El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

sábado, 18 de junio de 2011

EL CORPUS EN SEVILLA

         En Sevilla hasta las piedras tienen sueños;  sus  muros, sus arcos, sus esquinas, sus columnas y sus adoquines están repletos de sueños. Los forjaron tartesios y romanos, visigodos y árabes; en sus juntas, en sus nervios, sueñan las piedras con el paso de los carromatos que traían el aceite del Aljarafe, el pan de Alcalá,  las legumbres de La Bañeza. 
Foto de José Luis Galván
 Oír de nuevo las pisadas de Heracles el fundador, o la voz de mando firme y altanera de Julio Cesar y formar parte de las murallas que nos aportó.  En sus zócalos anidan vaporosos pensamientos por haber contenido el agua desbordada del río grande en tantas, tantas  ocasiones.


O ser simplemente piedra de la  calle, sólo para que un día al año te cubran de romero  y  juncia y tener la gloria de que te pase por encima la Custodia Grande,  el alborozo de ser una pieza pequeñita, muy pequeñita, de la fiesta más solemne, más pura y más sevillana: el Corpus.
Foto de José Luis Galván

CANTE LA FE,
DANCE LA ESPERANZA,
SALTE DE GOZO LA CIUDAD...
         La bula papal de Urbano IV, cuando en  1264 instituye la solemnidad del Corpus invita al regocijo del pueblo con estas tres frases tan significativas.  Canta la fe en Sevilla, cuando el Jueves grande concede a nuestros sentidos el garbo fresco de sus sonidos.

 Desde el tintineo de la campanita del primer carráncano, hasta el cornetín de mando de las filas legionarias que un año procesionaron junto a la Custodia, pasando por la elegancia sublime de las coplas de los seises, niños enamorados de Sevilla

Los seises enamorados
de las campanas que giran,
de las  vesánicas gárgolas,
de las azules rendijas
que habitan los gorriones
que son señales de vida
de esa catedral morena
con alminar de mezquita,
que aunque parezca de piedra
tiene su pulso y su fibra,
su corazón y sus llantos
su cadencia, su  armonía,
y por eso se enamoran
en descomunal medida
los seises de su hermosura,
de sus aires de mocita,
del céfiro de sus naves
y de sus cosas sencillas.
Foto de José Luis Galván
Urcelay, desde los cielos,
con su lucidez inspira
sus movimientos, sus giros,
sus voces, su fantasía
y le cantan y le bailan
la veneran y la miman;
se esmeran por su cariño
con sin par idolatría,
se lo dicen en sus juegos,
con sus infantiles risas,
con el raso de sus manos
y el candor de sus mejillas,
¡¡ que quieren vivir por ella!!
que quieren morir un día
en el gozo perdurable,
la satisfacción cumplida
¡¡ de haber tenido la suerte
de ser seise de Sevilla.  !!
Foto de José Luis Galván
         Vamos a inventar un lenguaje en el que un día se escribirán los bandos, las plegarias, los himnos, las salves y los versos.  Querrán saber los poetas, los músicos, qué nuevo orden convoca al sentido de las cosas, qué acontecimiento arrastra el arte al servicio del corazón, qué novedosa manera impulsa el saber al oficio de la ternura. Le contestaremos. No tiene ningún secreto, es Sevilla, sólo es Sevilla.

MIL VISITAS


         En diez días. Cien visitas de media por día. La verdad es que yo no esperaba tanto, esto me está dando ánimos. Un amigo que me animó bastante a crear el blog, José María, me fue indicando que iba la cosa bastante bien de resultados estadísticos. Será que cuando meto algo, inmediatamente aviso por email a tó el mundo. Será por eso.
         En fin, quisiera agradecer desde este espacio personal a todos cuantos gustan de mis escritos, versos y opiniones y de las fotos de mis amigos. Mi hija María Reyes también quiere hacer una colaboración  fotográfica y esta próxima semana colgaremos algunas de las fotos que hizo en Roma.  Eso será después de un especial Corpus que irá sembrado de textos y más fotos. Gracias a todos. José Luis.

miércoles, 15 de junio de 2011

EL ÚLTIMO PESCADOR

 Dedicado a D. Ángel Vela Nieto y a D. Emilio Jiménez Díaz, sin cuya colaboración no hubiera sido posible esta entrada


Grabado antiguo de la pesca con cuchara que me ha facilitado D. Emilio Jiménez Díaz

                Pertenecían a nuestro paisaje. Con sus largueros, con sus contrapesos, su vetustez y sus maderas viejas. Surcaban el Flumen Nostrum de los trianeros desde épocas inmemoriales hasta prácticamente la mitad de los ochenta. Con su cadencia vieja, sabia, de siglos, enfilaban las tardes hacia el sur dejando en su estela sabores desaparecidos y que  tristemente, no volveremos a degustar. Irisaba su carga en las luces que se encendían para que acudiera la pesca, y cuando elevaba la cuchara cargada, surgía del fondo el aroma a Triana y a su estilo inconfundible. ¿Nostalgia? Toda. 
                Asomarse entonces al río era asomarse al mar de la alegría. Estaba lleno de vida. Asomarse hoy al río es contemplar el vacío que ha dejado nuestra historia. ¿Dónde están las montañas de sal del muelle? ¿Dónde los familiares lanchones oscuros en que íbamos los niños de excursión a la fin del mundo? Fíjese usted, a la Punta del Verde. Ya no se ven velas, ni sogas, ni huele a brea, ni hay boyas ni tablas flotando. El rio está tan limpio que ha dejado de ser el Flumen Nostrum para convertirse en el rio donde desembocan todas las lágrimas trianeras. El mar de las tristezas. Menos mal que sigue estando el puente; con la vorágine renovadora de nuestro amantísimo ex alcalde Monteseirín me extraña que no pensara en tirarlo y poner en su lugar uno de aluminio, más ligero y funcional, y que le encargara el diseño a un ingeniero alemán de renombre. 
                Hoy nuestra red se encuentra entre el teclado y la pantalla, mientras resucitan recuerdos y vivencias que podemos plasmar en el ciberespacio. Nuestras tablas, el fondo de pantalla de este blog, y nuestro río agoniza lentamente bajo el puente de nuestra indiferencia.
                En internet, hay muy pocas referencias o ninguna, prácticamente a este estilo de pesca. Me han dicho que en Coria sigue en activo una barca. Iré a verla un domingo para alegrar mi corazón, y de paso, volver a contemplar este arte, aunque será difícil en domingo.
                Pero a Triana,  no volverán barcas. Hoy no es posible su recuperación porque aquellos que vivían de ese trabajo se fueron jubilando. Ya en los últimos días de su subsistencia, les era muy difícil mantenerse con lo que dejaba aquello. Los clientes de bares y tabernas que ponían el barbo en adobo y que ellos surtían se fueron especializando en dar gusto a los paladares de la gente nueva. Pizzas y hamburguesas, la mayoría; algunos, parrilla y fritos, y los más, cerveza helada en tanques de salmuera y marisco de calidad. A mi tío Antonio le costó sobrevivir aquellos últimos tiempos y tiró la toalla. Se acomodó como pudo a la construcción y al trapicheo y así pudo jubilarse dignamente.

El puente de San Telmo cuando aún se abría para dejar paso a los barcos que descargaban en los antiguos muelles. Al fondo, el convento de Los Remedios

                Mi abuelo, carpintero de ribera, algunos de mis tíos, areneros, otro, estibador del muelle, el otro, pescador. Parece que el rio lo hicieron para mi familia. La última barca de pesca con cuchara en Triana fue de mi tío, Antonio Fernández Ramos, que por desgracia, ha fallecido este mismo año. En Triana le apodaban “El Añoño”, muy conocido en la plazuela incluso cuando se fue a vivir al Cerro, porque seguía acudiendo a su barrio casi diariamente. En un diario vespertino llamado “Nueva Andalucía”, hoy desaparecido, apareció un reportaje, incluyendo fotos de la barca, mi tío y mi primo Carlos, bogando. Mi primo, capaz de llevar la barca a Sanlúcar de un solo golpe de remos de sus poderosos brazos.

Triana es la que te marca,
aunque su cuño te duela,
ella despliega la vela
para que zarpe tu barca;
te señaló patriarca
de su rio marinero;
rector del embarcadero,
capataz de su memoria
y custodio de la gloria
del puerto camaronero.


martes, 14 de junio de 2011

TRIUNFO DE LA CRUZ SOBRE LA MUERTE

Se disgregan los colores,
emergen cardos y yedras
y sobre la cruz alzada
se apoyan dos escaleras;

cabizbaja y pensativa
la muerte se nos presenta,
la mano sobre la frente
y con la guadaña queda.


¿Va sentada sobre el mundo,
para el que mundo la entienda?
Va vencida y humillada,
por aquel que nos libera
del yugo de su capricho
y el trago de su certeza,
y es que Cristo nos ha dicho
que su morada es eterna
y no hay entierros, ni muertes,
ni compromisos, ni deudas;
somos libres porque Cristo
nos lo dejó por herencia
en la cruz de sus quebrantos,
y el poder de sus promesas.

Su  vuelta será con Gloria,
definitiva y certera,
y amparará con su manto
a los hijos que le esperan
alzando la cruz de siempre,
que no hay cruz más verdadera
que la cruz de Jesucristo,
¡¡la cruz de la buena nueva!!

LA NOCHE QUE CONOCIMOS A ALBERTI

            Paco trabajaba en aquel tiempo en un almacén de productos químicos. El encargado del transporte y distribución era un hombre canoso, menudo y al cual llamábamos por el apellido, Romero. Discutíamos frecuentemente con él de temas políticos y sociales, nos  contaba sus experiencias durante su etapa inglesa, pues vivió en Londres toda su juventud y nos informaba entre guiños de la facilidad con que se ligaba por aquellas tierras. Cumplíamos diecinueve aquel año y las esponjas de nuestro entendimiento codiciaban cualquier nuevo fruto para colmar su voracidad. Tenía el hombre una furgoneta muy vieja y desvencijada a la que de continuo andaba parcheando con trozos de chapa y remaches. Era su medio de vida y la cuidaba como a su madre. Allí, en la zona de carga viajamos Paco y yo hasta La Puebla de Cazalla, donde se celebraba un evento político-cultural organizado por el Partido. Romero nos había dicho que él iba, y ante la repercusión que tuvo en los medios, vimos el cielo abierto y aquella furgoneta llena de lámparas y desconchados era la mejor limousine que nos podía llevar al sitio ansiado, a aquel contacto con el mundo de la cultura y el espectáculo. En la parte de delante de la furgoneta viajaban Romero y su señora. Salimos por la tarde, después del café.  El traqueteo era insoportable, nos dejaba sordos y si no fuera por la edad que nos asistía el viaje hubiera sido una paliza. Afortunadamente, llegamos con ganas de cosas nuevas, de aventura. Al atardecer, y tras pasar por taquilla, entramos en un recinto deportivo en uno de cuyos goles estaba dispuesto un gran escenario lleno de focos y micrófonos. Entramos por una lateral, y Romero nos dijo que le esperásemos un momento. Había público ya esperando el comienzo. Banderas rojas y republicanas ondeaban en la  perspectiva desde la que nos hallábamos. Romero volvió acompañado de un hombre y nos lo presentó. Este es mi amigo Paco. Le estrechamos la mano. Yo le dije a mi amigo al oído: “Quillo, ¿a quién se parece este tío? A Paco Rabal.

Pues es verdad. ¡Coño, y tan verdad!… acabábamos de conocer al gran actor, militante impenitente del Partido, y admirado por nosotros, Francisco Rabal. Increíble. Posiblemente Romero, había dejado la sorpresa para el final, en un intento guasón por asombrarnos. Nos dirigió amablemente hacia unas sillas vacías, al lado de donde estaba sentada su señora, la actriz Asunción Balaguer, y no recuerdo bien si otras personas de su familia.
La mujer de Romero se acomodó junto a ella, su marido después, y en las dos de pasillo, Paco y yo. Rabal se disculpó y se marchó a presentar el espectáculo. Los artistas y poetas que intervinieron no los recuerdo al completo, había muchos que eran amateurs, pero sí con nitidez a Quintín Cabrera, que cantó aquella que nos gustaba tanto de ¡Qué vida más diferente la suya y la mía, Señor Presidente! y también cantó aquellos sus famosos versos de rima tan particular y extraños acentos prosódicos:
En tiempo de los apostóles
los hombres eran barbáros
se subían a los arbóles
y cogían a los pajáros
            También recuerdo la intervención de José Menese, mi admirado cantaor, que ese día había tenido problemas con el guitarrista y tuvo que buscar uno entre el público para actuar. Lo importante es que estábamos allí, con la gente que nos gustaba y escuchando lo que nos gustaba.
            Rafael Alberti salió a leer sus poemas. No los recuerdo muy bien pero él estaba en pleno periodo feraz de creación, escribía mucho y no era raro escucharle cosas nuevas  cuando iba a los actos del Partido.
             A Paco Rabal sí le recuerdo especialmente, durante los incisos que hacía en el escenario, entre artista y artista. Iba, presentaba al siguiente y volvía junto a su familia, entre los que estábamos sentados Paco y yo. ¿Estáis bien? En la gloria, Paco. Romero nos explicó después que le unía una gran amistad con él desde la juventud. No recuerdo lo que bebimos, ni lo que comimos, pero sé que no nos hubiera hecho falta, alimentados con el don que estábamos recibiendo. La verdad, no nos lo podíamos creer. Ni lo que sucedió después, tampoco. En una de sus presentaciones Paco recitó un soneto de Miguel Hernández:
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle como un fruto

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como al toro a tu amor se lo disputo

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

            No sé exactamente cómo sucedió. En un momento de la noche Rabal nos llevaba hacia los camerinos y nos facilitaba la entrada. Conocimos a Alberti. Nos presentaron, le estrechamos su mano llena de nudos de primaveras, de azules perfiles y manchas pardas, y no llegamos a levitar porque uno de los invitados al privado interrumpió nuestra presentación, breve y fugaz. A Rafael  se le veía cansado, ausente, sólo atendía con atención los comentarios de Paco Rabal, que le animaba. El dicho invitado, le dijo: “Rafael, hágame usted un pareado”. Alberti le miró de soslayo, y le contestó fríamente: “Yo no invento”. El individuo quedó desconcertado. No me hubiera gustado estar en su lugar.
            ¡Qué poco dura lo bueno! Nos despedimos. Volvimos en aquella furgoneta sin asientos, tendidos en el suelo, arrullados por su traqueteo, rumiando y saboreando aquello que habíamos vivido. Hoy, aun más sorprendidos que entonces porque lo podemos valorar en lo que vale. De una tacada, Rabal, Alberti, ¡Qué gozada! Estuve muchos días sin lavarme la mano derecha.


sábado, 11 de junio de 2011

HEREJÍA DE LOS GITANOS

            El éxito le llegó tarde. Nos sorprendimos gratamente cuando comenzó a aparecer en televisión, en radio, en prensa. Fue un regocijo para toda la familia; mis sobrinos pensaban que era demasiado serio. Apenas le habían conocido antes del pelotazo de Triana Pura y pensaban que aquel gitano, consecuente y cabal, tendría que estar, por obligación, todo el tiempo bailando y cantando. Andaban los mozos un poco desorientados; cuando aparecía por casa para ver a mis padres, los niños deseaban un espectáculo. Siempre hay que esperar el momento y la ocasión. Suelen presentarse sin esperarlos, y ellos lo aprendieron así.
            He dicho que el éxito le llegó tarde, y que apenas tuvo tiempo para saborear la delectación y las vivencias de aquellos éxitos que se fueron encadenando unos con otros. Primero, la muerte de Esperanza la del Maera, luego, la de su hermano Curro, y por fin la de Saluíta, su mujer, le sumieron en tristeza y soledad, a pesar de contar con unos hijos muy buenos. Hoy, se encuentra ingresado en una Residencia para ancianos, ha perdido la sensibilidad en las manos y necesita cuidados especiales. Aquel cuyas palmas eran la admiración de toda la gente del flamenco, y su compás, inigualable, la envidia de los trianeros más reputados, no puede mover las manos. ¡Escalofriante!

Agujitas, las agujitas del reloj,
llorando están las vergüenzas
de este mundo sin razón

 Cuando mi padre, que está casi peor que él, lo visita, llevado por mi hermana, rompen los dos a llorar como niños, quizá arrastrados por el torrente infinito de los recuerdos de juventud, de los que hay mimbres suficientes como para escribir un libro. Todo se andará. Yo le debo una visita, hace mucho que no estoy con él; confieso que paso un ratito de angustia cuando voy a verle, pero tiene que darme su receta del arroz con tomate, que la pienso meter en un libro de flamenco que estoy haciendo. Lo prometido es deuda.
Estaban en pleno éxito, primeros en las listas de ventas
            Humanamente, le recuerdo como un gigante. Como me tuvo tantas veces en brazos y me crié escuchando a Herejía como algo habitual en mi vida, no aprecié en su momento quién era y lo que era capaz de hacer. Luego, el tiempo y la razón se vinieron a su sitio, tuve consciencia del valor de las cosas que gozamos en nuestro espacio familiar y no valoramos.
Esta foto se la hice una de las últimas veces que vino a verme
También hemos compartido conocimientos y opiniones. Pepe Luis  –me decía- las tonás, los martinetes, la debla, la siguiriya, tó, eso es tó lo mismo… ¡Lo mismo! Si no es el creador de las chuflillas de Triana, le falta poco. Yo no se las he escuchado a nadie, excepto a él. A lo mejor en ambientes más íntimos, se podría encontrar alguien que las hiciera, pero repito, que hasta ahora... A lo mejor hay quien las haga, pero con más arte... creo que no es fácil. Un día me dictó unas letras que transcribo y que a lo mejor no se ajustan a la métrica ni a la rima, pero que él metía a compas, y eso es lo que importa. Ese compás del que fue dueño y del que, a pesar de los males, todavía es.

LA CONCEPCIÓN DE TRIANA,
LA MADRE DEL HEREJÍA
ES LA QUE MEJÓ HA CANTAO
EN LA CAVA POR BULERÍAS

LOS GITANOS DE TRIANA,
CUANDO HAN ESTAO LIAOS
HAN FORMAO CADA JUERGA
QUE NI SU MARE LOS HA CALLAO

A MI NIETO ABRAHAM,
SU ABUELO LE VA A COMPRAR
UNA CASITA CON MUCHOS JUGUETES
PARA QUE ÉL PUEDA JUGAR

LOS GITANOS DE LA CAVA
POR LA MAÑANA TEMPRANO
SE LEVANTAN PA´LA FRAGUA
CON EL MARTILLO EN LA MANO

            Y puede que el tiempo y la memoria le desamparen, pero no de nosotros, ni de los flamencos. Porque todo aquel que sepa algo de esto tiene que reconocer que en Herejía se daban los elementos mágicos que elevan a las personas a la dignidad de genios, esos genios que pasan por nuestro lado y a los que no reconocemos, por su humildad,  su sencillez y su falta de apego a lo material. Es verdad, los genios no son fácilmente reconocibles.

Flamenco puro, gitano puro, trianero del año en 1999
Cuando Lola Flores actuó en Nueva York, en las páginas de un periódico de gran tirada hacían una referencia a su espectáculo, intentando explicar su carisma.  “No canta, no baila… no se la pierda”.  ¿Cómo podría entenderse entonces el talento de aquella gitana?
             Este del que yo les hablo, mi tío José, es el mejor de los nacíos. Aunque sea difícil de explicar, no es el mejor cantando, no es el mejor bailando, pero sí el que tiene más arte.

Una foto con sabor. El puente, los amigos, Triana. Herejía es el segundo por la izquierda. Mi Padre, el de la sonrisa. No se le caía ni en un entierro


viernes, 10 de junio de 2011

EL TABERNERO

Para Paco Infantes, que está en algún lugar del cielo
      Los taberneros, vivimos, mire usted, de esto. De la sonrisa, de la palabra amable, de la calidad del género, del corazón, porqué no.
            Hemos de acomodar nuestro local al gusto del cliente. Hace frío, se cierran todas las puertas y se conecta la calefacción. Calor, pues A/A sin problemas, no importa el recibo de Endesa. Humo, extracción potente. Música, la que usted prefiera. Yo, personalmente, la tele siempre puesta, pero bajita, porque yo soy de radio. Desde temprano Onda Cero, el programa de Herrera, las intervenciones de Barbeito, hasta que escucho la voz de Josemi, apago la radio y le doy voz a la tele.  En eso no parto pera.

            Los taberneros siempre tenemos un chiste de retén, o, como en mi caso, una guitarra de guardia, por si ocurre un contratiempo. También, a veces, nos arriesgamos a perder un cliente cuando tenemos ganas de decir lo que estamos pensando. Muchos tapabocas que me dio mi madre por estas cuestiones. Pero uno tiene el gatillo flojo, y algunas veces… menos mal que siempre tiene uno a mano la retranca como subterfugio para ciertos casos. Los taberneros llevamos un detector de mamones en el bolsillo de la camisa, que vibra cuando alguno entra en el establecimiento. Esa es la hora en la que las orejas se ponen tiesas y la disposición adopta formas más sutiles y precavidas.

            Kaptah, el esclavo de Sinuhé el egipcio, le contaba, en una visita que le hizo a su taberna, “La cola del cocodrilo”:
            “Desde mi infancia la profesión de tabernero me pareció la más deseable  y envidiable de todas. En aquella época me decía que podía beber gratuitamente toda la cerveza que quería. Ahora sé que el dueño de una taberna debe beber moderadamente y no embriagarse jamás, lo cual me será muy bueno para la salud. Pero un tabernero encuentra sin cesar gente que le son útiles y se entera de todo lo que ocurre... creo que los dioses me habían destinado a esta profesión de tabernero y sólo por error nací esclavo.”
            “A mi juicio. el oficio de tabernero es también el más seguro de todos porque la sed del hombre permanece inalterable pase lo que pase, y aunque se tambalease el poderío de los faraones, y los dioses se cayesen de sus tronos, las tabernas y las hosterías no estarían más vacías que antes. Porque el hombre bebe vino en su alegría y lo bebe en su tristeza; en el éxito alegra su corazón con el vino y en el fracaso lo consuela de igual modo; bebe cuando está enamorado y bebe cuando su mujer lo apalea. Acude al vino cuando los asuntos van mal; riega sus beneficios con el vino. Ni tan sólo la pobreza impide al hombre beber vino.”

            Así  que desde aquí intento animar a todos mis compañeros “pringaos” como nos llamaron en una chirigota, y ya sabéis, nunca olvidemos la ley del tabernero: calla, sonríe y cuando hables, déjate llevar, aunque eso te  lleve a la depresión y a la pérdida de autoestima. También eso nos lleva al fin último: que siempre volváis.

jueves, 9 de junio de 2011

EL NAZARENITO

Para la gente de Nuevo Sábado Club, con todo mi cariño

                El Miércoles Santo de aquel año se había restringido la entrada al templo a familiares y acompañantes con especial rigor, pues el año anterior había sido preocupante el agobio y la masificación dentro de la parroquia, no sólo por la presencia de nazarenos, costaleros, acólitos, sino en fin, por  toda la parafernalia que mueve y echa a la calle a una cofradía.
                Yo me encontraba en labores de organización; ese año el Diputado Mayor de Gobierno había tenido a bien nombrarme Diputado de Enlace y estaba arriba y abajo buscando gente, llevando varas, cirios, yo qué sé. Entonces… se presentó el nazarenito.
 
La túnica de la Hermandad de las Siete Palabras de Sevilla pasa por ser la más antigua de la Semana Santa. Ya en 1595 y con este hábito nazareno se hizo estación de penitencia a la Catedral.
                Apareció a contraluz, de golpe; el resplandor que tenía detrás de sí no tenía explicación, su silueta se recortaba perfectamente, dibujada en el pasillo por el que caminaba, despacio. No tendría cuatro años. Traía perfectamente colocado su antifaz, encasquetado el capirote, un papel en una mano, una varita en la otra, la cual iba apoyando a su paso como un cayado. Los ojos bien abiertos. Yo me había petrificado sobre aquellos mármoles fríos de siglos, de historia, al reparar en él. Venía solo, terriblemente sólo.
                El niño nazareno avanzaba firmemente; el aire se me antojó espeso, todo lo demás se ralentizó, no oía el runrunear de las voces, la agitación de las prisas de última hora, nada. Llegó hasta mí. No sé porqué me escogió a mí para orientarse en medio de aquel maremágnum de cirios, túnicas, costales, pértigas… Yo estaba estremecido. Me alargó el papel. Al tiempo que lo cogía le pregunté. ¿Y tus padres? Señaló hacia la entrada. Supuse que su familia confiaba en él, tanto  como para dejarle sólo dentro de la iglesia, y que a la salida estarían esperando que apareciera entre los demás nazarenos del cortejo para acompañarle durante el recorrido.
 
Esta foto es de mi amigo Pedro Díaz, no le he pedido permiso para ponerla aquí, pero sé que lo tengo

                Le dije que se quitase el antifaz, que no hacía falta tenerlo puesto hasta que no saliéramos a la calle. Negó con la cabeza y no dijo nada. En realidad nunca  dijo nada, desde que llegó  hasta que le perdí de vista. Su silencio agigantó la zozobra que me había producido desde su entrada en San Vicente. Tampoco vi su cara.


                Le conduje hasta el diputado de tramo que le correspondía según su papeleta y éste le colocó delante de una insignia. Le dije adiós con la mano y él me correspondió. Luego, comenzaron a cruzarse nazarenos y más nazarenos por delante y le perdí de vista. Nunca supe quien fue. No tuve aplomo, tal era mi inquietud, para leer siquiera su nombre en la papeleta de sitio. Dejé a los pocos minutos de sentirme extraño y seguí colaborando con los demás.
                La Hermandad salió a la calle, a dar testimonio de lo que somos después de quinientos años. La cofradía, perfectamente organizada, los niños, cada uno en su sitio. ¿Quién sería? Hoy debe andar por los veintitantos años. Aún recuerdo la impresión que me produjo verlo aparecer de aquella forma. Nunca podré olvidarle. ¿Seguirá saliendo de nazareno? ¿Seguirá siendo hermano?

Foto de Fernando Salazar 1992
                El mayor recuerdo de aquel Miércoles Santo fue que al mirar  a la cara a mi Cristo le noté menos triste. Le comprendí.


miércoles, 8 de junio de 2011

LAS FOTOS DE JOSÉ LUIS GALVÁN (I)

Para José María Guardiola, por tantas cosas.

Mi tocayo se ha ofrecido a una colaboración fotográfica. Como es un monstruo, tanto en estos menesteres como en montajes de videos, de los que ya iremos pasando alguno, os dejo algunas de sus instantáneas, que me ha parecido bien adornar con unos versos de nuestro paisano Gustavo Adolfo Bécquer. Aviso también que Paco Menudo me ha prometido una colaboración, ya la tendréis.


Los suspiros son aire y van al aire!
Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer, cuando el amor se olvida
¿Sabes tú adónde va?

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman
el cielo se deshace en rayos de oro
la tierra se estremece alborozada.
Oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas,
mis párpados se cierran...¿Qué sucede?
Dime?... ¡Silencio!... ¿Es el amor que pasa?

¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Y allí, desnudo de la humana forma;
allí, los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?
¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?
¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros;
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!

En la clave del arco ruinoso,
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra del cincel rudo, campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,
la hiedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo, en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos,
y «ése -me dijo- es el cabal emblema
de mi constante amor».
¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces.
Verdad que el corazón
lo llevará en la mano... en cualquier parte,
pero en el pecho, no.