuno es el rey del mar
            El día siguiente estuvo la mar en calma y la tarde fue distinta por algunos motivos; sol y moscas hicieron trabajar los motores de los veleros que habían salido   –por no perder el día- del puerto deportivo y en los muelles los pescadores de caña veían pasar los albures mojoneros bajo sus siluetas en el agua con tal claridad, que parecían ir volando por un vacío singular, de serena inexistencia. Dos hombres morenos, de dureza en la piel y manos encallecidas, calafateaban un lanchón oscuro a una distancia tan corta que podía escuchar  su conversación sobre mujeres.
            Luisito se acercó acompañado de su padre, hombre de recortada barba, gafas oscuras y gorra de béisbol que acudió, posiblemente picado de curiosidad, a conocer al hombre que había estado inculcando a su hijo historias tan extrañas y enseñanzas religiosas tan moralizantes. Estuvo escuchando, hasta que se aburrió, las preguntas del niño y las respuestas que yo le daba      –incluyendo un relato de un gran pez que había capturado el mes anterior en mi barca- y se despidió de nosotros para dirigirse a la lonja a buscar gangas. Al despedirse me llamó “Santiago” y yo quedé perplejo unos segundos, los suficientes para que se alejara  sin darme tiempo a preguntarle si era ironía o confusión. Había dado con un viejo pescador de pocos dientes, tostado pellejo y pantalones vaqueros, que se entretiene en los muelles arreglando cosas que no merece la pena arreglar, que sale sólo a pescar y fuma rubio emboquillado. ¡Qué menos que hubiera llevado un arete en la oreja izquierda, gorra de plato de visera corta y largas patillas, un lobo marino azul, fumara en cachimba y tuviera barco propio! ¿Se hubiera despedido entonces llamándome Corto Maltés? El niño me sacó de tales cavilaciones. A partir de aquel día compartimos vientos, mareas, sol y charla, y a través de numerosos episodios navales y pesqueros le fui introduciendo en mi mundo, aunque su tema preferido siempre fue el mismo.
                        -Osé, cuéntame otra vez lo del rey...
                        -¡Neptuno! Le interrumpí, seguro de que no se acordaría de aquel nombre. No quería escuchar otra historia; le había estado dando largas en presencia del padre por no caer en incorrecciones mitológicas que hubiera podido enmendarme. Volví a inventar un relato fantástico, lleno de increíbles sucesos, que él escuchaba sin pestañear.
                        -¿Podré verlo antes de que acaben las vacaciones?
            Yo le aseguré haberlo visto fijando con gran intensidad la mirada en el agua, con el convencimiento de que va a aparecer de un momento a otro; eso es lo que le atrae.
                        -¿Cómo es, Osé? ¿Tiene aleta como las sirenas o pies y manos como nosotros? ¿Es alto? ¿Qué come?
                        -Come niños, diablillo... no, no, es broma, no tengas miedo, escucha. Fue una tarde de intenso poniente, había marejada; los barcos atracados en el muelle chocaban unos con otros y se levantaban con el oleaje como si quisieran salir del agua y correr a resguardarse en las calles del pueblo. Ningún pesquero había salido ese día a faenar, por lo que  estaba aburrido y me senté en la playa con el pelo alborotado, el abrigo puesto y las manos en los bolsillos. No quise distraerme con los agujeros que hacen las navajas en la arena para respirar, ni volver la vista cada vez que sonaba una ventana mal cerrada; fijé la vista en el agua con tal decisión y convencimiento que ni la venida del Apocalipsis hubiera podido sacarme de aquella concentración.
            Luisito esperaba con la boca abierta, anhelante, que yo dijera de una vez:
                        -Entonces aparecieron unos caballos blancos de largas crines y poderoso talle, que agitaban las patas delanteras en disposición de seguir nadando, pues habían emergido de la mar entre chorros de espuma blanca y una gran efervescencia, como si las aguas estuvieran hirviendo. Enseguida tomaron pie y vinieron hacia donde yo me encontraba; permanecí tranquilo, me había invadido un extraño sosiego, como si alguien me hubiera dicho antes que aquello iba a suceder y lo esperara de cierto. Sacaban y metían las patas en el agua avanzando con magnificencia, mostrando unos cascos de bronce que brillaban a su paso, atrayendo sobre ellos toda la luz del sol y devolviéndola deslumbrante, de manera que tuve que poner la mano delante de mis ojos para protegerme del resplandor y no cegarme.
            Hice una ligera pausa y reparé en que el niño tenía las manos fuertemente entrecruzadas, a juzgar por el color de la sangre agolpada en sus dedos; entendí haberle impresionado, mas no por ello atenué la intensidad de mi relato. No parpadeaba.
                        -Tiraban de un carro dorado de dos ruedas, que salpicaban el agua en su rodada, irisando los rayos del sol y descomponiendo la luz en sus siete colores. Sobre su plataforma, majestuoso y sobrecogedor, gobernaba el rey con la firmeza de un rinoceronte, sosteniendo en una mano las riendas y en la otra su tridente. Estaba desnudo y sólo sobre el hombro una red de plateada trama le servía de vestido; en su piel traía pegadas conchas y algas, caballitos, estrellitas, arena, escamas... Posó sobre mí su varonil mirada y me habló mansamente; su voz era profunda, ronca, honda como las simas del Atlántico.
                        -“Tú eres Osé, el pescador, el que cree en Neptuno, rey del mar y dios de las aguas, a quien llamaron Poseidón los antiguos griegos, y por tu fe te concedo el don de los océanos: Allá donde vayas te obedecerán las aguas y los vientos; se amansarán a tu presencia huracanes  y galernas, jamás podrán hacerte daño chispas o relámpagos y será venida de tu mano la ley del mar a cuantos seres habiten sus aguas. Eso ordeno desde este punto y hora”.
                        -Entonces –continué-, me tocó con el cabo de su tridente, depositando sobre mi cuerpo una energía colosal, que instaló en mi persona una aureola luminosa que todavía algunas noches percibo en la oscuridad, y esta señal, que todavía conservo.
            Subí la manga de mi camisa hasta dejar al descubierto un ancla que llevo tatuada en el antebrazo y se la mostré al chaval. Él la miraba con precaución; noté que estaba temblando y estuve a punto de desbaratar el invento, de desmentirle toda aquella historia, de volverle a la tranquilidad de la existencia cotidiana, a su patinete, a los días de playa y sombrilla, a la indolencia de lo común.
            Sólo con haber subido un poco más la manga, mostrándole el nombre tatuado más arriba: “Lolita”, y aclarándole que todos los marineros suelen llevar uno parecido, el niño habría soltado todo el aire que acumulaba en el pecho y sonriendo, pensaría: “Hay que ver las tonterías que cuenta Osé, que tío más mentiroso, las cosas que dice...”
            Pero quise prolongar más su ilusión, o mejor, dejar que descubriera por sí mismo que todo había sido un cuento, que sus propias deducciones le llevaran a la amargura del desengaño, o que la vida en su dureza le hiciera sentir un día la ridiculez de haber creído las quimeras de  un viejo mezquino y embustero. De cualquier manera, el momento merecía la pena. Alargó la mano temblorosa, para tocar el ancla, como si fuera a coger una reliquia; le pasó los dedos por encima con el recelo de quien espera recibir una descarga eléctrica. Luego giró la mirada al agua y guardó silencio, hasta que su madre interpuso su voz a la del mar grande y volvieron a perderse entre aceras y esquinas. Yo rematé una red y preparé otra para el día siguiente.
3- El negro Kanouté
            Pasaron los días sin que supiera nada del muchacho, sin que se asomara siquiera por los muelles ni acudiera a ver cómo los pescadores de caña saltaban de alegría cuando picaba una pieza del tamaño de un boquerón. Comencé a echarle de menos, a sufrir la ausencia de alguien que, sentado a mi frente, atendiera mis historias sin recordar de repente que tenía algo muy urgente que hacer. Me había acostumbrado a sus cuestionarios y a que escuchara mis contestaciones, a que se asombrara con mis fábulas y a bloquearme con sus preguntas comprometidas.
            Su madre apareció por el puerto una tarde, cuando yo estaba recién llegado; quería hablar conmigo sobre ciertos problemas de aislamiento de Luisito. Dijo que se pasaba horas y horas mirando la mar, sin que nadie pudiera sacarle del ensimismamiento y que su padre y ella estaban muy preocupados; tuve que darme por aludido y enseguida expliqué a la señora la historia del rey del mar y que sospechaba porqué lo hacía. No comprendió del todo, a pesar de haberle contado pelo a pelo todas las circunstancias; aún así me pidió ayuda y yo me ofrecí gentilmente a ayudarles a recuperar al chaval de la seducción de aquellas ficciones.
Debo decir que de ninguna manera me hizo sentir culpable a pesar de la gravedad de su discurso. Pero me asalté de una importuna carga moral, especie de cargo de conciencia, al cabo por haber despertado en el niño aquellas vanas esperanzas de escapar a la realidad que nos ciñe, que nos hace sentirnos uno entre tantos, que nos subyuga a un mundo anodino,  tedioso y malhumorado que se ha deshecho de sus mitos y ha asesinado a sus héroes. No obstante me arrepentí de no haberle desengañado en su momento. La señora me acompañó hasta la playa, convencida de que yo era el dueño de la llave de aquel cerrojo, el que atenazaba el juicio y razón de su hijo, que sería capaz de sacar a Luisito de aquella desconexión y volverle a la realidad. Me señaló con el dedo el lugar exacto en que se encontraba; tenía las piernas abrazadas, encogidas sobre el pecho y llevaba puesta su habitual camiseta deportiva, con su número y un rótulo en color rojo sobre el mismo: “Kanouté”.
            Me acerqué sin que se diera cuenta y me senté junto a él en la arena, sin pronunciar palabra; pese a mi sigilo sabía que alguien había llegado y presagié que incluso adivinaba que era yo, pero ni siquiera me miró. Esperó que yo disparara primero.
                        -Dime, niño, ¿qué significa “Kanouté”?
                        -Es un centrocampista, juega en mi equipo este año. Dijo fríamente y sin volver la cara.
            La volví yo y observé que su madre permanecía de pie al principio de la arena, junto a la baranda del paseo.
                        -Y... ¿Es bueno, hace muchos goles?
            El niño empezó a recitar, como una letanía mil veces repetida, edad, peso, altura, lugar de nacimiento, goles y asistencias del jugador, qué sé yo... Cuando terminó, guardó silencio de nuevo; en ningún momento volvió la vista hacia  mí.
                        -Es negro. Dijo de pronto, cuando yo iba a preguntarle qué estaba haciendo allí. Cambié la pregunta.
                        -¿Te gustaría ser como él?
                        -Ya no. Dijo.
            A continuación me hizo desear que la tierra se abriera a mis pies y me tragara. Afirmó no querer ser futbolista, como antes, sino como yo, un hombre mágico que mandara las aguas y los vientos y estableciera la ley de los mares; un ser fabuloso pleno de sabiduría y diferente a todos. Para ello tendría que encontrar a Neptuno, pedirle que posara sobre él su tridente y le dotara de aquellos poderes. ¡Como yo! No me has visto en la ribera, un marinero acabado que espera a la parca junto a la orilla, un fracasado que repara nudos al sol y escribe líneas de desolación para ahuyentar otros más graves miedos... ¡Como yo! Me sentía cada vez peor y no sé si tuve la sensibilidad adecuada a aquellos momentos para persuadirle. Lo intenté como pude.
                        -Amigo, ¿sabes que a veces los hombres cuentan sus sueños como si de verdad los hubieran vivido? Quiero decir que alguna vez te habrán contado una historia que jamás ha pasado de verdad, ¿entiendes? Tu propio padre te habrá  contado cuentos, ¿te habló de los Reyes Magos?
            Lentamente, como si estuviera recomponiendo un mecanismo averiado y éste diera señales de funcionamiento, volvió su mirada clavándomela cruelmente y haciendo que se descompusiera en segundos el poco espíritu que me alumbraba. Quise reaccionar a la desesperada; la situación se me planteó insostenible. Los ojos húmedos.
                        -Así que no debes darle mucha importancia a las historias de los viejos marineros. ¿Recuerdas que te dije que mienten a menudo?
            Se puso en pie; yo me levanté con él y frente a frente, preguntó, con tal amargura que pareció penetrar mi corazón y hacerse mía:
                        -¿Neptuno?
            Había entendido a la primera; le dije que sí moviendo la cabeza y entonces quedó convencido del todo. Me sentí aliviado; después de todo no tuve que hablar mucho ni dar muchas explicaciones. Sólo tuve que sufrir dolorosamente un puchero que hizo con la cara y dos lagrimones, como grandes perlas grises, que recorrieron sus mejillas antes de dejarme sólo en la arena y correr hacia donde estaba su madre; creo que no le hubiera hecho más daño atravesándole con una espada. Su madre vio abierto el firmamento; le abrazó como abrazan las madres, enjugando en su blusa el sentido llanto y dirigiéndose luego a su casa alquilada. Aquello tuvo que pasar así, y pasó por fin. El nunca miró hacia atrás; antes de marcharse me miró la mujer asintiendo, mostrando el agradecimiento en su gesto al volver la espalda. La vi como a una nueva Madona de pantalón corto, largas piernas y rubia melena que portaba en brazos al Cristo al que yo acababa de atravesar con mi lanza.
            Fue su padre el que acudió pasados unos días a decirme que el niño había vuelto a la normalidad; me habló de pedagogía moderna, me informó de la importancia de no mentir a los niños, de enseñanza estructurada, citó algunos libros, algunos autores... Yo le escuchaba recordando las candelas de la playa y las historias que narraban nuestros mayores a su calor, las lecturas de juventud, el sueño del futuro regreso a Itaca. Le pregunté si Luisito volvería al muelle para verme.
                        -Dice que es usted un mentiroso, no quiere verle más.
            Fue duro conmigo; no sé si intencionadamente. A partir de esas palabras intenté acelerar nuestra despedida; después lloré abundantemente, con la cabeza apoyada sobre la popa de mi vieja barca. La pintura ya estaba seca.

4- El loco y el mar
            Una mañana clara arranqué el fuera borda y me dispuse a salir de pesca; relucía el casco de la barca y sus blancos reflejos lastimaron mis ojos por un momento, justo antes de acomodar el canasto bajo la tabla de mi asiento y hacer recuento de todo lo necesario para partir. Busqué, como siempre, la lejanía y el silencio; perdí de vista todo rastro de tierra firme y el vuelo de las últimas gaviotas que se atrevieron a retirarse de la costa tanto como el loco que manejaba aquella barca. Después de colocar la carnada solté el palangre y coloqué un buen trozo de sardina en el anzuelo gordo con el cable de acero, por si algún monstruo de las profundidades era capaz de enfrentarse conmigo en la disputa. El agua casi dormía.
            Más tarde el aburrimiento se hizo conmigo y bostezaba; sólo el chapoteo de algún pez que salía volando del agua para huir del hastío de la inmersión continua me hacía mover la cabeza en tal o cual dirección, hasta que noté una extraña agitación y me así al cabo del cable de acero, presintiendo y deseando batalla, pero no estaba tenso. La mar estaba rara, muy rara. Delante de la embarcación se produjo sorpresivamente una gran cantidad de espuma blanca, como si de ella fuera a emerger un continente, pero lo que apareció por allí hizo acelerar mi corazón a tal velocidad que parecía que iba a estallar.
            Ahora, en el hospital, me dan tranquilizantes cuando obstinadamente, vuelvo a contar la historia; temo que nadie me creerá nunca. Ni siquiera mi amigo Juan, que me encontró desvanecido en la playa con esta tremenda herida en el brazo que casi me desangra y respirando a duras penas. Juan creyó en principio que alguien me había golpeado y abandonado en la orilla y así lo hizo saber a la Guardia Civil, pues en una mano llevaba prendido un manojo de pelo largo, negro y fuerte y que parecería haber sido arrancado de cuajo. Mi barca está hecha tablas en la escollera, flotando en mil pedazos a merced de las olas; en el pueblo ha extrañado mucho, según me cuenta Juan, que un marinero de mi experiencia se hiciera a la mar aquel día de borrasca tan impetuosa. Yo les he jurado que era una balsa cuando salí, pero se lo toman como parte de la historia fantástica que creen he inventado; ya lo he asumido.
            Osé, el viejo pescador, el marinero, se ha convertido de golpe en el viejo loco del pueblo, del que se reirán los muchachos y a quien mearán los perros los perniles. No me saludarán los jubilados en la taberna, sino que  cuchichearán  a mi espalda cuando pase, y las mujeres aconsejarán a sus hijos no sentarse conmigo en el muelle a que les cuente mis batallas. Pero el loco Osé tiene que cumplir algunas cosas antes de que aparezca la flaca; entre ellas y de las más principales, volver a charlar con Luisito, para que sepa que todos los sueños  son buenos y todas las ilusiones valiosas, que vivir en la esperanza es vivir de verdad y sin ella el camino oscuro. Quizá me vuelva la cara  cuando le encuentre, con el desprecio que merecen los farsantes, con el desdén propio del ofendido, que no me escuche por el temor de recibir nuevas mentiras, que tenga que jurarle que no le engaño, que es el mundo el que está equivocado y le empuja  en su vorágine a la oscuridad de los días y las noches de angustia y aflicción. Puede ser que también me recuerde con entusiasmo, que transmita mis patrañas a sus amigos del colegio, aunque es posible que me olvide poco a poco, cada vez que encienda su ordenador, cuando vaya al cine o en cada ocasión que celebre un gol del negro Kanouté.
            Mientras vuelve su familia a veranear a mi pueblo, seguiré componiendo aparejos, rehuyendo lluvias y fríos y anhelando poder repetirle de nuevo en mi relato la fascinación que produce el canto de las sirenas en alta mar, el terciopelo de la brisa que dan los ángeles en sus aleteos, que ayudan a los pescadores cuando el sol castiga su faena, o la ocasión en que la Virgen del Mar salvó nuestro barco cuando estuvimos a punto de encallar en los arrecifes. Lástima que no podré contarle, porque no me crea, que esta vez fue de verdad, que estuve delante del rey Neptuno y que fui herido de su ira, quizá por haber mentido, una tarde de intensa borrasca.

Foto de mi hija Maria de los Reyes, de nuestro último viaje a Roma

2 comentarios:

  1. tito muchas gracias me encanta me he acordado de muchos momentos

    ResponderEliminar
  2. Te lo escribí hace años, cuando en Chipiona me preguntaste que quién mandaba en el mar. Estabamos de vacaciones en casa de mi hermana, quizá tú no lo recuerdes, porque eras muy pequeña. Ahora lo he puesto aquí, porque en los concursos literarios no me lo premian. Será por malo. Gracias por tu mensaje.

    ResponderEliminar