El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

sábado, 13 de septiembre de 2014

LETRAS DE SOLEÁ


Las penas que yo pasé,
por Santiago y Sant´ana
en Triana las dejé.

No me cobró el regaliz
el tío del quiosquillo,
al otro día volví.

La soledad, noche fría;
hechicera y calurosa
la luz de tu compañía.

Triana son Esperanza,
el Juto y el Herejía,
la Perla, el Coco y Pastora.
Sevilla es la lejanía.

Cimenta bien tu defensa,
que el que pega muchos golpes,
a muchos golpes se enfrenta.

Yo tengo por absoluto
que siendo la rama mala
no puede ser bueno el fruto.



José Luis Tirado Fernández

domingo, 7 de septiembre de 2014

MACHUCA, EL PINTOR


                Del 5 al 28 de septiembre, en la casa de la Provincia, en la plaza del Triunfo, de martes a domingo y en horarios de 10.00 a 14.00 y de 18.00 a 21.00, Manuel Machuca nos ofrece una visión particular y singularísima del flamenco y la pintura. El día de la presentación, nos ofreció unas alegrías, cantó por soleá y remató con unos fandangos del Carbonerillo mientras que pintaba dos cuadros…¡al revés! En el video que se inserta al final de esta entrada pueden ustedes admirar esa habilidad de este extraordinario personaje, humano, afable y sobre todo, artista:




  
¡Qué buenos soníos salen
de sus pinceles cantores!
¡Y qué grácil la garganta
que da tan buenos colores!


De la paleta y el cante
son sus fandangos mejores:
talento largo  y coraje,
pintor de los cantaores.




Ligera pasa la yegua
que lleva a su lomo el arte,
Manuel se agarra a su crin,
que a pintar no hay quien le gane.



José Luis Tirado Fernández

viernes, 5 de septiembre de 2014

BARBERO

Dedicado al Barbero de Sevilla.
Ar de Rossini, no,
ar de Amó de Dió.
                                                                     Anda vete, anda vete,
barbero loco,
que mi mare no te quiere,
ni yo tampoco.
Popular


Su negocio es un museo
y sus tertulias recreo,
reuniones distraídas
donde no cabe el mosqueo,
sacan a escena el boxeo,
y de futbol, sin rodeo,
sus colores sin medida
en un sano chismorreo:
si no hablan de toreo,
hablarán de las corridas.
¿Ta´enterao?

De Sevilla, sevillón,
aunque este nos ha salido
indomable verderón,
querido por su afición
y speaker del alirón
de ese tiempo que se ha ido.
Paulao.

Si me siento en el sillón
sabiendo de mi pasión
por el rojo de Nervión
no te arriendo lo obtenido,
que me encuentre el sorpresón
del súbito trasquilón
en el revés de un descuido.


¡Con qué carácter maneja
las tijeras y cuchillas!
y lo mismo te aconseja,
que te recorta las cejas
los pelillos de la oreja
que te iguala las patillas,
que hasta te ajusta la capa
te pone la cara guapa
la insignia de la solapa
y aceite en la lamparilla.
Como está mandao.

Por no aburrir al cliente
enciende un mágico ambiente
y al final, magistralmente,
por el arte de la guasa,
te ondula el caracolillo,
te guillotina el flequillo
y después te dice: “quillo,
ya puedes tirar p´acasa”.
Arreglao.

Cerquita de la Alameda
es donde nos toma el pelo,
mas, no sé porqué, me huelo
que con el que mi me queda
tendrá poquito currelo,
así que el lunes me ajusto
y si no me pasa ná,
en su local me tendrá.
Y como sé de su gusto,
le dejo una soleá:

No tengo duda ninguna,
las tortas de Inés Rosales
son retales de la luna.


José Luis Tirado Fernández

sábado, 30 de agosto de 2014

FRANCISCA Y DIEGO (Primera parte)


            La miraba desde sus ojos de niño, desde esa atalaya de la apatía en que se estaba asentando su conducta con la edad. Pero esa presentida indolencia no podía permanecer en pasividad cuando, desde detrás de los visillos, la veía pasar. Desde luego no podía relajarse, porque Francisca ya había dejado atrás, aunque poco pudo disfrutarlos,  los juegos o caprichos de la infancia, y estaba dejando salir de su interior a la mujer que siempre contuvo y en la que siempre confió, ella misma, en unas exuberantes disposiciones de relieve sensual, carne allí donde convenía, curva y suspiro donde se aprecia, garbo, postín, grácil movimiento de caderas,  libido total para los ojos de un hombre, tormento y ojeras para los sueños de un niño. Inútil, pues, abordar el sofoco de aquella caldera que le hervía dentro del corazón y que estaba a punto de abrirle un cráter en el pecho. O eso era amor o su pubertad le estaba estafando. Ese amor, estreno preferente, fantasía primaveral que todos los debutantes consideramos como el único verdadero y que, luego, la locomotora del tiempo arrolla y hace desaparecer entre sus coronas. Ahora, esa condenada fuerza estaba desplazando su interés por la lectura y el estudio, que alentaba su hermano Modesto, y cristalizaba en sus adentros aquella cálida querencia; se debe dar ese nombre a lo que Diego sentía. Querencia por la frescura y el placer, por lo inesperado y lo apetecible, por lo tierno y lo desconocido, querencia, pues, porque todo en la vida es una pura querencia.
            Algunos días, en la azotea, donde escudriñaba atardeceres, la veía subir con el canasto de ropa recién lavada y su talega de alfileres de madera, acompañada de su hermana Rosarito, que iniciaba al verle una risita con la que intentaba disimular su pudor infantil, mirando hacia otro lado, cada vez que coincidían. Paca cantaba extrañas y retorcidas melodías, que repetía cada vez que se perdía en los melismas, mientras vestía los cordeles de flores estampadas y blancor de sábanas, alzando callejones y pasillos a los que Diego se asomaba para contemplar en la agachadilla el túnel que se abría en el escote y que le causaba estremecimiento desde el sacro hasta la nuca. Pero algo más había podido descubrir cuando, inclinada sobre el lebrillo, acompasaba el compás de la soleá con los apretones sobre el refregador de madera, en el lavadero comunal de la casa, con Diego, a quien pedía compañía en su faena porque temía a las ratas que  frecuentaban aquel lugar de lavandería. Él, claro, siempre estuvo tentado de soltar el tejo en aquel sitio fresco y oscuro, pero al final, la dejaba ir sin haberse atrevido al lance valiente, al ataque audaz, sin haber intentado siquiera el roce casual y sorpresivo. Ella, entre cante y cante, le sonreía, conocedora de las ardientes ínfulas del chaval, que claro, había notado; pero no estaba para quereres, sabía bien lo que quería y luchaba por ello, e intuía lo que estaba por llegar. Bastantes broncas y exabruptos le aguantaba a Maria en Triana -y sus peleas con el ronco-. como para abandonar ahora y echarse en brazos del primero que llegara.
            A colación de la primavera, tendían los marchantes su mercancía sobre las mantas, los jueves temprano. La calle Feria bullía entonces, haciendo llegar los rumores de su algarabía hasta aquella azotea de casa humilde de vecindad, donde habitaban los dos jóvenes. También bullía con más efervescencia la sangre en las venas del niño. Uno de esos jueves, al atardecer, escucharon los vecinos de aquella casa sones de cornetas y tambores. Las vecinas, que ensartaban mariposas junto a la húmeda fragancia de los rosales, soltaron los dedales y las agujas y buscaron lo que anunciaban aquellos clarines, andando hasta la correduría. Cuando llegó Diego ya estaba Paca ocupando su sitio entre el gentío; decidió, al verla sola, ponerse junto a ella. Como esa tarde no tenía que trabajar ni en el despacho del procurador ni en la panadería, había decidido dedicarla al estudio, hasta que la música y las carreras de Francisca hacia la calle le movieron a seguirla. Se acomodó detrás, dejando espacio suficiente para no rozarla, aunque eso era cuestión de tiempo. Tres años de edad le llevaba la mozuela al chaval, pero eso no había sido obstáculo para que él le sacara una cuarta -en lo referente a la estatura- y pudiera mirar por encima suyo el discurrir de los nazarenos. Varios hombres con canastos de asa ofrecían su mercancía; unos, almendras tostadas, arropías o camarones los otros. Cuando se aproximó el primer paso, no andaba el mozo ansioso por contemplar aquel Cristo arrodillado, mirando al cielo, sino más preocupado por colocar una mano en la cintura de su oponente, que no hizo nada por espantar aquel contacto. La lógica natural previno entonces que fueran las dos, una en cada… quiero decir cadera.

(CONTINUARÁ)

Calle Feria, 1900. Impagable foto del archivo del diario ABC. El paso está parado en la esquina de Quintana, y la Cruz de guía se dispone a entrar en Correduría. La droguería de la cuarta casa la conocí, e incluso compré alguna lata en los ochenta. Parece increíble, pero algunas de las casas, muy reformadas, siguen en pie.  Los vecinos sacan las sillas a las puertas de sus casas para ver la procesión. Las señoras se adornan de mantoncillos o chales, los caballeros alternan los bombines con sombreros de ala ancha. Los vendedores ambulantes ofrecen sus delicias al público. Así era la Sevilla flamenca del XIX.


José Luis Tirado  Fernández

            

domingo, 17 de agosto de 2014

PAN


         ¡Cuántas horas de alerta desde el tajo de la hoz a la blanca nube de la tahona! Te amé como a la hembra, tierno y cálido, como a lo nuevo, inmaculado y recién hecho, joven. Fuiste, si asentado y en madurez -textura firme-, besana donde hoyar canales para que habite el aceite. Si seco y duro, básico ingrediente, fiel de la romana con tomate, vinagre y sal, eje de la tradición sureña. Si hasta verde, mi bien, te quiero, y mohoso, pues hallo en tu sinople el mágico secreto culinario de los chefs parisinos. (1)
         Eres tú bendito son a crujido de corteza, arpegio de migajón, blanda soba  que posterga el hambre, diana floreada de los estómagos de la posguerra, que a una humilde hogaza cuando aún guarda su febril condición, que al más grato manjar de los fogones reales, que al pícaro tradicional de la comedia.
         Eres el pan, en fin, el viejo camarada, cuando duro o florecido, besaba mil veces mi abuela antes de tirarte, como añejo ceremonial de culto y gratitud. O material de contrabando, cuando entre las piernas y camuflado en las faldas salvaban el fielato de la miseria.
         Tú eres la reñida estrofa en el paladar de los poetas,  el quimérico deleite de los flamencos cuando comen, raya en el agua literaria, sordina del dato de los gobiernos, látigo de las modas y las dietas, negación del artificio, dorado manto que mayea en el cauce espiritual de los campos.
         Sí, tú, partícula divina y eterna que exalta el cura que consagra, blanco bajel, polvo de los molinos, velero que atraviesa la tormenta y encalla en los rompientes de la sopa, compañero fiel del cartucho de pescado. Del horno familiar de los corrales de vecinos, presente solidario de los desposeídos, tesoro cuando acaece, fortuna cuando abunda, no va más si encima eres blanco, clara mañana de la infancia, cuando en tus hechuras se adivina deleite singular del apetito, o bien el tierno beso,  libre de la competencia del más sabroso de mujer, buen aroma, condena del ayuno, gente nuestra, calor de familia y gloria a Dios en las alturas.




jueves, 7 de agosto de 2014

PRESECILLO EN LA CÁRCEL



Presecillo en la carcel yo me hallaba,
carcelero, si me muero,
que no me tapen la cara.









miércoles, 6 de agosto de 2014

LETRAS SUELTAS DE FLAMENCO

Soleá

El yunque de los gitanos
tiene mejores soníos
que la fragua de Vulcano.

No tienes escapatoria:
de mí puedes escapar
pero no de mi memoria.

Bendito sea todo aquel
que aunque no me de ganancia,
tampoco me haga perder.

No te quito la razón,
estoy de acuerdo contigo
unas veces y otras no.

Alegrías

Vende la gitana guapa
sus moñas y una sonrisa,
vende jazmines del parque,
del parque de Maria Luisa.

Que me las tienes que dar,
las flores de tu canasto
pa´lucirlas en el ojal.


José Luis Tirado Fernández

RETRATOS EN DÉCIMA

GAZA

Otra vez. La pesadilla
no acaba, vuelve a empezar,
de nuevo quiere atrapar
su cola la pescadilla.
Aunque le lean la cartilla
foros internacionales
no tienen final sus males
porque ni por un momento
da cancha al entendimiento
ni a propuesta racionales.

Otra vez. Fija su credo
hasta la última coma
y sigue tomando a broma
las explosiones y el miedo
porque no le importa un bledo
la hecatombe y la ruina
cuando la misión termina
con éxito. Su castigo,
que el despreciado enemigo,
tiene su misma doctrina.

Otra vez. Ojo por ojo,
tú la haces tú la pagas
son las lecciones aciagas
a las que puso cerrojo
y sin señal de sonrojo
 en vez de una solución,
una bala de cañón
a su oponente promete,
pues setenta veces siete
es demasiado perdón.


José Luis Tirado Fernández

domingo, 3 de agosto de 2014

RETRATOS EN DÉCIMA

PUJOL

Para que el pueblo le crea
ofrece la cara amable
y luego le clava el sable
el corchete y la correa.
Se extravió en la pelea
quien fue en tiempos buen doctor,
alférez y hasta inventor
de una célebre pomada,
hoy se confiesa, ahí es nada,
delincuente y evasor.

Ínfulas separatistas,
¿dónde estáis, que ya no os veo?
se puso el asunto feo
con lo de los carteristas
y lloran los activistas
lágrimas en español,
pues no esperaban el gol
de quien se puso al socaire
y les dejó el culo al aire:
el honorable Pujol.

Más salidas que un torero,
porque en treinta y cuatro abriles
pusieron cientos de miles
en cuentas del extranjero.
Pues su oficio verdadero
es pintor, porque blanquea,
hasta que el juez estropea
conducta tan intachable:
si este tipo es honorable,
que venga Dios y lo vea.

José Luis Tirado Fernández

sábado, 26 de julio de 2014

ME LLAMASTE FLAMENCÓLOGO


Me llamaste flamencólogo,
no te he de perdonar,
yo sólo venía a cantarte,
y no a hacerte ná.


Me invitan a un programa radiofónico en el Altozano, para hablar de Triana y del cante. Antonio Martín, el conductor, junto a Paloma Pérez del Campo, me presenta como José Luis Tirado, flamencólogo.
Querido Antonio, te sigo apreciando.
Puede escucharse pinchando aquí.

miércoles, 23 de julio de 2014

SONETO DE LA ACTUALIDAD

Lo dice Pablo y poco se equivoca:
trabajan poco y ganan mucha pasta.
Cada vez más la gente se sofoca,
se enfada, se rebela y dice basta
al arte de vivir la vida loca
que alardea la casta por la jeta.
Muere el pez casi siempre por su boca,
y no me cabe duda que el coleta
también será algún día de esa cuerda,
aunque ahora se empeñe en que creamos
que es él el timonel de nuestra izquierda.
Seguro, con la vida que se dan,
llegado será el tiempo que tengamos
demasiado chorizo y poco pan.


José Luis Tirado Fernández

jueves, 17 de julio de 2014

OIDO EN LA BARRA DEL BAR VII


                ¿Un hotel de tres estrellas? No sé lo que entienden en Francia por un hotel de tres estrellas. La mesita de noche era tan chica que sólo cabía la dentadura postiza…
***
                Feo era, pero el más feo del mundo, el padre, cuando nació, denunció a la matrona…
***
                Juan, qué alegría más grande, ¡Que me he quedado embarazada! le dice al novia al novio una tarde. ¿Qué quieres que sea? Pues... una broma…
***
                La vergüenza se ha perdido en el mundo, amigo. La moral y las buenas costumbres. El otro día se estaban peleando dos muchachas en el hueco de escalera de mi bloque y la madre de una le decía: “Dile puta, antes de que ella te lo diga a ti…”
***
                Se nota la crisis, la gente no va al dentista ni a empastarse una muela. ¡Claro! ¿Para qué va a querer una muela si no va a usarla?
***
                Un matrimonio está en Pamplona, durante las fiestas de San Fermín, viendo pasar un encierro. El marido se asoma por el hueco de la valla y la mujer le dice: Manolo, ten cuidado, no te vayan a dar…. con el periódico.
***

                

lunes, 14 de julio de 2014

MI CIUDAD NO TIENE NOMBRE


Mi ciudad no tiene nombre,
dicen hasta que es mentira,
que un sueño jamás convive
con el sitio que se habita,
que no atienden los deseos
a cuestiones metafísicas,
que las aves pasajeras
cuando llegan, dosifican
el tanto por ciento justo
para el sitio donde anidan,
y allí donde se enamoran
dejan volar sus cenizas.

EL NOMBRE DE SUS COSAS

Soy fuego de sus entrañas
para el carbón de la hornilla,
pavo real de su parque,
desvelo de sus vigilias,
el murmullo de sus fuentes,
el trole de sus tranvías,
alhucema en su perfume,
abanico de puntillas,
esencia de las burbujas
de Revoltosa y Zumbina,
soy albero de sus cines,
sombra de su mediodía,
cincel para sus cadenas,
almirante de Castilla,
jazmines para las moñas,
alminar de su mezquita,
adarve de su muralla,
enea para sus sillas,
parissienne de los chiquillos
y carmín de su sonrisa.



EL NOMBRE DE LA GLORIA

Soy marzo, cuando derrama
la sangre de su heridas,
y muñidor de los pulsos
de esta devoción bendita,
senatus de la centuria,
banderín asuncionista,
tintinábulo pluvial,
el velo de la manguilla,
cabeza de la serpiente
de su corona de espinas,
soy testigo fiel de un tiempo
que pasa, mas no termina.
Soy abril en la portada
y el brillo de sus bombillas,
el clavel de las gitanas
que las solapas abriga
o ensalza sobre su pelo
la gracia de las mocitas;
yo soy Pepe el escocés,
con su falda y su boina,
venero de donde manan
arroyos de manzanilla,
belleza de las mujeres
con los volantes de Lina,
arquitectura de encajes,
de tiras bordás o cintas,
bajorrelieves que ondulan
cuando bailan seguidillas.
Soy junio, con sus calores,
soy el grano de una espiga
que floreció en su custodia
cuando el Corpus, aquel día,
filtró en la plata de Arfe
la luz entre sus rendijas.
En Diciembre soy campana,
villancico y melodía,
cantarillo y pandereta,
clavija, bordón y prima
y en las cintas de colores,
júbilo y algarabía;
consuelo en los hospitales,
amistad y compañía,
caridad para los mártires
del mundo y sus tiranías,
carrozas del ateneo
con ilusiones cumplidas,
repelón de caramelos,
cielo de miradas limpias
y pañuelo para el llanto
de aquel que lo necesita.


EL NOMBRE DE SUS CAMINOS

Mi calle es la calle aire,
que es el mismo que respiran
la flor de sus literatos,
bardos, autores y artistas
Mi calle es la calle Lanza,
Vidrio, y Acetres, y Lira,
y Conde de Torrejón,
y Encarnación, y Regina
antes de que hicieran setas
y apuñalaran su estima.
Yo vivo en la calle amor,
y hallé la perla escondida
en la ciudad de mi anhelo
que es mujer por ella misma,
pues su hermosura enamora
y sus hechuras cautivan.
Dígase que mi ciudad
es mujer… y es poesía.


EL NOMBRE DE MIS ACERAS

Soy arcilla en los tejares
de la calle Alfarería,
visillo de sus zaguanes,
soleá de sus esquinas,
mostrador de sus tabernas,
cuna del cante y vigía
del puerto camaronero,
grité ¡tierra! en la conquista
del empeño de unos locos
en los que nadie creía,
soy heraldo de su puente,
arenero de Chapina,
soy el niño que le pide
a Enrique el de las pavías
caminito del Astoria
dos reales de mijitas.
En la entrañable plazuela
soy el pilón de las ninfas,
y en su río marinero,
soy el fanal de su orilla.
En mi alma grabé a fuego
las voces que me dormían
meciéndome con sus ecos,
o las cosas que vivía
en el patio del Morapio
y el corral de mi familia;
no puedo negar su sello,
porque su huella me obliga,
y aunque mi ciudad me atrapa,
tengo en Triana mi vida.

MI NOMBRE

Y para saber quién soy,
qué persigo, y qué me guía,
me columpio en los compases
de un cante por siguiriya,
y sé entonces de su empaque
y el porqué de su alegría;
a su bendición me acojo
y a su intimidad de amiga,
pues con sus brazos de madre
mis ansiedades cobija,
y pone puntos finales
a pesadumbres y cuitas
para que florezca el hombre
en la humildad de su rima,
dichoso por entregarle
la gratitud de estas líneas.



José Luis Tirado Fernández

MI CIUDAD NO TIENE NOMBRE



Mi ciudad no tiene nombre,
Híspalis fue, por romana,
por musulmana, Isbiliya,
Serva la barí gitana,
y yo la llamo… Sevilla.



José Luis Tirado Fernández

viernes, 11 de julio de 2014

DISEÑO DE UNA JUERGA


                Ya nadie canta en los bares. A menudo cojo la sonanta, cuando tengo poca gente, y doy liberación a mis padecimientos; melancolía unas veces, dolor de riñones otras, las más el hueco en el cajón de la registradora, me motivan a soltar el aire que se me encona en el pecho. Esta mañana, una señora de La Puebla de Cazalla, uno de los pueblos más flamencos y cabales de España, me preguntaba, al ver los agradecimientos que tengo aquí colgados, si yo era cantaor. -¡Más quisiera yo, señora. Aficionaíto y de los discretos. Mientras que ella y su hija acababan el desayuno, me fui a mi rincón y me dio por ahí, sí, por un fandango del Carbonerillo por bulería. Tenía ganas. Un cliente que tomaba café me hizo compás con los nudillos y creamos, en un momento, una escena de las antiguas, de las de toda la vida, pero a la vez una rareza. Un cante en un bar. La gente que pasaba por la calle se paraba en medio de la acera y miraba. Algo extraño sucedía; había cante dentro de un bar. Tristemente, se suele repetir la misma circunstancia. Me sorprendió gratamente que las dos mujeres, al acabar el cante, rompieran en aplausos; el corazoncito se me colmó y se lo dediqué a ellas y a su pueblo.
                Ella, la embarnizá, tiene treinta y siete ferias. Está llena de polvo, de grasa, de salpicones de vino y cerveza, y luce unas grietas en los ensambles a consecuencia de las humedades que debo reparar con urgencia. Pero suena, acompaña y consuela. Me gustaría conocerla mejor, moverme por su mástil con soltura, llegar al final de sus escalas con brillo, no distraer su compás un segundo, alzarla al final como un trofeo. Pero soy un negao.
                Volviendo al meollo del tema, y haciendo examen frío y objetivo, es, me parece… bueno, que el flamenco está así, de esta forma, que sólo vive en las academias, las peñas y en las asociaciones que se preocupan de su enaltecimiento, mantenimiento e idealización, y que sólo quedamos cuatro que lo hemos mamado en casa, en la calle, con los amigos, en los bares, sí, en los bares y en las tabernas, pero que en realidad es o se está convirtiendo en un.. ¿Qué? ¿Reliquia, música étnica, un movimiento cultural que sólo interesa a japoneses y determinados intelectuales? No sé lo que es en este momento, pero que ha dejado de ser del pueblo, es seguro, porque eso de que la gente se admire de escucharlo dentro de un bar es una demostración elocuente. Y los aficionados, ¿dónde andan? A lo mejor refugiados en los nombrados círculos. Una endogamia muy particular. No soy un sociólogo del flamenco, ni me considero capaz de profundizar en el problema, pero me duele. Mucho.
                No estoy preparado por tanto, para montar una teoría digna del curso, discurso  y derrota que está adquiriendo nuestro arte, pero conocí un tiempo en el que la juerga en los bares era algo tan cotidiano y familiar, que algunos establecimientos, afectados de cierta elegancia –subjetiva- o categoría, colgaban el cartelito, ¿verdad, Agustín? de la maldición. Tiempo pasado. No creo que vuelva. Mientras, gocemos de los ratitos que el flamenco-amistad pueda ofrecernos, creo que pocos, muy pocos.
                Personalmente, y desde que murió mi amigo, estoy out. Hace mucho que no me divierto, y las risas de mis nietas son por ahora, sustento de mis días y esperanza en el futuro. Pero me gustaría, ya que estoy poco relacionado con la actualidad flamenca, pasar algún ratito de los de antes, de los cabales. Los campanilleros en época navideña, me consuelan también de esta hipocondría que me acomete. El verano es para las bicicletas, la primavera, incienso, música y flores, y el otoño, tristeza y penumbras grises. ¿Un deseo? que me ponga a cantar un día y que la gente pase por delante del bar y no se asombre. Y que si alguien sabe dónde y a qué hora puede surgir el duende, que me avise.
                 
Mientras, unas divagaciones al pelo.
Diseñe usted una juerga. Ponga una cruz en cualquiera de estas opciones, aquella que crea más asequible:

-Salga usted de noche y entre en los locales en los que  anuncian flamenco en los carteles. Intente participar.

-Cite usted a todos sus conocidos y propóngales una fiesta, con vino, comida y local. Si entre ellos no hay nadie capaz de arrancar una nota a un instrumento o tocar dignamente las palmas como mínimo, llame a un cuadro baratito. Los hay.

-Entre usted en un bar y coincida casualmente con varios aficionados a la hora justa y en momento adecuado. Si en el bar está puesto el cartelito, mejor.

José Luis Tirado Fernández

-

CUATRO SON LOS PUNTALITOS



Cuatro son los puntalitos
que sostienen a Triana,


SAN JACINTO



LOS REMEDIOS




LA O




Y SEÑÁ SANT´ANA









domingo, 6 de julio de 2014

EL COMPONENTE PROTECTOR


                Llegó caminando suavemente, ofreciendo su mercancía. Se confundía con la noche; hasta la mochila, que traía colgada, era negra. Este no era, como dicen los eufemistas, los que llaman excusados a los retretes, un hombre de color. No. Este era negro, pero negro… como mi suerte. Ahora me acuerdo de Deborah, la mujer de mi amigo Pepe, tumbada en la arena de Chipiona, cuando se le preguntaba: -Niña, y tú, ¿para qué tomas el sol? -Porque me pongo más negra. Y sonreía. A ella, claro, a ella nunca le gustó que le dijeran que era de color. -Pero, ¿de qué color? Negra, soy negra. Pues eso, que éste era negro.
                Frente a donde yo estaba sentado, cenando, en un velador múltiple, de esos que se forman juntando tres o cuatro y acoplando varias o muchas sillas a su alrededor, siete jóvenes, varones todos, bebían, brindaban y reían; y mariscaban, pero no metidos en agua hasta la cintura, ni sorteando el oleaje en los acantilados, éstos no le hacían fiesta a las cabezas, precisamente, por muy bonito que sea ese pueblo. Se delectaban con los troncos y llamaban al camarero para que retirara los platos llenos de cáscara. Otro acudía presuroso con una cubitera de repuesto, fresca y sudorosa, que contenía ora vino blanco del condado ora espumoso, con los que hacían pasar el bocado, en un sublimado esfuerzo. Llegadas cuatro bandejas de carabineros, yo calculo su tamaño por la longitud de mi brazo y el grosor del mango de una piocha, sacaban sus teléfonos de última generación y tomaban poses con los bichos en la mano, mientras sus compañeros disparaban. El negro les ofrecía amablemente unos cedés piratas que traía en una mano y alguna baratija que sostenía con la otra. Ninguno de los jóvenes le prestó atención. –Quillo, y tú, ¿qué edad tienes? –Yo treinta y uno, ¿porqué? –No, que yo te hacía más mayó… -También llevo polos, polos baratos…
                Creo que desapareció cuando alguno de los camareros le invitó amablemente a hacerlo. Se me vino una frase que Pablo Iglesias, el de “Podemos”, le expuso a Ricardo Fernández Deus en un debate: “Los liberales entienden que puede haber libertad y que puede haber justicia, si dos personas,  uno que duerme en un cajero automático y otro que tiene dieciocho cuartos de baño en su casa, tienen derecho al voto…”. Lógico. Y al día; unos jóvenes que gastan cientos de euros en cenar, ¿cómo será el almuerzo? y un negro que se ha jugado la vida en un cayuco y que esta noche va a dormir en la playa, soñando que mañana va a comer lo mismo que ha visto comer a esos jóvenes. Los mismos derechos, sí.
            No tengo ningún vínculo, hoy, ideológico o emocional con este Pablo, pero entiendo que se las estamos poniendo como se las ponían a Felipe II. Tiempo.
                Todas las opiniones se adquieren por momentos vividos, bien de lectura, debate, audición o contemplación, y nos puede servir el termino anglosajón “flashes”, traducible en una de sus acepciones como “Sorpresa o impresión fuerte”. El flash de ver a una primera figura del cante en un programa de “prime time” en la televisión privada en cierta actitudes, hace daño a la imagen de los flamencos cuando decimos que lo somos, o igual cuando nos declaramos cristianos, tanto monta, para que la gente nos mire de soslayo y sonría socarronamente, mierda.
                Que las hermandades se resistan a dar las cuentas a la autoridad eclesiástica con la única intención –huele- de no aportar nada de nada, o la transparencia de las cuentas del consejo que, según la prensa, retrasa la entrega de los números para que ningún hermano mayor llegue preparado para poner alguna objeción, ese mismo consejo que no ha negado aún -que yo sepa- las contrataciones a dedo a familiares y allegados, a salvo de escándalos porque ningún hermano mayor tiene los huevos necesarios para levantarse en una asamblea y… buenooooo, sooooo, bastaaaaa. Ya está bien por hoy, niño.
                Y encima anoche, voy y sueño, lo más raro del mundo, que me condenan a seis meses de cárcel y que entro en la trena. Alguien me acompaña, me guía, me lleva a recoger los avíos, me enseña el interior. Esto parece una prisión turca, la del expreso de medianoche. La cárcel del pópulo, que no llegué a conocer sino por fotos antiguas, y unas galerías que me retrotraen a los patios del cuartel del Carmen, donde me entregaron el petate; un tinerfeño oscuro y enano con un bigotito y los ojos de cucaracha, que se ponía la mano en los huevos y pregonaba: “Los que van a Canarias, pasen por aquí, que tengo que darles algo”. La cárcel. Bueno va. Y yo, contando  los días, ciento ochenta, cuando no ha pasado ni una hora desde que entré. Raro. A veces, viene bien, genial, picar este humilde teclado y hacer estas cosas, dejarse llevar por ese… ¿qué?, ese algo que nos defiende de la vida y su avatares, ésa válvula que permite soportar el ritmo de la existencia tal y como nos la han planteado, que nos protege de la depresión y la demencia, que nos hace (huir), seguir adelante, ese componente protector que aparece de vez en cuando y nos hace volcar sobre el blanco el negro de nuestras inseguridades. Y certezas.


José Luis Tirado Fernández