El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

sábado, 3 de marzo de 2012

MIÉRCOLES SANTO, LA PAZ


Me das la Paz, concebida

de tu vientre, por la herencia

del Redentor de los hombres…

¡esa es la paz verdadera!

que para darnos su paz

nos regaló su existencia,

se hizo hombre en Sevilla

y sin soltar una queja,

fue entregado por nosotros

la noche de las tinieblas.

Nadie se quedó contigo,

todos cogieron la puerta,

¿Dónde están tus seguidores?

¿Tus partidarios desertan?

Ya ninguno te conoce,

¿No hay nadie que te defienda?

El gallo cantó tres veces,

y aquel que te ama, te niega…

¡Qué sólo, Padre, qué sólo

tus discípulos te dejan!



Y sin embargo al mirarle

una sonrisa le entregas

desahogando su pecho,

aliviando sus tristezas,

y liberando su llanto

en crecida torrentera.

Llora, San Pedro, y descarga

el peso de tu conciencia,

Llora, San Pedro, y no tires

el fruto de tu cosecha,

que estás llamado a ser grande,

el pastor de sus ovejas

porque El un día te hizo

piedra angular de tu Iglesia,

para que aprendan los hombres

a perdonar las ofensas

y amar a sus semejantes

sin esperar recompensa.



Esa es la paz que queremos,

¡esa es la paz verdadera!

no paz de gastar saliva

diciendo palabras huecas,

predicando y dando trigo,

¡esa es la paz verdadera!



Es la paz de Jesucristo,

parsimoniosa y serena,

que se forjó con su ejemplo

y su amor sin exigencias,

cultivando su doctrina,

¡esa es la paz verdadera!



Ayudando a los humildes,

perdonando al que me ofenda,

acogiendo al inmigrante

como si familia fuera,

tratándoles como hermanos,

y cantando las cuarenta

a quien su origen  ofende,

o a quien su color desprecia,

dándole la paz del alma

como si en casa estuviera,

y tener misericordia

con los que sufren condena

dentro o fuera de la cárcel,

que algunos pagan su pena

en la celda de la droga

o en un vaso de ginebra.



¡Déjame, Padre, seguirte;

quiero tu paz verdadera!,

repartirla entre los hombres

renunciando a mi soberbia,

y derramarla a los vientos

para que todos entiendan

que esa paz es… tu legado,

que esa paz es… tu promesa

¡¡un mundo nuevo de hombres

que aborrecieran la guerra!!



y a Nuestro Padre Jesús,

cautivo en la calle Feria,

pedirle la paz del mundo,

pura, cierta y sin quimeras:

la paz que nos enseñaste,

¡esa es la paz verdadera!

José Luis Tirado Fernández

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