El flamenco es un arte y pertenece a los artistas. Lo demás, es un exudado de su propia condición.

viernes, 3 de octubre de 2014

OIDO EN LA BARRA DEL BAR VIII


Dos hombres razonan delante de la barra, tomando café.
-Criterio comercial es lo que falta, hombre. -Pues diga usted que sí…
-Mercadona monta un supermercado en el cementerio y…
-Va la gente…
-No, se levantan los muertos a comprar.
***
Los mismos, continúan la conversación.
-¿Qué clase media, si eso ya no existe? Eso era antiguamente, él, corbata y caballo y a gozar del campo y el casino, ella se quitaba el vestío, lo lavaba y se lo volvía a poner…
-Mejor que ahora, que ven llegar al pariente y dicen: ese Mercedes último modelo que está en la puerta es de mi cuñao… qué güena gente… o a veces, ¿quién, ése, el de los remiendos en los pantalones? No lo conozco de ná… si te pide pa´ comer le das una cuchara…
***
Creo que las setas de la Encarnación son ejemplo claro para esta ciudad como la circunstancia de alguien que compra un televisor de última generación, el más avanzado y de mayor tamaño del mercado, y luego no tiene para pagar la luz y se la cortan.
***
-Pasé por la velá y vi a la policía que tenía parado a un chaval, le reconocí, era un gitanillo con el pelo ensortijado, mú gracioso, familia de los Amador, de los Pata Negra y de Juan José, me parece que le llamaban Joselito, no me acuerdo bien, a lo mejor era Currito.
-Y ¿por qué lo tenían parado?
-No sé, llevaba una bicicleta con la muela de afilar, la tenía apoyada en la pared. Uno de los agentes le pedía el carné de identidad y éste le decía señalando a las casetas:
-¿El carné? ¿Y el carné pa´qué, si aquí me conoce tó el mundo?
***
Un cantaor acaba su actuación y el público, en pie, le grita: ¡Otra, otra, otra! El cantaor hace el bis y le vuelven a pedir otra y otra, hasta que el hombre se disculpa, alegando que mañana tenía que cantar en otro sitio. Desde las primeras filas, escucha una voz: ¡Tú vas a estar cantando aquí hasta que aprendas!



José Luis Tirado Fernández

sábado, 27 de septiembre de 2014

FRANCISCA Y DIEGO (Segunda parte)

            Dicen las voces antiguas que la del viento nunca vuelve, porque el viento no tiene raíces. Diego lo sentía en la cara cuando se asomaba a la Barqueta y en la orilla del rio buscaba despejar la mente de la obsesión por la gitana; observaba cómo cedían al viento los juncos. Y aprendía. Solía ponerse en los alrededores de la alcantarilla. Fabricada en ladrillo, siempre fue el ara pacis de la ciudad, y por su boca de albañal salieron durante muchos años las penas negras de la urbe, encarnadas en orines y mojones; de sus entrañas, de esa hispalensis cloaca mássima de arcaicas épocas, fertilizaba el Guadalquivir los campos y los sembrados y en su bocana aguardaban los albures su alimento. Sus alrededores, siempre frecuentados de busconas y bujarrones, florecían húmedos y bien abonados, y en las piedras que sobresalían, quedaba el chaval, sentado, sintiendo en la cara vientos siempre nuevos.
            Paca era una isla, y no sabía por dónde abordarla; últimamente se había vuelto huraña con él. Ya no subían juntos a la azotea, a descubrir timbres y matices ella, a hervir por dentro a la vista de la carne él, ni se acompañaban en los lavaderos, ni acudían a ver procesiones. Y es que él era un chaval de trece años y ella una mocita de dieciséis, y no tenia porqué darle cuentas. ¿Porqué no atacar mejor a Rosarillo –pensó-, un año mayor que él, o mejor, que se fuera a buscar novia a otra calle? La otra, Josefa, la hermana mayor, venía de visita y hacía aquellos dulces rondeños, que Diego tanto celebraba; obraba el efecto contrario que su hermana, desbarataba la reivindicación de sus hormonas, que le llevaba a sentirse hombre, y recuperaba la ilusión del niño al que comenzaba a renunciar. Cuando la gitana encendía el anafe el aroma del patio era la envidia de los obradores de la calle ancha, a la hora de extender en las bateas los tradicionales pestiños, las tortuosas rosquillas, o aquellas otras empanadillas de cabello de ángel que ella llamaba borrachuelos, que eran de su mano como de su ternura y simpatía.
            Don Nicolás era de  otra pasta. Tenía el rostro de un chusco cuartelero, pero aceitunado y anguloso, como sus hijos. Sabia de las aspiraciones de su hija, y la había escuchado cantar tantas veces, que barruntaba que aquella muchacha podría ser un día el sustento de su vejez, aunque la lejanía funde el cariño, el amor de padre y hasta las querencias, y los kilómetros restañan heridas y recuerdos hasta que la cicatrización es tan profunda que desaparecen. Y así pasó. No se entretenía en contemplar la belleza, sino en descubrir dónde hallar cualquier cosa que llevarse a la boca, tanto bebida, comida como colillas poco apuradas, para devanarlas y extender su contenido al sol con la intención de liar después sabrosísimos cigarrillos. Los niños habían empezado a trabajar de lateros, uno, y de panadero otro, así que gracias a Dios la cosa iba, a veces se atrasaba en los pagos de la renta de la casa, pero en fin, iba.
            De anochecida, venían gitanos de Triana ataviados de fiesta, y mientras esperaban que saliera Paca, hacían compás en el zaguán y hasta se marcaban unos pasos. Sonaban huecas las palmas, quedos los tercios; flores, flecos, volantes, cercaban espacios improvisados, y los varones abrían trincheras en golpes de bastón, liberando de su ánima recónditas ciencias, su herencia. Aquello era auténtico y tenia armadura de verdad entonces, como hoy forma parte del attrezzo. Ella aparecía entonces, acabando de acomodarse el mantoncillo, daba una pataíta y desaparecían, en dirección a los bares de la cercana Alameda, o a los cafés cantantes donde hacían pruebas a cantaores y bailaores que estaban empezando. Siempre volvía con el sol, y a veces, Diego estaba pendiente y la vigilaba.
            Ella, en el fondo, también había sentido algo por Diego, pero era demasiado niño. sentía vergüenza razonable de pensarlo, aunque lo pensaba. Si no se habían tocado nunca, no pudo llevarse la sensación del tacto de sus manos, mas se llevó su fiel mirada, siempre clavada en su escote, y eso siempre le había hecho gracia. Cuando se fue se volvió hacia la puerta que Diego habitaba, pero jamás lloró al irse.
            Diego madrugaba para acudir puntual al despacho; se lavaba la cara en el pilón y se peinaba en un espejo que estaba colgado en el corredor. A la hora de comer, entraba en la casa velozmente, aventando y levantando del suelo en su rodada las cáscaras de alpiste que los canarios dejaban caer desde sus jaulas, con la mirada puesta en la puerta de Paca, pero era su padre, Don Nicolás, el que estaba sentado en una silla recostada sobre la pared. Entonces se le destemplaba el ánimo, aflojaba el paso y buscaba su propia puerta, apartaba la cortina y buscaba lectura.
            Una tarde llegó y supo que Paca estaba en Málaga, donde debutaba ese mismo mes. Diego volvió entonces, decepcionado, abatido, a refugiarse en los estudios, a devorar novelas y libros como quien silba. Llegó a pensar, ante el fracaso con Francisca, que no se hizo la miel para la boca del asno. Nunca se había fijado una meta, pero el porvenir estaba esperándole en la esquina de la gloria. Quién sabe si el día de mañana podría llegar a ser ministro, o a lo mejor Jefe del Estado… sí, quizá eso, mejor,  sería un buen oficio. O quizá no. Ella, él, quizá fuese mejor que sus caminos se alejasen.

José Luis Tirado Fernández


lunes, 22 de septiembre de 2014

TRIANA, LA OTRA ORILLA DEL FLAMENCO (II), 1931-1970

Presentación del nuevo libro de Ángel Vela sobre la Triana flamenca, desde el inicio de la Segunda república hasta 1971. será el próximo jueves, 25 de septiembre, a las 20.30 hora en el Hotel Ribera de Triana, Chapina. Allí nos vemos.


Portada de Juan Valdés

domingo, 21 de septiembre de 2014

¿DÓNDE ESTÁ LA FRONTERA DE MORÓN?


Aviso: Yo no soy un crítico de flamenco, sólo 
escribiré sobre lo que pude ver anoche.

                Para ser un espectáculo que hipotéticamente iba a estar dedicado al baile (por su título), nos ofreció algunas emociones fuera de programa y algún que otro detalle inesperado. Personalmente, cuando se asiste a un evento –me gusta la palabra- relacionado con lo que a uno le gusta, pero rodeado de buena gente como yo lo hice anoche, con dos amigos entendidos, cabales y de los que siempre se puede aprender, anota uno en su cartera algunas percepciones para las que uno por su cuenta no anda preparado. “Istinguí” puede ser el término adecuado; mi campo de visión y audición fue más amplio gracias a ellos.
                El elenco se había reforzado con Juan José Amador, un hombre forjado atrás y para quien la bienal, Señor Ortega, debería haber tenido –para él solito y si es con su familia, mejor- un espacio, aunque fuera pequeñito, Santa Clara mismo. De cualquier manera lo veremos allí el día 2 de Octubre embutido entre dos cantaores extremeños. Junto a Moi de Morón, David el Galli y Guillermo Manzano, dejaron para empezar, un buen sabor de boca por bulería.
                Diego de Morón nos trajo o nos quiso traer la invocación profunda del otro Diego, que anduvo sobrevolando en espíritu el hotel mientras que el hijo de Joselero andaba fallón y falto de inspiración, brillando puntualmente en algunas falsetas de su maestro, que el público jaleaba. Diego del Gastor gozaba tocando y hacía gozar a quienes le escuchaban. Este otro Diego pone a la audiencia a ras de suelo, porque los años no pasan en balde, los fantasmas del futuro se alimentan de talento, y andan a la espera para comérselo y dejarnos sin él.
                El Director de la Bienal estaba por allí, también, alternando con los aficionados y disfrutando del flamenco.
                Pepe Torres bajó a las cuevas del arcano, para recoger la gema de lo jondo y entregarla a un público que vibró entonces con sus movimientos, ramalazos de un tiempo ido e irrecuperable, momentos de pasión de otras anchuras y otros colores. Soleá, difícil ese palo.
                Antonio Ruiz el Carpintero es a quien yo iba a ver. Le conocí en la cava, en una noche de encanto, charla amistosa y duende en la que precisamente faltó el cante, ausencia corregida ayer en el Hotel Triana, donde pude apreciar sus virtudes. Antonio es un hombre que se pelea con su voz, en una bella expresión del poeta Agustín Pérez, que no hace concesiones a la galería y que emociona con sus maneras de entenderlo. El cante es su amigo. Yo también.
                Moronense, bailaora y esposa de otro gran cantaor, Rafael de Utrera, dejó notas de grandeza en el vuelo de sus brazos y en el compás de sus tacones. Los de atrás no le iban a la zaga. A esto debería referirse el título de la función. A Carmen Lozano.
                Dani de Morón cambió el esquema; de las puntadas sin hilo de Diego pasamos a una forma de toque moderna, impecable, por su técnica y su limpieza, que envolvía en un mágico ambiente a los asistentes. A lo mejor le habían dicho que Tomatito andaba entre el público, y aunque en arte no existen las divisiones y todo el mundo es de la LFP, estoy seguro de que esa presencia le hizo crecerse. Le acompañaron a la bulería final los dos artistas que más han trabajado esta Bienal –posiblemente no los que hayan cobrado más-, los Mellis, dos cajas de ritmo con forma humana, que hicieron ancho el camino al guitarrista.
                Bailó con entereza este joven, Jairo Barrull, nacido en la Macarena pero entroncado en el linaje de la familia de Diego del Gastor,  e hijo del bailaor Ramón Barrull. Creí verle flotando en el aire en las escobillas finales, tal era la quietud de su torso mientras que las piernas se convertían en un “sfumato” ágil y sin contornos. No soy muy experto en bailes, pero me sorprendió este muchacho sobre el escenario.
                Y llegada la fiesta final, donde todos pusieron su talento al servicio del compás, dejamos el Hotel después de felicitar al Galli, al que he podido escuchar en otras actuaciones en peñas y que cada vez me parece más afinado y seguro. Nos fuimos con buen sabor de boca convencidos de que la frontera de Morón, tomada en su acepción de límite, se adivina lejana cuando se asiste a una demostración de arte y compás como el que vivimos anoche.


José Luis Tirado Fernández

domingo, 14 de septiembre de 2014

DE LA BIENAL Y DE MI ASOMBRO

                Por problemas familiares, no pude asistir a la inauguración de la Bienal, aunque ello no me ha impedido leer las críticas de los diarios, en las que, a excepción de El País, donde Lobatón se satisface y suscribe -este puede ser familia de Paco y debe andar a la desesperada en busca del flamenco de pie en tierra-, los demás, los de aquí, coinciden en el despropósito de tres directores, tres, entre los que lamento a José Luis Ortiz Nuevo, por mi profunda admiración por su persona y por su obra, algo que no puede impedir que la cague de vez en cuando. Y que se diga.
                El genial Alberto Garcia Reyes, el único en despreciar el engendro que fraguó Enrique junto a un trianero, sí, trianero, Riqueni, sobre el emblema cofrade de Font de Anta, cuenta en su página de ABC, que
“Sólo Arcángel cantó de verdad, aunque como todo estaba concebido para provocar, le pusieron por delante un fandango cuya historia da pena.”
                En contraposición, en la página oficial de la Bienal,  puede leerse:
“Fueron tantos los momentos que los artistas, generosos, ofrecieron, que el público no pudo resistirse a romper en aplausos en cada nueva intervención.”
                Vive Dios que me recuerda mucho los comunicados de prensa durante el tardofranquismo, en los que se decía que un albañil había resultado muerto a consecuencia de un disparo al aire que había realizado la policía. Pero como además y hace muy poquito se ha celebrado una manifestación soberanista en Barcelona en la que nadie se pone de acuerdo, según sus intereses, sobre el número de manifestantes, sigan leyendo lo que dice esta página:
“Desde antes de las ocho de la tarde el público ya se agolpaba en la puerta del Teatro de la Maestranza para recibir a la XVII edición de la Bienal de flamenco. Y la Bienal no lo defraudó, le ofreció cuatro horas de espectáculo en el que el cante, como no podía ser de otro modo, fue el protagonista.”
                Y lean también lo que piensa Bohórquez en la suya:
“Pero el denigrante espectáculo de anoche no solo es indigno del maestro de Granada, sino de un festival que pretende ser el mejor del mundo en el género. Morente era algo más flamenco y mucho más serio de lo que nos han brindado José Luis Ortiz Nuevo, Pedro G. Romero y José Manuel Gamboa. Me atrevería a calificarlo de insulto al artista ya ausente, de indecencia, pero dejémoslo solo en bazofia.”
           Asi comienza la Bienal, con un director, licenciado en todo lo licenciable, gurú de Morente y la Yerbabuena, un vendedor, ni más ni menos, que afirma: "No me obsesiona la taquilla, sino que quienes vengan a la Bienal disfruten" ¡Qué bonito! Yo entiendo que una cosa lleva a la otra, ¿no? Señor Ortega, ¿cómo va a disfrutar la gente si no entra? Y, por otra parte, ¿sabe usted a cuánta gente va a dejar usted fuera de Santa Clara por ubicar allí actuaciones de artistas de mucha más amplia convocatoria? Pongo una mano en la plancha que éste de compás anda muerto, así que supongo que, de nuevo, nuestro amado alcalde y sus asesores le han dado el flamenco a las luces. Con todo cariño, Cristóbal:

Es de profesión gestor
este nuevo director
que Zoido nos ha colado.
Este hombre, licenciado
en geografía e historia,
añade a su trayectoria
dos epígrafes de  gloria,
director de la bienal
y un titulo principal:
el más feo de la historia.


José Luis Tirado Fernández

sábado, 13 de septiembre de 2014

LETRAS DE SOLEÁ


Las penas que yo pasé,
por Santiago y Sant´ana
en Triana las dejé.

No me cobró el regaliz
el tío del quiosquillo,
al otro día volví.

La soledad, noche fría;
hechicera y calurosa
la luz de tu compañía.

Triana son Esperanza,
el Juto y el Herejía,
la Perla, el Coco y Pastora.
Sevilla es la lejanía.

Cimenta bien tu defensa,
que el que pega muchos golpes,
a muchos golpes se enfrenta.

Yo tengo por absoluto
que siendo la rama mala
no puede ser bueno el fruto.



José Luis Tirado Fernández

domingo, 7 de septiembre de 2014

MACHUCA, EL PINTOR


                Del 5 al 28 de septiembre, en la casa de la Provincia, en la plaza del Triunfo, de martes a domingo y en horarios de 10.00 a 14.00 y de 18.00 a 21.00, Manuel Machuca nos ofrece una visión particular y singularísima del flamenco y la pintura. El día de la presentación, nos ofreció unas alegrías, cantó por soleá y remató con unos fandangos del Carbonerillo mientras que pintaba dos cuadros…¡al revés! En el video que se inserta al final de esta entrada pueden ustedes admirar esa habilidad de este extraordinario personaje, humano, afable y sobre todo, artista:




  
¡Qué buenos soníos salen
de sus pinceles cantores!
¡Y qué grácil la garganta
que da tan buenos colores!


De la paleta y el cante
son sus fandangos mejores:
talento largo  y coraje,
pintor de los cantaores.




Ligera pasa la yegua
que lleva a su lomo el arte,
Manuel se agarra a su crin,
que a pintar no hay quien le gane.



José Luis Tirado Fernández

viernes, 5 de septiembre de 2014

BARBERO

Dedicado al Barbero de Sevilla.
Ar de Rossini, no,
ar de Amó de Dió.
                                                                     Anda vete, anda vete,
barbero loco,
que mi mare no te quiere,
ni yo tampoco.
Popular


Su negocio es un museo
y sus tertulias recreo,
reuniones distraídas
donde no cabe el mosqueo,
sacan a escena el boxeo,
y de futbol, sin rodeo,
sus colores sin medida
en un sano chismorreo:
si no hablan de toreo,
hablarán de las corridas.
¿Ta´enterao?

De Sevilla, sevillón,
aunque este nos ha salido
indomable verderón,
querido por su afición
y speaker del alirón
de ese tiempo que se ha ido.
Paulao.

Si me siento en el sillón
sabiendo de mi pasión
por el rojo de Nervión
no te arriendo lo obtenido,
que me encuentre el sorpresón
del súbito trasquilón
en el revés de un descuido.


¡Con qué carácter maneja
las tijeras y cuchillas!
y lo mismo te aconseja,
que te recorta las cejas
los pelillos de la oreja
que te iguala las patillas,
que hasta te ajusta la capa
te pone la cara guapa
la insignia de la solapa
y aceite en la lamparilla.
Como está mandao.

Por no aburrir al cliente
enciende un mágico ambiente
y al final, magistralmente,
por el arte de la guasa,
te ondula el caracolillo,
te guillotina el flequillo
y después te dice: “quillo,
ya puedes tirar p´acasa”.
Arreglao.

Cerquita de la Alameda
es donde nos toma el pelo,
mas, no sé porqué, me huelo
que con el que mi me queda
tendrá poquito currelo,
así que el lunes me ajusto
y si no me pasa ná,
en su local me tendrá.
Y como sé de su gusto,
le dejo una soleá:

No tengo duda ninguna,
las tortas de Inés Rosales
son retales de la luna.


José Luis Tirado Fernández

sábado, 30 de agosto de 2014

FRANCISCA Y DIEGO (Primera parte)


            La miraba desde sus ojos de niño, desde esa atalaya de la apatía en que se estaba asentando su conducta con la edad. Pero esa presentida indolencia no podía permanecer en pasividad cuando, desde detrás de los visillos, la veía pasar. Desde luego no podía relajarse, porque Francisca ya había dejado atrás, aunque poco pudo disfrutarlos,  los juegos o caprichos de la infancia, y estaba dejando salir de su interior a la mujer que siempre contuvo y en la que siempre confió, ella misma, en unas exuberantes disposiciones de relieve sensual, carne allí donde convenía, curva y suspiro donde se aprecia, garbo, postín, grácil movimiento de caderas,  libido total para los ojos de un hombre, tormento y ojeras para los sueños de un niño. Inútil, pues, abordar el sofoco de aquella caldera que le hervía dentro del corazón y que estaba a punto de abrirle un cráter en el pecho. O eso era amor o su pubertad le estaba estafando. Ese amor, estreno preferente, fantasía primaveral que todos los debutantes consideramos como el único verdadero y que, luego, la locomotora del tiempo arrolla y hace desaparecer entre sus coronas. Ahora, esa condenada fuerza estaba desplazando su interés por la lectura y el estudio, que alentaba su hermano Modesto, y cristalizaba en sus adentros aquella cálida querencia; se debe dar ese nombre a lo que Diego sentía. Querencia por la frescura y el placer, por lo inesperado y lo apetecible, por lo tierno y lo desconocido, querencia, pues, porque todo en la vida es una pura querencia.
            Algunos días, en la azotea, donde escudriñaba atardeceres, la veía subir con el canasto de ropa recién lavada y su talega de alfileres de madera, acompañada de su hermana Rosarito, que iniciaba al verle una risita con la que intentaba disimular su pudor infantil, mirando hacia otro lado, cada vez que coincidían. Paca cantaba extrañas y retorcidas melodías, que repetía cada vez que se perdía en los melismas, mientras vestía los cordeles de flores estampadas y blancor de sábanas, alzando callejones y pasillos a los que Diego se asomaba para contemplar en la agachadilla el túnel que se abría en el escote y que le causaba estremecimiento desde el sacro hasta la nuca. Pero algo más había podido descubrir cuando, inclinada sobre el lebrillo, acompasaba el compás de la soleá con los apretones sobre el refregador de madera, en el lavadero comunal de la casa, con Diego, a quien pedía compañía en su faena porque temía a las ratas que  frecuentaban aquel lugar de lavandería. Él, claro, siempre estuvo tentado de soltar el tejo en aquel sitio fresco y oscuro, pero al final, la dejaba ir sin haberse atrevido al lance valiente, al ataque audaz, sin haber intentado siquiera el roce casual y sorpresivo. Ella, entre cante y cante, le sonreía, conocedora de las ardientes ínfulas del chaval, que claro, había notado; pero no estaba para quereres, sabía bien lo que quería y luchaba por ello, e intuía lo que estaba por llegar. Bastantes broncas y exabruptos le aguantaba a Maria en Triana -y sus peleas con el ronco-. como para abandonar ahora y echarse en brazos del primero que llegara.
            A colación de la primavera, tendían los marchantes su mercancía sobre las mantas, los jueves temprano. La calle Feria bullía entonces, haciendo llegar los rumores de su algarabía hasta aquella azotea de casa humilde de vecindad, donde habitaban los dos jóvenes. También bullía con más efervescencia la sangre en las venas del niño. Uno de esos jueves, al atardecer, escucharon los vecinos de aquella casa sones de cornetas y tambores. Las vecinas, que ensartaban mariposas junto a la húmeda fragancia de los rosales, soltaron los dedales y las agujas y buscaron lo que anunciaban aquellos clarines, andando hasta la correduría. Cuando llegó Diego ya estaba Paca ocupando su sitio entre el gentío; decidió, al verla sola, ponerse junto a ella. Como esa tarde no tenía que trabajar ni en el despacho del procurador ni en la panadería, había decidido dedicarla al estudio, hasta que la música y las carreras de Francisca hacia la calle le movieron a seguirla. Se acomodó detrás, dejando espacio suficiente para no rozarla, aunque eso era cuestión de tiempo. Tres años de edad le llevaba la mozuela al chaval, pero eso no había sido obstáculo para que él le sacara una cuarta -en lo referente a la estatura- y pudiera mirar por encima suyo el discurrir de los nazarenos. Varios hombres con canastos de asa ofrecían su mercancía; unos, almendras tostadas, arropías o camarones los otros. Cuando se aproximó el primer paso, no andaba el mozo ansioso por contemplar aquel Cristo arrodillado, mirando al cielo, sino más preocupado por colocar una mano en la cintura de su oponente, que no hizo nada por espantar aquel contacto. La lógica natural previno entonces que fueran las dos, una en cada… quiero decir cadera.

(CONTINUARÁ)

Calle Feria, 1900. Impagable foto del archivo del diario ABC. El paso está parado en la esquina de Quintana, y la Cruz de guía se dispone a entrar en Correduría. La droguería de la cuarta casa la conocí, e incluso compré alguna lata en los ochenta. Parece increíble, pero algunas de las casas, muy reformadas, siguen en pie.  Los vecinos sacan las sillas a las puertas de sus casas para ver la procesión. Las señoras se adornan de mantoncillos o chales, los caballeros alternan los bombines con sombreros de ala ancha. Los vendedores ambulantes ofrecen sus delicias al público. Así era la Sevilla flamenca del XIX.


José Luis Tirado  Fernández

            

domingo, 17 de agosto de 2014

PAN


         ¡Cuántas horas de alerta desde el tajo de la hoz a la blanca nube de la tahona! Te amé como a la hembra, tierno y cálido, como a lo nuevo, inmaculado y recién hecho, joven. Fuiste, si asentado y en madurez -textura firme-, besana donde hoyar canales para que habite el aceite. Si seco y duro, básico ingrediente, fiel de la romana con tomate, vinagre y sal, eje de la tradición sureña. Si hasta verde, mi bien, te quiero, y mohoso, pues hallo en tu sinople el mágico secreto culinario de los chefs parisinos. (1)
         Eres tú bendito son a crujido de corteza, arpegio de migajón, blanda soba  que posterga el hambre, diana floreada de los estómagos de la posguerra, que a una humilde hogaza cuando aún guarda su febril condición, que al más grato manjar de los fogones reales, que al pícaro tradicional de la comedia.
         Eres el pan, en fin, el viejo camarada, cuando duro o florecido, besaba mil veces mi abuela antes de tirarte, como añejo ceremonial de culto y gratitud. O material de contrabando, cuando entre las piernas y camuflado en las faldas salvaban el fielato de la miseria.
         Tú eres la reñida estrofa en el paladar de los poetas,  el quimérico deleite de los flamencos cuando comen, raya en el agua literaria, sordina del dato de los gobiernos, látigo de las modas y las dietas, negación del artificio, dorado manto que mayea en el cauce espiritual de los campos.
         Sí, tú, partícula divina y eterna que exalta el cura que consagra, blanco bajel, polvo de los molinos, velero que atraviesa la tormenta y encalla en los rompientes de la sopa, compañero fiel del cartucho de pescado. Del horno familiar de los corrales de vecinos, presente solidario de los desposeídos, tesoro cuando acaece, fortuna cuando abunda, no va más si encima eres blanco, clara mañana de la infancia, cuando en tus hechuras se adivina deleite singular del apetito, o bien el tierno beso,  libre de la competencia del más sabroso de mujer, buen aroma, condena del ayuno, gente nuestra, calor de familia y gloria a Dios en las alturas.




jueves, 7 de agosto de 2014

PRESECILLO EN LA CÁRCEL



Presecillo en la carcel yo me hallaba,
carcelero, si me muero,
que no me tapen la cara.









miércoles, 6 de agosto de 2014

LETRAS SUELTAS DE FLAMENCO

Soleá

El yunque de los gitanos
tiene mejores soníos
que la fragua de Vulcano.

No tienes escapatoria:
de mí puedes escapar
pero no de mi memoria.

Bendito sea todo aquel
que aunque no me de ganancia,
tampoco me haga perder.

No te quito la razón,
estoy de acuerdo contigo
unas veces y otras no.

Alegrías

Vende la gitana guapa
sus moñas y una sonrisa,
vende jazmines del parque,
del parque de Maria Luisa.

Que me las tienes que dar,
las flores de tu canasto
pa´lucirlas en el ojal.


José Luis Tirado Fernández

RETRATOS EN DÉCIMA

GAZA

Otra vez. La pesadilla
no acaba, vuelve a empezar,
de nuevo quiere atrapar
su cola la pescadilla.
Aunque le lean la cartilla
foros internacionales
no tienen final sus males
porque ni por un momento
da cancha al entendimiento
ni a propuesta racionales.

Otra vez. Fija su credo
hasta la última coma
y sigue tomando a broma
las explosiones y el miedo
porque no le importa un bledo
la hecatombe y la ruina
cuando la misión termina
con éxito. Su castigo,
que el despreciado enemigo,
tiene su misma doctrina.

Otra vez. Ojo por ojo,
tú la haces tú la pagas
son las lecciones aciagas
a las que puso cerrojo
y sin señal de sonrojo
 en vez de una solución,
una bala de cañón
a su oponente promete,
pues setenta veces siete
es demasiado perdón.


José Luis Tirado Fernández

domingo, 3 de agosto de 2014

RETRATOS EN DÉCIMA

PUJOL

Para que el pueblo le crea
ofrece la cara amable
y luego le clava el sable
el corchete y la correa.
Se extravió en la pelea
quien fue en tiempos buen doctor,
alférez y hasta inventor
de una célebre pomada,
hoy se confiesa, ahí es nada,
delincuente y evasor.

Ínfulas separatistas,
¿dónde estáis, que ya no os veo?
se puso el asunto feo
con lo de los carteristas
y lloran los activistas
lágrimas en español,
pues no esperaban el gol
de quien se puso al socaire
y les dejó el culo al aire:
el honorable Pujol.

Más salidas que un torero,
porque en treinta y cuatro abriles
pusieron cientos de miles
en cuentas del extranjero.
Pues su oficio verdadero
es pintor, porque blanquea,
hasta que el juez estropea
conducta tan intachable:
si este tipo es honorable,
que venga Dios y lo vea.

José Luis Tirado Fernández

sábado, 26 de julio de 2014

ME LLAMASTE FLAMENCÓLOGO


Me llamaste flamencólogo,
no te he de perdonar,
yo sólo venía a cantarte,
y no a hacerte ná.


Me invitan a un programa radiofónico en el Altozano, para hablar de Triana y del cante. Antonio Martín, el conductor, junto a Paloma Pérez del Campo, me presenta como José Luis Tirado, flamencólogo.
Querido Antonio, te sigo apreciando.
Puede escucharse pinchando aquí.

miércoles, 23 de julio de 2014

SONETO DE LA ACTUALIDAD

Lo dice Pablo y poco se equivoca:
trabajan poco y ganan mucha pasta.
Cada vez más la gente se sofoca,
se enfada, se rebela y dice basta
al arte de vivir la vida loca
que alardea la casta por la jeta.
Muere el pez casi siempre por su boca,
y no me cabe duda que el coleta
también será algún día de esa cuerda,
aunque ahora se empeñe en que creamos
que es él el timonel de nuestra izquierda.
Seguro, con la vida que se dan,
llegado será el tiempo que tengamos
demasiado chorizo y poco pan.


José Luis Tirado Fernández

jueves, 17 de julio de 2014

OIDO EN LA BARRA DEL BAR VII


                ¿Un hotel de tres estrellas? No sé lo que entienden en Francia por un hotel de tres estrellas. La mesita de noche era tan chica que sólo cabía la dentadura postiza…
***
                Feo era, pero el más feo del mundo, el padre, cuando nació, denunció a la matrona…
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                Juan, qué alegría más grande, ¡Que me he quedado embarazada! le dice al novia al novio una tarde. ¿Qué quieres que sea? Pues... una broma…
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                La vergüenza se ha perdido en el mundo, amigo. La moral y las buenas costumbres. El otro día se estaban peleando dos muchachas en el hueco de escalera de mi bloque y la madre de una le decía: “Dile puta, antes de que ella te lo diga a ti…”
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                Se nota la crisis, la gente no va al dentista ni a empastarse una muela. ¡Claro! ¿Para qué va a querer una muela si no va a usarla?
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                Un matrimonio está en Pamplona, durante las fiestas de San Fermín, viendo pasar un encierro. El marido se asoma por el hueco de la valla y la mujer le dice: Manolo, ten cuidado, no te vayan a dar…. con el periódico.
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lunes, 14 de julio de 2014

MI CIUDAD NO TIENE NOMBRE


Mi ciudad no tiene nombre,
dicen hasta que es mentira,
que un sueño jamás convive
con el sitio que se habita,
que no atienden los deseos
a cuestiones metafísicas,
que las aves pasajeras
cuando llegan, dosifican
el tanto por ciento justo
para el sitio donde anidan,
y allí donde se enamoran
dejan volar sus cenizas.

EL NOMBRE DE SUS COSAS

Soy fuego de sus entrañas
para el carbón de la hornilla,
pavo real de su parque,
desvelo de sus vigilias,
el murmullo de sus fuentes,
el trole de sus tranvías,
alhucema en su perfume,
abanico de puntillas,
esencia de las burbujas
de Revoltosa y Zumbina,
soy albero de sus cines,
sombra de su mediodía,
cincel para sus cadenas,
almirante de Castilla,
jazmines para las moñas,
alminar de su mezquita,
adarve de su muralla,
enea para sus sillas,
parissienne de los chiquillos
y carmín de su sonrisa.



EL NOMBRE DE LA GLORIA

Soy marzo, cuando derrama
la sangre de su heridas,
y muñidor de los pulsos
de esta devoción bendita,
senatus de la centuria,
banderín asuncionista,
tintinábulo pluvial,
el velo de la manguilla,
cabeza de la serpiente
de su corona de espinas,
soy testigo fiel de un tiempo
que pasa, mas no termina.
Soy abril en la portada
y el brillo de sus bombillas,
el clavel de las gitanas
que las solapas abriga
o ensalza sobre su pelo
la gracia de las mocitas;
yo soy Pepe el escocés,
con su falda y su boina,
venero de donde manan
arroyos de manzanilla,
belleza de las mujeres
con los volantes de Lina,
arquitectura de encajes,
de tiras bordás o cintas,
bajorrelieves que ondulan
cuando bailan seguidillas.
Soy junio, con sus calores,
soy el grano de una espiga
que floreció en su custodia
cuando el Corpus, aquel día,
filtró en la plata de Arfe
la luz entre sus rendijas.
En Diciembre soy campana,
villancico y melodía,
cantarillo y pandereta,
clavija, bordón y prima
y en las cintas de colores,
júbilo y algarabía;
consuelo en los hospitales,
amistad y compañía,
caridad para los mártires
del mundo y sus tiranías,
carrozas del ateneo
con ilusiones cumplidas,
repelón de caramelos,
cielo de miradas limpias
y pañuelo para el llanto
de aquel que lo necesita.


EL NOMBRE DE SUS CAMINOS

Mi calle es la calle aire,
que es el mismo que respiran
la flor de sus literatos,
bardos, autores y artistas
Mi calle es la calle Lanza,
Vidrio, y Acetres, y Lira,
y Conde de Torrejón,
y Encarnación, y Regina
antes de que hicieran setas
y apuñalaran su estima.
Yo vivo en la calle amor,
y hallé la perla escondida
en la ciudad de mi anhelo
que es mujer por ella misma,
pues su hermosura enamora
y sus hechuras cautivan.
Dígase que mi ciudad
es mujer… y es poesía.


EL NOMBRE DE MIS ACERAS

Soy arcilla en los tejares
de la calle Alfarería,
visillo de sus zaguanes,
soleá de sus esquinas,
mostrador de sus tabernas,
cuna del cante y vigía
del puerto camaronero,
grité ¡tierra! en la conquista
del empeño de unos locos
en los que nadie creía,
soy heraldo de su puente,
arenero de Chapina,
soy el niño que le pide
a Enrique el de las pavías
caminito del Astoria
dos reales de mijitas.
En la entrañable plazuela
soy el pilón de las ninfas,
y en su río marinero,
soy el fanal de su orilla.
En mi alma grabé a fuego
las voces que me dormían
meciéndome con sus ecos,
o las cosas que vivía
en el patio del Morapio
y el corral de mi familia;
no puedo negar su sello,
porque su huella me obliga,
y aunque mi ciudad me atrapa,
tengo en Triana mi vida.

MI NOMBRE

Y para saber quién soy,
qué persigo, y qué me guía,
me columpio en los compases
de un cante por siguiriya,
y sé entonces de su empaque
y el porqué de su alegría;
a su bendición me acojo
y a su intimidad de amiga,
pues con sus brazos de madre
mis ansiedades cobija,
y pone puntos finales
a pesadumbres y cuitas
para que florezca el hombre
en la humildad de su rima,
dichoso por entregarle
la gratitud de estas líneas.



José Luis Tirado Fernández